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Los jemeres rojos

<strong>En un mundo desgarrado por la lucha de dos ideologías, los años setenta se mostraron como el escenario histórico propicio para el surgimiento de movimientos extremistas. La “vietnamización” del sur de Asia se engulló a un país como Camboya donde las disputas internas lo llevaron a un epílogo jamás imaginado. La humanidad fue un tibio espectador del exterminio de millones de seres humanos.</strong> <img alt="CAMBOYA3BLOG.JPG" src="http://blogs.elcomercio.pe/huellasdigitales/CAMBOYA3BLOG.JPG" width="480" height="300" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;"/>

En un mundo desgarrado por la lucha de dos ideologías, los años setenta se mostraron como el escenario histórico propicio para el surgimiento de movimientos extremistas. La “vietnamización” del sur de Asia se engulló a un país como Camboya donde las disputas internas lo llevaron a un epílogo jamás imaginado. La humanidad fue un tibio espectador del exterminio de millones de seres humanos.

CAMBOYA3BLOG.JPGLugar de la barbarie: Camboya. El 31 de marzo de 1975 el presidente camboyano Lon Nol huía del país en medio del fragor de los combates. Para el 11 de abril los últimos estadounidenses abandonaban Phnom Penh, la capital, en los helicópteros de la infantería de marina.

Los rebeldes rodeaban la capital, y la caída del régimen no comunista tenía los días contados. Para el 14 las banderas de los revolucionarios ya flameaban en algunos sectores del norte de la ciudad.

Un cable de la agencia UPI publicado por El Comercio el día 16 confirmaba que las fuerzas rebeldes “parecían estar a punto de una victoria definitiva”. Miles de viviendas ardían, mientras que Radio Phnom Penh urgía por donantes de sangre. La primera plana del 17 de abril de 1975 informaba del hecho consumado esa misma madrugada: “Gobierno de Camboya se rindió ante insurgentes”. El drama de la guerra había llegado a su fin, aparentemente.

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Sydney Schanberg, corresponsal del New York Times, en medio de las balas, registró en su memoria los sucesos de esos aciagos días: “Lo que más grabado se me quedó era la imagen de cientos de cadáveres alineados en las salidas de Phnom Penh.”

Schanberg había cubierto desde 1973 la guerra civil, apoyado en su amigo el intérprete y periodista camboyano Dith Pran. Cuando los jemeres rojos cercaban la capital, Schanberg ayudó a sacar del país a la familia de Pran, pero éste quedó cautivo durante cuatro años.

Luego que los Jemeres Rojos entraron victoriosos a Phnom Penh, hace 35 años, tras una lucha encarnizada con las tropas del gobierno, su líder, Pol Pot, asumió el rol protagónico en un país que contaba en ese momento con más de siete millones de habitantes.

Pero… ¿cómo había empezado todo? En 1970 el príncipe de Camboya Norodom Sihanuk era víctima de un golpe militar por parte del general anticomunista Lon Nol. El conflicto vietnamita contaminaba progresivamente a los países limítrofes, por lo que Estados Unidos buscaba aliados que lo salvaran de la debacle.

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Tropas de Vietnam del Norte empiezan a cruzar territorio camboyano, pero son bombardeadas por fuerzas estadounidenes. China rompe relaciones con el régimen de Lon Nol, quien abiertamente apoya a Estados Unidos. En ese contexto, los guerrilleros jemeres rojos, de filiación comunista, se sienten respaldados por los chinos, y empiezan su aventura militar, hasta que en 1975 conquistan el poder.

Los rebeldes advirtien que no tolerarán el pillaje ni la delincuencia, pero de inmediato montan una carnicería impensada: obligan a cuatro millones de personas, de las ciudades, a trasladarse en interminables caminatas, llenas de muerte y dolor, hasta las zonas rurales del país.

Allí fueron sometidos a un inhumano régimen de labor agrícola, de diecisiete horas de trabajo diario. El filme Los gritos del silencio (The Killing Fields), de Rolan Joffé, dibuja con crudeza la tragedia y el brutal sistema aplicado por los jemeres rojos.

Los que se negaron fueron ejecutados. Los débiles –niños, mujeres y ancianos- en su mayoría enfermaron y murieron de inanición. La clase intelectual fue desintegrada en búsqueda de una comunidad fundamentalista que apuntaba a un sistema primario basado en el trabajo en los campos de cultivo.

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La historia contemporánea síndica como el artífice de este irracional experimento social a Pol Pot. Nacido como Saloth Sar, su verdadero nombre, fue un frustrado monje budista que combatió a japoneses y franceses, y que luego de abandonar sus estudios en Europa, se unió a las guerrillas camboyanas.

Denominó a Camboya como Kampuchea Democrática, decretó el Año Cero para su país, eliminó la moneda y las escuelas, montó prisiones y lugares de exterminio, todo bajo el delirio de un régimen maoísta utópico.

Este tenebroso intento de conseguir una sociedad igualitaria no duró más de cuatro años, pues el descontento se transformó en una lucha interna, que después comprometió la participación militar de los ejércitos vecinos.

En 1977 el régimen camboyano rompió relaciones diplomáticas con Vietnam y, finalmente, el 8 de enero de 1979, las tropas vietnamitas ingresaron a Camboya y expulsaron a Pol Pot y sus sanguinarios seguidores, quienes volvieron a refugiarse en la jungla.

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El saldo del genocidio camboyano es aterrador. De los siete millones de habitantes la población quedó reducida a la mitad. Alrededor de dos millones de personas murieron y una cantidad similar huyó del país.

Schanberg ajusta las clavijas de la evaluación histórica, con la autoridad del testigo que toma distancia temporal de los hechos: “el imperio del terror que impusieron más tarde los Jemeres Rojos no sirve para borrar el gran error americano. Es más, fue nuestra estrategia en la zona la que contribuyó a convertir un grupúsculo de milicianos en una guerrilla disciplinada de 40.000 hombres.”

En su última entrevista, antes de morir de cáncer en el 2008, Dith Pran clama para que los “campos de la muerte” no se repitan más: “uno es suficiente, dos es demasiado…si ustedes pueden evitarlo, mi espíritu será feliz”.

(Miguel García Medina)
Fotos: UPI

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