Yo te canonizo, tú me canonizas
Yo te canonizo, tú me canonizas
Redacción EC

Hablaré desde mi lado católico, que lo tengo aunque no lo crean mis amigos provida. El catolicismo no es mi religión de obediencia, pero sí de referencia, de tradición y de identidad; mi intermediaria ante Dios cuando requiero de algún símbolo o ritual para pensar en él. No pierdo la fe en que algún día el catolicismo se reformará hasta dar cabida a los relativistas, homofílicos, liberales y criticones como yo.

Valga este aclare para decir lo siguiente: Lamento que el domingo 27 se vaya a canonizar a dos ex papas. Me entristece que una institución tan importante como la Iglesia, consagre a miembros de su aristocracia, habiendo tantos curas y laicos que merecerían esa distinción. Me gustan los santos con aureola, no con mitra.

La doble y expedita santificación de Juan Pablo II, es incoherente con la apuesta por los pobres que anunció Francisco en su debut. Detener la marcha de su gestión para que todo el mundo vea como se da la suma distinción a quienes tuvieron la máxima jerarquía vaticana, no va con su prédica de humildad franciscana. La sensación de que la revisión de los milagros que justificaron la beatificación y canonización de Roncalli y Wojtyla, cuenta con palanca pontificia, no le conviene. La sola idea de que unos años luego de su muerte podría pasar por lo mismo, ha de dejarlo con un sabor amargo.

Hay que ser atrevidos y ponernos en su pellejo: Francisco sabe que cualquiera que haya hecho votos de humildad debe rechazar tamaña distinción. Pensará, como cualquiera de nosotros, que, de estar vivos, Juan y Juan Pablo rechazarían su canonización en primera instancia y solo la aceptarían por obediencia. De alguna manera, debe aguijonearle la conciencia el ser responsable de esta fiesta de soberbia clerical.

Pero, por otro lado, Francisco necesita llevar la fiesta de su gremio en paz. Necesita armonía y consensos para sus próximas decisiones y reformas. Me tranquiliza pensar que si ha aceptado entregarse a los ritos del domingo no será por hipocresía política sino por visión de estadista.

En resumen, no deploro la actitud de Francisco en este dos por uno, sino las decisiones de la cadena de devotos, párrocos y obispos que han empujado a la iglesia a caer en este culto a la personalidad de sus jerarcas.

Me entusiasma que se amplíe el santoral con nuevos santos como San Martín de Porres (canonizado en 1963 durante la gestión de Juan XXII) o Juan Diego (el humilde campesino mexicano a quien se le apareció la Vírgen de Guadalupe, aunque se le canonizó junto a San Josemaría, el fundador del Opus Dei que no es ‘santo de mi devoción’ y nunca he dicho esa frase con más literalidad). Y me da tristeza ver que el Vaticano sea juez y parte de su autoconsagración. Pero tengo fé en que Francisco nos dará nuevas y mejores noticias.

 
Juan XXIII, Juan Pablo II, Francisco, Vaticano