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Corongo, una olvidada provincia en Áncash, que guarda los secretos del folclore

A 591 km de Lima, vía el Callejón de Huaylas, Corongo presume la hermosura de nuestras danzas. Te damos razones para visitarla

El recorrido se inicia en Caraz, uno de los pueblos más plácidos de la Cordillera Blanca. A pocos kilómetros de allí, donde desaparece el asfalto, se produce el encuentro con un desfiladero de mil metros de profundidad, donde apenas cabe el río Santa, que se abre paso hasta los arenales de Chimbote. Se trata del Cañón del Pato, con su hidroeléctrica y sus 35 túneles, algunos tan extensos que tienen curvas.

Luego, a la altura del caserío de Huarochirí, el camino trepa sin piedad y asoma una florida meseta que cobija al pueblo La Pampa y su célebre cuy chactado. Pero es más allá, a 3.141 m.s.n.m. que aparece hermoso Corongo. La comunidad se yergue altanera con sus calles de piedra, balcones, puertas de madera tallada y acogedores patios interiores. También con el mirador de San Cristóbal, en medio de campos de trigo, desde donde se tiene una inmejorable vista del pueblo y del nevado Champará. No hay que olvidar que allí nació Ernesto Sánchez Fajardo, más conocido como el Jilguero del Huascarán, que Arguedas después reverenciaría en los coliseos limeños. 

Como parte del rico acervo cultural de la zona se cuenta un idioma: el llajuash, una variedad del quechua que el Ministerio de Educación proscribió de las aulas en 1940. Asimismo, la danza de las pallas y su contraparte masculina, la panatagua. La primera, hay que contarlo, se popularizó gracias a una frivolidad. Cuando se realizó el Miss Universo en Lima, en 1982, el vestido de la palla de Corongo ganó el concurso de trajes típicos. Tiempo después, en el año 2004, Maju Mantilla lució una pieza similar al ser coronada como la mujer más bella del planeta.

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