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"La independencia peruana como representación: Historiografía, conmemoración y escultura pública"

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Alex Loayza, editor del libro. (Foto: IEP)

Con el objetivo de abrir una nueva veta de investigación respecto a la independencia del Perú, Alex Loayza Pérez –candidato a doctor en Historia por el Colegio de México—reunió  a una serie de investigadores y académicos peruanos e internacionales que, desde su área de especialización, han reflexionado en torno a cómo ha sido pensado y representado este momento fundamental en la vida de nuestra joven república.

Loayza –quien es además director del Seminario de Historia Rural Andina de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos—reunió los ensayos en el libro “La independencia peruana como representación: Historiografía, conmemoración y escultura pública”, publicado recientemente por el Instituto de Estudios Peruanos.

Aquí una breve charla con Alex Loayza sobre el origen de esta publicación.

-A grandes rasgos, ¿qué dice el ‘hegemónico discurso limeño’ sobre la independencia del Perú del cual se habla en este libro?

Lo que nos han enseñado en el colegio y que básicamente marca las celebraciones de Fiestas Patrias. Es decir, que el 28 de julio de 1821 se declaró la independencia del Perú por José de San Martín. Sin embargo, lo cierto es que en esa fecha no se declaró la independencia porque todavía hubo guerra, Bolívar vino y recién después de la Batalla de Ayacucho, en 1824, podemos decir que hay una victoria militar concreta. Pero eso también es una interpretación que nosotros podemos dar, porque como ocurre en otros países como México o Chile, podríamos ubicar el inicio de nuestra independencia con la rebelión de 1814 en Cusco, que fue muy importante en el sur andino. Lo que pasa es que hay este discurso que marca una fecha de inicio y de culminación de un proceso largo y muy conflictivo, porque fue una guerra civil y como tal tuvo muchos conflictos detrás. No es un conflicto entre realistas y patriotas o españoles y americanos, sino entre los mismos americanos, los mismos indígenas. En ese sentido, fue una guerra civil. Por eso, al marcar la independencia en 1821 en Lima, uno obvia o anula un proceso muy complejo de conflictos.

-Es decir, hechos como el Te Deum, son parte de la visión limeña de la independencia…

Así es. Todo eso es producto de un discurso historiográfico limeño y de una política centralista limeña. San Martín sale del Perú y los demás gobernantes mantuvieron al 28 de julio como fecha de la independencia. Eso no se ha discutido mucho y, es más, San Martín se convirtió en una figura muy representativa. De hecho para el Centenario se inauguró un monumento suyo en el centro de Lima. En el libro podrás leer que durante las celebraciones locales en Arequipa, Jauja o Ayacucho las élites locales le dan preferencia a sus (propios) héroes. Te hablo de Mariano Melgar o María Parado de Bellido. Es que lo ocurrido en Lima no significaba mucho para ellos. Así que la pregunta central del libro es cómo se ha representado la independencia, cómo se ha pensado en la narrativa histórica y, sobre todo, qué se ha silenciado en esa narrativa.

-En el libro se menciona que a partir de la segunda parte del siglo XX se empieza a cuestionar la historiografía sobre la independencia. ¿Cuál fue el hecho que podría considerarse un punto de quiebre en este sentido?

Lo que sucede es que nuestra historiografía del siglo XX trata de probar que hubo una participación peruana en la independencia. La historiografía extranjera establecía que (la independencia) fue definida por extranjeros y los peruanos no hicieron mucho o quizás tuvieron cierta participación cuando vino San Martín. ¿Qué hace nuestra historiografía clásica del siglo XX? Pues decir “Sí, tuvimos precursores”.  Y aparece la idea los intelectuales del “Mercurio Peruano” y de muchos otros liberales, que si bien no tuvieron acción militar importante, sí ejercieron una labor de propaganda, de hacer presente la idea de libertad, muy necesaria para la independencia. Entonces, surge una conciencia de que somos peruanos y de que eso le serviría a San Martín para liberarnos. La crítica que surge posteriormente con Heraclio Bonilla y la nueva historia social es que van a decir simplemente que tal “conciencia nacional” no existía.

