Otra burbuja que revienta, por Iván Alonso
Otra burbuja que revienta, por Iván Alonso
Iván Alonso

Economista

En un mes la bolsa de ha perdido la tercera parte de su valor. A pesar de esa caída, todavía está por encima de su nivel al comenzar el año. Eso demuestra cuán rápido había estado subiendo: más de 150% en doce meses. Un alza difícilmente justificada por los dividendos esperados. En efecto, las acciones se estaban cotizando a un promedio de 147 veces las utilidades de las compañías listadas, lo que significa que un accionista tendría que esperar esa misma cantidad de años para recuperar su inversión. Muchos de ellos parecerían haber llegado a la conclusión de que esos precios eran insostenibles y que lo mejor era vender ya. 

Podemos decir, en retrospectiva, que se había formado una burbuja. ¿Qué es una burbuja? Es un aumento en los precios de cierta clase de activos, que no está sustentado en el valor intrínseco de los mismos. Los precios alcanzan un nivel que no guarda relación con las utilidades actuales o futuras, en el caso de las acciones; o con los alquileres, en el caso de los inmuebles. Tarde o temprano los inversionistas caen en cuenta de esa desproporción y prefieren desprenderse de sus casas o acciones, aunque sea sacrificando precio.

La reventazón de una burbuja suele crear pánico en los mercados financieros. Una caída pronunciada puede también afectar la actividad económica. La gente reduce sus gastos mientras reevalúa su situación y sus prioridades, y entretanto algunas empresas tienen que cerrar o despedir trabajadores. Las grandes crisis financieras terminan siempre en una recesión.

Habida cuenta de sus potenciales efectos devastadores, muchos se preguntan por qué la economía no es capaz de detectar a tiempo las burbujas y pincharlas antes de que sean demasiado grandes. ¿No pone eso en cuestión el pretendido carácter científico de la disciplina? De ninguna manera. La medicina no puede prevenir la aparición de un tumor y muchas veces tampoco controlar su crecimiento, pero eso no le quita su condición de ciencia ni su autoridad para prescribir el tratamiento.

Conocemos algo de los síntomas que acompañan la formación de una burbuja. Pero no sabemos con certeza cuándo es que los precios de las acciones han perdido contacto con la realidad. Porque esa realidad no consiste solamente en hechos observables, como las utilidades actuales de una compañía, sino en expectativas sobre sus utilidades futuras, que es, al fin y al cabo, aquello por lo que el inversionista paga. Como señalábamos al principio, podemos decir que había una burbuja, pero solamente en retrospectiva, esto es, una vez que ha reventado. Más difícil es decir que se está formando una burbuja y esperar que a uno le crean.

Las burbujas revientan cuando cambia repentinamente el sentimiento de un número importante de inversionistas. Aun mientras los precios suben, no faltan quienes piensan que son, a la larga, insostenibles. En tanto sean una minoría, pueden liquidar sus posiciones sin causar una caída. Pero cuando más y más inversionistas comienzan a dudar de que las ganancias de las compañías crezcan como se esperaba, la euforia desaparece y los precios bajan, a medida que los compradores superan a los vendedores.

¿Son “correctos” los nuevos precios? Sí y no. Sí porque reflejan el sentimiento actual de los inversionistas. No porque cada inversionista no ha hecho sino reemplazar una conjetura por otra.