Por Miguel García

Martínez Romero era un hombre con suerte. Sus colegas le decían el “conejo”. En el Archivo de El Comercio conservamos miles de sus fotos y todas llevan un sello: calidad. Pero en esa jornada de 1971 vio la muerte de cerca. Las balas le susurraron a los oídos mientras él disparaba con su propia arma: la máquina fotográfica.

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