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¿Por qué dejamos para después nuestras obligaciones? La procrastinación tiene raíz en el cerebro

Un estudio identifica un circuito cerebral que frena el inicio de las tareas, incluso cuando la recompensa es clara, y explica por qué postergamos.
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Durante décadas, este fenómeno se explicó sobre todo como un problema de coste-beneficio./ Freepik

Christian Mestanza Arquiñigo

3/9/2026 09H59 - ACTUALIZADO A 3/9/2026 09H59

Postergar una tarea importante no siempre es una cuestión de pereza o falta de incentivos. Aunque el cerebro entienda que una acción es necesaria y valiosa, puede bloquear el inicio del comportamiento. Un estudio reciente de investigadores de la Universidad de Kioto sugiere que la procrastinación responde, en parte, a un mecanismo cerebral que actúa como un freno a la motivación.

Durante décadas, este fenómeno se explicó sobre todo como un problema de coste-beneficio: si la recompensa no resulta suficientemente atractiva, la acción no se pone en marcha. Sin embargo, los nuevos hallazgos apuntan a que la dificultad puede estar en una etapa anterior, en el momento mismo de iniciar la acción, independientemente del valor que se le asigne a la recompensa.

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Un freno en el cerebro, no una falta de incentivos

El equipo liderado por el neurocientífico Ken-ichi Amemori identificó un circuito cerebral específico implicado en este proceso. Se trata de la conexión entre el estriado ventral (EV) y el pálido ventral (PV), dos regiones situadas en los ganglios basales, una zona profunda del cerebro relacionada con la motivación, el placer y la toma de decisiones.

Para estudiar su funcionamiento, los investigadores trabajaron con monos macacos, cuyo sistema motivacional presenta similitudes relevantes con el humano. En el experimento, los animales debían elegir entre distintas opciones para obtener agua: algunas ofrecían una mayor cantidad acompañada de una experiencia desagradable —una ráfaga de aire en la cara— y otras garantizaban una recompensa menor sin incomodidad. Como ocurre en las personas, los monos evaluaban si valía la pena soportar el malestar para obtener un mayor beneficio.

El registro de la actividad cerebral mediante electrodos mostró que, cuando la elección implicaba anticipar incomodidad, aumentaba la activación del estriado ventral, una región sensible a señales de rechazo o esfuerzo. En cambio, cuando las opciones se reducían a distintas cantidades de recompensa sin castigo, la actividad predominante se observaba en el pálido ventral.

Tal como señalan los autores, “las grabaciones electrofisiológicas revelaron respuestas rápidas del estriado ventral ante señales aversivas y una disminución gradual de la actividad del pálido ventral, lo que sugiere una interacción inhibidora que limita la iniciación de la conducta”.

Estos resultados llevaron a los investigadores a distinguir dos componentes de la motivación, codificados por sistemas neuronales distintos. Por un lado, el cálculo clásico de costes y beneficios; por otro, un mecanismo que decide si una acción merece ser iniciada. Ambos procesos, subrayan, están conservados evolutivamente y fueron claves para la supervivencia de nuestros antepasados.

Cuando el estriado ventral y el pálido ventral permanecían conectados, la señal de incomodidad generada por el primero podía frenar el impulso del segundo para iniciar la conducta. Al interrumpir experimentalmente esa comunicación mediante una técnica quimiogenética, los científicos observaron que bastaba para liberar ese freno motivacional.

“La inhibición selectiva de la vía entre el estriado ventral y el pálido ventral restauró la motivación para iniciar la tarea, sin afectar la valoración de la meta”, indican los autores del estudio.

Del laboratorio a la vida cotidiana

Este hallazgo cuestiona el enfoque tradicional para combatir la procrastinación. Según Amemori, cuando el problema se sitúa en la fase de iniciación, reducir las señales que alimentan el rechazo —como el coste anticipado de empezar— puede ser más eficaz que simplemente aumentar los incentivos o la presión externa. Estrategias como dividir una tarea en pasos más pequeños o disminuir la sensación de evaluación constante podrían resultar más útiles en esos casos.

El estudio también abre una lectura social y clínica. Amemori advierte que entornos laborales marcados por el estrés y la interrupción continua —correos, mensajes o notificaciones— pueden mantener activado de forma crónica el circuito del estriado ventral. A largo plazo, esa sobreestimulación podría generar cambios plásticos e incluso estructurales en la vía EV-PV, inclinando el sistema hacia un bloqueo persistente de la motivación, un cuadro que en el ámbito clínico se conoce como abulia.

En esa línea, los autores vinculan sus hallazgos con trastornos como la depresión. “Nuestros resultados sugieren que la abulia podría reflejar un desequilibrio en este circuito”, explica Amemori. En principio, añade, sería posible explorar terapias orientadas a restaurar ese equilibrio, como la estimulación cerebral profunda, aunque subraya que se trata de intervenciones invasivas, reservadas para casos cuidadosamente seleccionados.

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