"El fanático recurre a la violencia terrorista para satisfacer diversas frustraciones. Tiende hacia el control completo de todo ser vivo y de todas las cosas". (Ilustración: Víctor Aguilar)
"El fanático recurre a la violencia terrorista para satisfacer diversas frustraciones. Tiende hacia el control completo de todo ser vivo y de todas las cosas". (Ilustración: Víctor Aguilar)
Francisco Miró Quesada Rada

Exdirector de El Comercio

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Hace un mes, estuve en la Zona Cero de Nueva York, el lugar en el que se conmemoran los ataques terroristas contra las Torres Gemelas. Fue el del 2001, cuando se realizaba la 28° Asamblea de la OEA en Lima, en la que se firmaría la Carta Democrática Interamericana, cuyo autor es nuestro compatriota, el embajador Manuel Rodríguez Cuadros, actual jefe de la misión diplomática peruana en las Naciones Unidas.

Pero también el último 11 de setiembre falleció el genocida y asesino más feroz y terrible que ha conocido el Perú: Reinoso, responsable de la muerte de aproximadamente 36.000 peruanos, solo por su fanática idea de querer imponer a sangre y fuego una ideología.

Tanto como Abimael Guzmán nos plantean el dilema que existe entre el terrorismo, el fanatismo y la justificación de ambos por diversas razones. Primero, se encuentra la necesidad de eliminar al “enemigo objetivo”, creado e identificado por ellos, como bien explica Hannah Arendt en su extraordinario libro sobre el totalitarismo en el que se refiere a los criminales nazis.

El fanático quiere imponer su creencia a como dé lugar porque considera que es la única y verdadera. Se cree dueño de la verdad absoluta y es incapaz de aceptar que puede estar equivocado. No acepta otras ideas distintas a las suyas. Por eso, no dialoga, no escucha la voz de otros. Solo destruye. Para el fanático, sus ideas son incuestionables y aquellos que ven el mundo de otra manera son enemigos potenciales a los que se debe dominar o eliminar.

Por ello, no da tregua a otros. Los desprecia, los considera seres inferiores y, a la vez, peligrosos. Ese desprecio lo convierte en un ser destructivo. Como solo le interesa el fin, dispone y ordena a sus seguidores –que son fanáticos como él– a que recurran al terror como método de destrucción contra todo aquel que se oponga a sus designios.

En el caso de Bin Laden, el objetivo fue destruir un símbolo de la cultura occidental y cristiana. En el de Abimael Guzmán, eliminar al prójimo que vivía en un sistema político y económico distinto al que él predicaba (el marxismo-leninismo-maoísmo, la única verdad que debía imponerse por la fuerza).

En ambos casos, hablamos de asesinos en potencia que ordenan asesinar. Para ello, recurren al terrorismo como arma de destrucción, a veces selectiva, a veces a mansalva. No importa si son niños o niñas, si trabajan en unas gigantescas torres, si son comuneros de los Andes peruanos, si están en el metro de Madrid o si viven en la calle Tarata de Miraflores. El fanático justifica su crimen poniendo por encima de este a una creencia que considera superior. De esta manera, razona: “Yo mato y me sacrifico en nombre de algo superior, y debo destruir a todo lo que se oponga a mi manera de ver el mundo”. Así se justifican los crímenes más horrendos.

El fanático recurre a la violencia terrorista para satisfacer diversas frustraciones. Tiende hacia el control completo de todo ser vivo y de todas las cosas. Tiene un fuerte impulso hacia el sadismo. Convierte y mira al prójimo como si fuera una cosa que puede ser usada, utilizada y destruida. Como se sabe, en términos políticos, estos sujetos tienden al autoritarismo y al totalitarismo. Su personalidad destructiva, tanto activa (sadismo) como pasiva (masoquismo), es pura algolagnia, término creado por Von Schrenck-Notzing a principios del siglo XX que une dos voces de origen griego (algonia, de algos: dolor y lagneia, que significa lascivia). La lascivia por causar dolor.

En los últimos días, para recordar la tragedia que significó en nuestro pueblo el terrorismo vesánico de Guzmán y Sendero Luminoso, se difundió a través de la televisión el momento en el que el líder de la banda asesina le dice al general Antonio Ketín Vidal (director de la Dircote que diseñó, elaboró y preparó su captura), señalando con su dedo hacia su cabeza, que “todo está aquí”. Desde luego, todo estaba en la cabeza del fanático que quiso justificar a través de una ideología los crímenes de su agrupación delincuencial, integrada por asesinos en serie, y no en las cabezas de los millones de peruanos y peruanas que quieren vivir y decidir su destino en libertad.