Patricia del Río

Una mujer se desvanece y su cuerpo desciende 2,7 metros hasta alcanzar lo más hondo de una piscina olímpica. No cae de golpe o con brusquedad. Lo suyo parece un fenómeno espacial. Su cuerpo se presume ligero, sereno. Somos testigos de un accidente, alguien está a punto de perder la y no es la angustia la que percibimos, es una paz fatal.

Hay resignación en esa figura atlética que cae de rodillas en una piscina a la que segundos antes ha desafiado con la destreza de sus músculos. Hay dimisión en dos brazos extendidos a los lados del torso, que abandonan el esfuerzo. Y en las manos, y en esos dedos laxos, sin tensión, se guarece la derrota, la despedida.

La piscina queda en Budapest, la competencia es el Mundial de Natación. La atleta se llama y representa a Estados Unidos en la disciplina de nado sincronizado. Anita ha batido sus piernas torneadas. Ha rotado sus brazos marcados por el entrenamiento. Ha salido a respirar para seguir haciendo piruetas de cabeza y ha demostrado que está ahí para llevarse una medalla a casa. Pero su cuerpo tiene otros planes. Con las pulsaciones a 180 por minuto, Anita despliega su último y majestuoso movimiento y se hunde. Y el mundo es testigo de esa calma mortal que solo se quebrará cuando la tensión de la vida haga su aparición en escena.

La silueta de Andrea Fuente, su entrenadora, marca la discordancia. Al lado del cuerpo desfalleciente avanza el de la rescatista. A los brazos caídos de la que ha empezado a morir se le acercan los firmes de la que no va a permitírselo. Andrea, nadadora olímpica que conoce el trabajo duro de su pupila, la ha visto patalear hasta la extenuación. Ha contenido el aire con ella en cada zambullida. Ha observado con preocupación que sus pies, en los últimos movimientos, lucen más pálidos de lo normal. Y está tensa. Sabe que algo no anda bien. Cuando Anita, en lugar de brincar fuera de la alberca para celebrar su performance, naufraga en ese océano de cloro, Andrea se lanza con ropa a rescatarla. Nada los doce metros que las separa como un torpedo. Va con el gesto tenso, los dedos alongados. Su energía traduce terquedad, perseverancia. “Tú hoy no te vas” parece estar pensando.

Y ahí está otra vez la imagen. La mano desasida y la que busca. El gesto de profundo sueño y el de vital vigilia. Los ojos que no ven, los ojos que buscan. Los dedos inertes, los dedos firmes.

Lo de Anita Álvarez no pasó de un susto. Sus pulmones estuvieron llenos de agua y dejó de respirar alrededor de dos minutos. La salvó Andrea Fuerte que no tuvo que esperar ni una señal para actuar. Que se pudo anticipar a los hechos. Que le ganó a los salvavidas, a los jueces, a los paramédicos que tardaron valiosos segundos en entender lo que pasaba.

Las imágenes han dado la vuelta al mundo como un mensaje de coraje, de buenos reflejos… y lo son. A mí, se me ha entreverado la confianza. Esa extraña convicción, cada vez más escasa, de que pase lo que pase hay quien sabrá rescatarte, quien no se rendirá hasta que salgas a flote.

¿Será que después de ver cómo masacran a Ucrania, cómo avanzan las hordas conservadoras en Estados Unido, y cómo se enriquecen los políticos en el Perú sin que nadie haga nada, estos gestos cobran mayor relevancia? Quién sabe, pero después de mirar y mirar a esas dos mujeres al fondo de esa piscina sigo encontrándome convicción, certeza, confianza.

Visto así, el cuerpo de Anita no está muriendo, está en reposo. Sabe que Andrea vendrá por ella, que extenderá su mano y le devolverá el aire.

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