Por Mayté Ciriaco Ruiz

La mañana del jueves 12 de enero, en una larga cola alrededor del Seguro Marino Molina en Comas, Camila, una joven comerciante, esperaba por una prueba de descarte de COVID-19. Una noche antes, su mejor amiga, a quien había visitado el 8 de enero, la había llamado para decirle que era positiva a la enfermedad. La joven de 24 años no presentaba síntomas, pero necesitaba descartar el contagio pues su padre padece de insuficiencia renal.

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