Un recuerdo para mirar el futuro, por Lourdes Flores Nano
Un recuerdo para mirar el futuro, por Lourdes Flores Nano
Lourdes Flores Nano

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lflores@comercio.com.pe

“¡Cómo has cambiado, pelona!”. “¡No has cambiado, pelona. Sigues siendo la misma!”. Así se dirigieron y retrucaron los contrincantes de la segunda vuelta. 

Elegido el nuevo presidente, debe enfrentar el desafío de gobernar con una mayoría parlamentaria liderada por su ex opositora. Pedro Pablo Kuczynski (PPK) podría en esta hora hacer suya la afirmación inicial de Keiko Fujimori, para recordarle el diseño constitucional de la primigenia fuerza fujimorista en el Congreso Constituyente Democrático.

Recordemos un poco la historia. 

La primera administración belaundista sustentada en la alianza AP-DC enfrentaba diariamente el rodillo inmisericorde de la coalición Apra-UNO que censuraba ministros hasta por no recordar el precio de los pallares en el mercado de Ica. 

Convocada la Asamblea Constituyente, el gran parlamentario Roberto Ramírez del Villar diseñó un sistema semipresidencial, que facultaba al presidente, ante la censura o la negación de confianza de tres gabinetes, a disolver la Cámara de Diputados. 

Cuando el presidente Alberto Fujimori justificó el autogolpe del 5 de abril de 1992 en una inexistente obstaculización parlamentaria, el proyecto original de la mayoría fujimorista y, por supuesto, la voz de sus áulicos, propiciaba la disolución sin causa del Parlamento unicameral. El país necesita un Ejecutivo con plenos poderes y un Parlamento limitado en sus facultades de control, reclamaban quienes tenían el poder. ¡Cómo has cambiado, pelona! Podría decirse hoy. 

Ironías de la vida, el fujimorismo controlará la institución que quiso minimizar y que no logró aniquilar por la resistencia de la minoría opositora y la poca prensa libre que nos acompañó. 

Hasta allí la historia; miremos ahora el futuro. ¿Cuánto margen de acción tiene un gobierno con mayoría adversa, por lo menos en la etapa inicial? 

a) Ejercer al máximo potestades administrativas, es decir, todo el poder que no requiera de nuevas normas con rango de ley. La ejecución de programas viales o de agua no requieren ley y usando programas como obras por impuestos se podrían obtener recursos para llevarlas adelante. 

b) Reglamentar leyes vigentes, sin desnaturalizarlas ni contradecirlas, pero procurando dotarlas de un sentido más acorde con lo que se necesite llevar adelante. 

c) Recurrir de manera inteligente a decretos de urgencia, sin abusar de ellos y justificando su uso. Frente al previsible control parlamentario, el Tribunal Constitucional tendrá la palabra final. 

d) Concordar con el Parlamento algunas normas iniciales. Son especialmente importantes la ley de financiamiento (por la reforma tributaria anunciada) y la de presupuesto (para ordenar las finanzas del 2017)

e) Lograr una delegación de facultades para algunas materias básicas por seis meses, esencialmente para seguridad pública o economía. Esta sería una señal de sana convivencia para permitir al gobierno, sin compromiso opositor, enrumbar al país. 

Lo expuesto no niega la necesidad del diálogo y del consenso, pero intenta precisar el margen de acción que un sistema semipresidencial otorga. La remembranza histórica es un simple recuerdo de cómo se concibió el poder. Un pequeño viraje es solo “un pelito de la pelona”.