Aristóteles economista, por Iván Alonso
Aristóteles economista, por Iván Alonso
Iván Alonso

Economista

En la Universidad de Salónica, en Grecia, se celebra en estos días un congreso por los 2.400 años del nacimiento de Aristóteles. “Todos los hombres aspiran naturalmente al conocimiento”, escribe el filósofo al principio de su “Metafísica”. Se nota que no pasó por el Perú. Sus propios intereses, sin embargo, abarcan los más diversos campos del saber: el cielo y la tierra, el mundo animal, las leyes del razonamiento, el comportamiento humano…

Aristóteles define al hombre como un animal político. Pero no está pensando en las comidillas e intrigas que desvelan a ciertas personas. El zoon politikón es el hombre que vive en comunidad, o sea, en la ciudad, que los griegos llamaban polis; el que despliega sus habilidades y satisface mejor sus necesidades interactuando con sus semejantes.

El intercambio comercial mantiene unida a la comunidad. Compramos lo que nos falta y vendemos lo que nos sobra. Unos tienen más vino del que necesitan y menos trigo; otros, al revés. Eso supone una especialización en la producción. Aristóteles no indaga en las causas de la especialización, pero describe de una manera que encontramos satisfactoria, hasta el día de hoy, cómo es que lleva a la aparición de la moneda.

Un arquitecto construye una casa para la venta. Un zapatero fabrica sandalias con el mismo fin. ¿Cuántos pares de sandalias debe dar a cambio de la casa? Tiene que haber una forma de comparar sus respectivos valores. Pero difícilmente vemos un intercambio directo de las unas por la otra. La comparación se hace por medio de los precios: el de una casa es, digamos, diez mil veces el de un par de sandalias.

Dejemos por un momento el problema de cómo se fijan los precios. Aristóteles reconoce en la moneda sus tres funciones clásicas. Sirve, como hemos dicho, para medir el valor de las cosas. Sirve también como medio de intercambio: el arquitecto no paga con una casa ni el zapatero con sandalias; ambos pagan con monedas. Sirve, finalmente, como depósito de valor, como garantía para compras futuras o, como dirá Milton Friedman siglos más tarde, como una morada temporal del poder adquisitivo (‘a temporary abode of purchasing power’). El arquitecto no quiere diez mil pares de sandalias el día que vende la casa; probablemente no quiera ni uno en ese momento. Pero si recibe moneda, puede guardarla y comprar sandalias (u otras cosas) más adelante.

¿Cómo era, entonces, que se fijaban los precios? No es que Aristóteles enuncie la ley de la oferta y la demanda, pero ambos conceptos están, en estado embrionario, en su “Ética a Nicómaco”. El zapatero tiene que recibir un precio equivalente al trabajo que le toma fabricar las sandalias para no abandonar esa ocupación. Tal precio parecería responder a los costos de producción, objetivamente considerados. Pero en una lectura más sutil el equivalente que espera no es sino el precio con el que puede comprar las cosas que para él justifican que le dedique tiempo y esfuerzo a su oficio. Aristóteles es más explícito en cuanto a la naturaleza subjetiva de la demanda: el precio que uno está dispuesto a pagar depende de la urgencia que siente por eso que quiere comprar.

No cabe esperar mucho más de un filósofo que no aborda expresamente el estudio de los fenómenos económicos. Pero es notable que aun tocándolos tangencialmente haya tenido intuiciones tan acertadas y duraderas.