Editorial El Comercio

A menos de dos meses desde que diera su mensaje a la nación en el que anunciaba, entre otras cosas, el cierre del Congreso, el inicio de un régimen de excepción en el que se gobernaría por decreto y la reorganización del sistema de justicia que venía investigándolo a él y a muchos de sus allegados por corrupción, varias mentiras sobre la situación legal del frustrado dictadorzuelo se vienen difundiendo a ambos lados del océano Atlántico. Para ello, no le han faltado voceros oficiales y oficiosos al actual inquilino del penal de Barbadillo.

El caso más reciente es el del congresista del Bloque Magisterial Pasión Dávila, uno de los pocos que, para más luces, no apoyó la vacancia de Castillo el día en que este completó su viraje a dictador. El lunes, en Buenos Aires, en un evento convocado por el expresidente boliviano Evo Morales, el parlamentario lanzó una retahíla de mentiras sobre la destitución de Castillo.

Afirmó, por ejemplo, que fue una “componenda” entre “el Poder Judicial, los congresistas y las Fuerzas Armadas” la que logró “derrocarlo en forma ilegal” el pasado 7 de diciembre. Que ese día el Legislativo declaró su vacancia del cargo “sin tener los votos necesarios” y que, a partir de esa fecha, el golpista se convirtió en un “preso político”. Obviando el pequeño detalle de que fueron 102 parlamentarios los que aprobaron la destitución del aspirante a tirano, que quien violó la ley fue justamente el que intentó desmantelar el orden constitucional (y no quienes lo preservaron en esa convulsa jornada) y que el exmandatario no está detenido hoy por sus ideas políticas, sino por una prisión preventiva ordenada por un juez y ratificada por una sala en un proceso en el que se le respetaron todos sus derechos.

El mismo lunes, entrevistado por la emisora argentina Futuro Rock, el exabogado del frustrado dictadorzuelo y exviceministro de Gobernanza Territorial de la PCM, Raúl Noblecilla, aseguró también que el de Dina Boluarte es uno “usurpador”, en línea con la tesis que su anterior patrocinado ha intentado airear para supuestamente denunciar el origen ilegal de la actual administración.

Otra tanda de medias verdades fue las que vertió la presidenta de la Federación de Mujeres Campesinas, Artesanas, Indígenas, Nativas y Asalariadas del Perú (Fenmucarinap), Lourdes Huanca, al medio español , en una entrevista el último fin de semana. En sus palabras, desde el 7 de diciembre Castillo se encuentra “secuestrado y preso” y, en una manipulación grosera de los hechos, aseguró que no hubo golpe porque no existió “un documento que dijera al Ejército que vaya y tome el Congreso”.

No conviene dejar fuera de este recuento tampoco a los mandatarios latinoamericanos que, con bastante descaro y poca vergüenza, han intentado pasar por agua tibia el ‘putsch’ de Castillo en las últimas semanas, desde el mexicano Andrés Manuel López Obrador (a la embajada de cuyo país aquel intentó llegar luego de darse cuenta del fracaso de su golpe) hasta el colombiano Gustavo Petro.

El problema que estos relatos inexactos y malintencionados generan es doble. Por un lado, porque intentan proyectar hacia el exterior una versión distorsionada de los hechos que propiciaron la caída del efímero dictador y su posterior encierro, ambos procesos –demás está decirlo– logrados conforme a ley, y en el camino intentan confundir a algunos medios de prensa extranjeros que han mordido el anzuelo y han venido retratando al golpista como una víctima incapaz de dar el zarpazo a la democracia que todos vimos en televisión nacional. Y por el otro, porque estas mentiras han calado también en gran parte de quienes se han manifestado en las últimas semanas exigiendo, en algunos casos, la libertad del expresidente, algo que solo puede ordenarlo el Poder Judicial y no el gobierno actual ni mucho menos un sector de la ciudadanía por más numeroso que este sea.

Pedro Castillo no fue una víctima. El 7 de diciembre del 2022 intentó hacer volar por los aires la democracia peruana con tal de salvar el pellejo y esa es una verdad histórica, por más mentiras que sus voceros quieran contrabandear hoy.

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