-¿Cuánto de exactitud tuvo la tesis de Mariátegui en torno a que la independencia jugó un rol básico en las necesidades del capitalismo?

Podríamos decir que la independencia no fue producto de las necesidades del capitalismo, sino más bien algo fortuito. En 1808 Napoleón traiciona e invade España. A partir de eso se genera una crisis en todo Hispanoamérica. Y podríamos decir que el tema económico no es muy importante. Inglaterra apoya al ejército de Bolívar y al de San Martín, pero no definen la independencia. Sus intereses no son importantes. Podría decirse que lo de Mariátegui no es muy cierto en términos generales. En el proceso de la independencia predominó lo político sobre lo económico.

-¿En Argentina, Chile y los demás países que se independizaron relativamente cerca al año en que lo ‘hizo’ el Perú, la historiografía también comete este error?

Claro. El bicentenario de nuestros vecinos fue en 1810, 1811, porque se celebra las primeras rebeliones contra los españoles. Incluso ni tan ‘rebeliones’, sino más bien (son)  juntas de gobiernos creadas ante el vacío de poder, buscando establecer un gobierno con bases populares, pero siempre a favor del rey. Las juntas que se establecen en Santiago de Chile no plantean la independencia, sino cierta autonomía pero reconociendo a Fernando VII como rey legítimo. Es más, en México, la rebelión de Hidalgo y Morelos está a favor del rey español y contra los peninsulares. Entonces, ahí también hay una interpretación nacionalista. Ellos dicen que ese es el inicio de su independencia pero si uno lo ve de cerca, ellos no están planteando para nada tal cosa. Con nosotros más bien sucede algo extraño, no nos reconocemos en la rebelión de Zela en 1811 o en la de Pumacahua en 1814. Ya Riva Agüero decía eso en sus textos de 1910, que cómo era posible que los peruanos no busquemos los orígenes de nuestra independencia en estas rebeliones cuando bolivianos y chilenos reconocen estas como el inicio de su independencia, y no con la llegada de San Martín o Bolívar.

-¿Cuáles hechos podrían demostrarlos cómo evolucionó el discurso del nacionalismo mestizo sobre la independencia?

Desde el Centenario hay un nacionalismo que trata de recoger la vertiente andina, hispana y en menor medida la afro peruana. Entonces, se trata de crear un nacionalismo más integrador. Lo que pasa es que no existe un solo nacionalismo mestizo. Tienes a Raúl Porras Barrenechea con una visión más liberal del nacionalismo. Él ve el proceso de la independencia como un hecho de lucha política que crea una conciencia nacional. Pero también tienes a José Agustín de la Puente Candamo que ve al proceso de independencia como una toma de conciencia personal sobre la existencia de un Perú en donde los conflictos no son importantes sino más bien accesorios . Y, por otro lado, tienes a aquellos que son indigenistas, que creen que la figura de Túpac Amaru es fundamental en la independencia. Los tres tienen un discurso nacionalista mestizo pero le dan acentos a diferentes aspectos de la historia, pero como te dije antes, eso es lo nuevo. En el Sesquicentenario el discurso nacionalista se quiebra y aparece el de la ‘historia social’ que cuestiona todo, que dice que Túpac Amaru era un rebelde que quería restaurar la Colonia, (entonces) no tiene sentido vincularlo con la independencia. De esta forma, son dos los grandes momentos del discurso sobre la independencia: el Centenario y el Sesquicentenario.

