(Foto: Pedro Pardo / AFP)
(Foto: Pedro Pardo / AFP)
Daniela Meneses

Periodista y abogada

En los últimos meses –y desde antes de que el coronavirus llegara a nuestras vidas– vengo leyendo, por razones académicas, textos sobre el duelo y la pérdida. Hay un libro al que siempre regreso: “Un archivo de sentimientos”, en el que Ann Cvetkovich explora el impacto cultural de distintos traumas relacionados a las últimas décadas. Recoge, por ejemplo, historias sobre la dificultad del duelo durante la crisis del sida; memorias de quienes acompañaron a enfermos en sus últimos días; y menciones a funerales en los que familiares escondían la orientación sexual de los muertos.

Volver a Cvetkovich en el contexto del coronavirus es pensar no solo en sus hallazgos –los paralelos y las diferencias–, sino también en su manera de aproximarse a los legados del trauma. Aproximarse, quiero decir, a ‘archivos de sentimientos’ que toman la forma de textos, videos, fotografías y tantos otros objetos. Y mostrar que reunir estas historias “es también una forma de luto, una práctica de revivificar a los muertos a través de hablar sobre ellos”.

Quien quiera leer sobre el coronavirus y el duelo podrá encontrar en Internet textos de autoayuda para enfrentar pérdidas en medio de la pandemia. También artículos que resumen los grandes cambios que ya se están viendo en los rituales y que incluso se aventuran a anticipar cuáles de ellos han venido para quedarse. Además podrá detenerse en notas tan importantes como la que publicó Fernando Vivas en este Diario, sobre la necesidad de crear mejores políticas para poder acompañar a nuestros seres queridos en sus últimos momentos. Pero no creo que sea a nada de esto a lo que se refiere Cvetkovich. Creo más bien que la autora nos llama a prestar atención a las historias individuales, historias quizás sin mayor pretensión que dar testimonio, compartir una emoción, no dejar que lo sucedido caiga en el olvido.

En un artículo en “The New Yorker”, Lauren Collins describe la conversación que tuvo con su madre minutos después de enterarse de que su padre muriera no por coronavirus, pero sí en medio de la pandemia. “Me preguntó si quería verlo, y, sin saber realmente si quería hacerlo, dije que sí. Primero, apuntó la cámara a la puerta (‘Mamá, esa es la puerta’), y luego a la cama, donde yacía el cuerpo de mi padre. La mala luz y la lenta conexión producían mezclas verdosas y sin filtro de píxeles y carne”.

En un podcast de “The New York Times”, la periodista Catherine Porter nos guía por el funeral por Zoom que organizó Wayne Irvin para su esposa. Uno donde participan más de cuarenta personas, incluyendo un ministro, un organista y la mujer que cantó en su matrimonio. En la mañana del funeral, “Wayne se despierta. Desayuna. Escucha música. Y luego se viste como si estuviera presente en persona en el funeral. Usó una corbata especial que compró en Damasco […]. Aseguró que se puso unos zapatos que eran apretados e incómodos, pero que le recordarían sobre la formalidad y la importancia del momento”.

Quizás porque escribo esto desde un país que no es mío, evitando pensar en qué pasaría si…, es que me detengo tanto en historias que involucran la distancia y el dolor mediado por aplicaciones. Pero esa es solo parte de la historia, por supuesto.

Joseph Zárate, en colaboración con Romina Mella, publicó en IDL-Reporteros una crónica que sigue a los cuerpos de los fallecidos, mostrando además ejemplos de deficiente manejo. Cuerpos que en el camino dejan atrás dolor, rabia, resignación, confusión, sospecha. “El abuelo llevaba 23 horas sin vida cuando llegamos con los hombres del crematorio a recogerlo [a su casa…] Mientras cargamos el cuerpo del abuelo, nuestra ropa se empapa de sudor bajo los trajes de plástico […] Descansamos los brazos cada cierto tramo, y la familia –esposa, hijo, nieta–, con mascarillas de tela, camina a unos metros detrás, lento y en silencio, como en una pequeña procesión”. Y cuerpos que son acompañados por Edgar Gonzales, jefe de operaciones del crematorio Piedrangel: “A veces quieren ver el cuerpo, quieren que les abras la bolsa, y a veces quieren pegarte porque no los dejas. Es entendible”. Es entendible.

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