Una lectura de la contemporaneidad, por Gonzalo Portocarrero
Una lectura de la contemporaneidad, por Gonzalo Portocarrero
Gonzalo Portocarrero

Los signos de los tiempos son múltiples y ambiguos, de modo que tratar de ensayar un diagnóstico es una empresa harto riesgosa, pero útil y necesaria, pues solo desde un esfuerzo por aclarar los problemas y posibilidades del presente es posible razonar los cursos de acción abiertos para una afirmación de la vida. 

Un primer signo inquietante es la proliferación de filmes sobre el fin del mundo. Terremotos catastróficos, congelamientos súbitos y devastadores, plagas incontenibles, impacto de asteroides. La imaginación contemporánea pone en escena un deseo de cambio radical de diferentes formas. Un deseo que corresponde a un descontento profundo al que no se percibe salida. 

Hace pocos años ha surgido un subgénero: el posapocalíptico. En estas narraciones el desastre ya ocurrió. La humanidad ha desaparecido casi totalmente. Queda muy poca gente que tiene que enfrentar situaciones casi imposibles como son la proliferación de zombis, o la falta de agua y de fertilidad. 

Encima, lejos de estar unidos, los poquísimos sobrevivientes luchan entre sí, sea por competir por los escasos recursos o por el gusto de imponerse, pues las leyes no tienen vigencia y reina el más fuerte y despiadado.

Pese a todo, hay un margen de esperanza, pues algunos sobrevivientes, especialmente las mujeres, luchan por detener la proliferación de los conflictos y de la muerte. Por restaurar un orden que tendría que ser más solidario y piadoso.

Es probable que tras este deseo de catástrofe y de nuevo comienzo esté el descontento con la evolución de los vínculos sociales en los últimos decenios. La exacerbación del individualismo y del mandato para que todos seamos los primeros genera espacios sociales demasiado competitivos, donde florecen la envidia y el resentimiento, y donde es problemático que germinen el amor y la amistad. Entonces, la moral se convierte en una careta y la corrupción y la delincuencia se generalizan. 

Otro signo inquietante es el retroceso del pensamiento crítico ante el tsunami que representa la proliferación del espectáculo y de la industria del entretenimiento. Si antes pensar era una actividad prestigiosa que se ligaba al desarrollo moral y al enriquecimiento de la vida, ahora las cosas han cambiado mucho.

Hoy la lectura y pensar se valoran como disposiciones inútiles, que conducen a la tristeza y la depresión sin producir ningún aporte significativo para el disfrute de la vida. En todo caso, lo que se lee son manuales de autoayuda y narrativas que reiteran estereotipos sin aportar luz sobre el malestar expresado en el deseo de catástrofe. 

Entre los signos positivos está muy en primer lugar la democratización social. La raíz está en el nivel celular de las familias que disminuyen de tamaño y se generaliza una mayor equidad entre los géneros y una creciente horizontalidad entre padres e hijos. 

En el mundo social, la gran tendencia es la igualación de derechos y el declive del racismo, al menos en Occidente y sus extramuros, donde se ubica nuestra América Latina. No obstante, la sensación es que el afianzamiento de la democracia no es suficiente como para compensar la crisis de valores que está tras el deseo suicida agazapado en los filmes que hemos comentado o en la multiplicación de los trastornos depresivos, síntomas también de nuestra época. 

En este punto, muchos hablan de la necesidad de educación. El tema es vastísimo, pero creo que pasa centralmente por desarrollar la capacidad de ser autorreflexivos de modo que nos protejamos del acoso de esas voces que nos culpan por no ser los primeros y que nos impulsan a odiar y condenar a los otros. 

Esa capacidad de pensar por sí mismo está en el origen del potente mensaje civilizador que emana del mundo griego y judío. Estamos hablando, desde luego, de la invocación de Sócrates para dialogar con nosotros mismos a partir de aceptar humildemente la profundidad de nuestra ignorancia. 

Y también de la invitación de Jesús a no juzgar y condenar, a tirar piedras, rápida y gozosamente, al estilo de los fariseos, sino a juzgar desde el reconocimiento de nuestras flaquezas. Educar tiene que significar fomentar la capacidad crítica respecto a mandatos sociales insensatos y cultivar una sensibilidad que disponga hacia el amor y la compasión.