-¿Cómo se explica la gran polémica generada por la colocación de un monumento a San Martín? Siendo este un personaje que está presente en las clases que escuchamos desde la educación primaria…

En el libro hay un artículo de Rodolfo Monteverde muy importante para ver lo que sucede con San Martín. Como dicho autor menciona, desde que San Martín está aquí se plantea hacerle un monumento. Problemas económicos, conflictos sociales y políticos hacen que el tema quede trunco. Recién se retoma para inicios del siglo XX. Lo importante del estudio de Rodolfo es que te muestra cuáles son las propuestas de monumento y cómo llegamos a la que tenemos hoy. Y uno ve que hay un monumento de Baca Flor que es un San Martín en una cúspide con una bandera y que en la base tiene una multitud clamorosa, alzando los brazos. Ese iba a ganar, pero fue prohibido rápidamente. Y el Estado, años después, sin concurso y sin ninguna discusión, te pone ese San Martín que tenemos aquí, que lo muestra pasando los Andes. Si uno compara ambas imágenes uno puede ver  que hay un discurso muy conservador con el (San Martín) que tenemos acá. Es un San Martín tranquilo, con su caballo, frente al otro, que es uno con una figura muy fuerte políticamente: alguien con el brazo y la bandera en alto y con la multitud clamando. Entonces, en medio de una coyuntura de gobiernos oligárquicos y después con Leguía, se escogió una figura de San Martín que era políticamente ‘neutra’ o que no te generaba ningún tipo de emoción política. Ese es un ejemplo de cómo se representa la independencia y de cómo, según las coyunturas política, las imágenes pueden ser usadas.

-Y el tema de los monumentos y las imágenes sale más a la luz en la época de Leguía porque él se encarga de armar una especie de ‘proyecto’…

Claro. Hay todo un proyecto urbano y muy vinculado a su persona. Recuerda que la avenida Arequipa era la avenida Leguía. Y el monumento a Manco Cápac que está en La Victoria estaba vinculado a su discurso de la Patria Nueva y el indigenismo. Asimismo, en ninguna escultura urbana de su época encuentras a un héroe peruano. Tienes a San Martín, al Museo Bolivariano. Quizás el único ‘héroe peruano’ que aparece  ahí sería él, porque en las estampillas sale Leguía con los dos libertadores, es decir, haciendo figuretismo. Básicamente.

-¿Por qué los miembros de la historiografía tradicional vieron con cierto recelo el ingreso de las ciencias sociales a su núcleo?

Hay un tema básicamente con que la historiografía tradicional tiene un discurso nacionalista pero también uno donde la historia tiene un valor cívico, educativo, muy importante. Entonces podría decirse que había un discurso bastante paternalista en el sentido de que no debía enseñársele a los jóvenes ni al pueblo en general un discurso que sea crítico, sino más bien que sea constructivo. Y de hecho esta historiografía era muy crítica, por ejemplo, de los discursos de González Prada. O también, cuando salió “La ciudad y los perros” hubo rechazo de la comunidad de historiadores porque se decía que (la novela) criticaba una institución educativa militar y también al héroe Leoncio Prado. Ahí puedes ver la figura, había que evitar la controversia, se debía buscar un discurso positivo y constructivo. Entonces viene Heraclio Bonilla y te dice “lo que tú estás planteando es ideología pura. La independencia no fue ‘todos unidos luchando contra el opresor español. Hubo luchas internas”. Ahí chocó con el nacionalismo demasiado ‘positivo’.

-¿Cuál es la importancia de incluir a tantos investigadores, académicos e incluso extranjeros, al juntar todos estos artículos?

El objetivo es abrir una nueva veta de investigación para el tema de la independencia. Este libro no estudia la independencia como hecho histórico, sino más bien cómo fue pensado o representado. Eso es importante para pensar el Bicentenario. Me pareció importante agrupar a diferentes estudiosos que están trabajando el tema  pero cada uno por su lado. Consideré importante reunirlos para, en bloque, mostrar una propuesta y decir ‘esto es lo que se está haciendo ahora y ojalá se pueda discutir más al respecto’. Porque hay mucho por hacer. Por ejemplo, falta investigar sobre el Sesquicentenario, sobre la escultura en provincia. Y, además, si este libro tiene un aporte es que le da mucho peso a lo que sucede fuera de Lima. Hay un capítulo sobre Arequipa, otro sobre Jauja y dos sobre Ayacucho. En provincias hay otro discurso muy distinto al limeño y eso es algo de lo que aún no nos damos cuenta.

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