La foto data del 04 de mayo de 1989 y fue tomada durante las celebraciones por el 150 aniversario de El Comercio. En ella aparecen editores y periodistas de El Dominical. Al centro, Francisco Miró Quesada Cantuarias, rodeado de Francisco Miró Quesada Rada, Manuel Jesús Orbegozo, Enriqueta Rojas, Martha Pevez, Mario Gómez, Claudio Cano, José Michilot y otros más. Foto: Archivo El Comercio.
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Que el periodista debe reportar noticias y no protagonizarlas es algo que quienes tenemos el privilegio de ejercer el periodismo sabemos bien. Sin embargo, hoy nos tomamos una licencia. Contar la historia reciente de El Dominical en este, su 70 aniversario, requiere hablar de aquellos periodistas, hombres y mujeres, que hicieron y aún hacen posible que este espacio de terca apuesta por la cultura en todas sus manifestaciones continúe en circulación y tenga la vista puesta en el futuro.

Francisco Miró Quesada Cantuarias tenía 34 años cuando materializó la idea de El Dominical. Periodista, jurista, filósofo y humanista de mente inquieta, encontró en este espacio la manera de acercar el conocimiento y la cultura a la sociedad. Hasta la década de los 90 fue responsable de su edición, al lado de Luis Miró Quesada Garland, cofundador de este espacio.

Desde 1980 hasta 2022, El Dominical ha tenido ocho editores, siete de los cuales hoy entregan un testimonio de su paso por estas páginas. Hay algo en común entre quienes tuvieron a su cargo la edición de El Dominical este siglo XXI: todos se reconocen primero como fervientes lectores del mismo.

Han pasado siete décadas, en las que el diseño del espacio ha cambiado pero su esencia no. Solo se ha adaptado a los tiempos. Por estos días, los responsables periodísticos de El Dominical somos Enrique Planas, redactor principal, y yo, Katherine Subirana, coordinadora editorial. Planear cada edición significa para nosotros un compromiso con el público y con la cultura, una responsabilidad con el legado de este espacio, pero también un sueño personal y profesional cumplido. Gracias a ustedes, lectoras y lectores, por compartirlo.

Jorge Paredes (2018 – 2022)

Siempre me impresionó esa primera carátula del suplemento El Dominical, publicada el domingo 29 de marzo de 1953. La figura central estaba ocupada por el Inca Garcilaso como una especie de guía espiritual de lo peruano. De esa síntesis en construcción que se gestó a partir de nuestra herencia autóctona y de la cultura occidental que nos llegó de España, se construyó un legado que nos ha marcado en el tiempo y que ha sido también el gran tema de fondo, de los muchos que se han abordado en este suplemento a lo largo de sus ya 70 años de existencia.

La vi por primera vez, a mediados de la década de 1990, convertida en un solemne cuadro, en la oficina del filósofo Francisco Miró Quesada Cantuarias en la antigua sede de El Comercio, un espacio resguardado por libros y silenciosas paredes cubiertas de madera. Esa portada era como una insignia que recordaba el objetivo a seguir, aquel que decía que el periodismo podía ser también un espacio de reflexión, aprendizaje y debate. Esa lección implícita que no debe perderse más aun en estos tiempos en que prevalece la inmediatez de lo efímero. Esa lección que El Dominical nos recuerda a todos los que hemos aprendido leyendo y escribiendo su historia.

Dante Trujillo (2015 – 2018)

Cuando Fernando Berckemeyer me propuso regresar al diario como editor de El Dominical no solo acepté, sino que fue la decisión laboral más rápida que tomé en mi vida. No será una confesión muy sorprendente si digo que anhelaba dirigir una institución cultural tan antigua y, a la vez, en plena vigencia; de verdad relevante y, al menos hasta esos años previos al desborde digital, de amplísima llegada nacional. Un honor y una responsabilidad inmensas.

Como miles de peruanos lectores y curiosos a lo largo de estas siete décadas, he sido un devoto del suplemento. Conforme pasaban los años y mi mirada de editor se iba moldeando, podía, además, detectar los cambios de timón, los intereses y estilos de mis predecesores —algunos señores que admiraba a la distancia y, luego, con la proximidad de la amistad— imaginando, a la vez, cuál sería mi aporte, de llegar el momento. Desde el día en que ocurrió recibí el apoyo de la dirección: la ambición era hacer justicia a la esencia de El Dominical y tener la mirada puesta en la creación y el pensamiento, la propuesta cultural, la literatura, las artes. Mirar el Perú y el mundo, lo actual y lo pasado, para contribuir al tan necesario diálogo. Para enriquecer el espíritu.

Hice mi mejor esfuerzo. Y fui muy feliz mientras tanto.

Martha Meier (2008 – 2015)

La pequeña oficina de El Dominical era calmada, alejada del diarismo. Allí decidimos alegrar al lánguido acompañante dominguero de El Comercio. Con Jorge Paredes Laos, Diana Gonzales Obando, Christian Espinoza y Antoinette Semizo Merino, reinventamos el suplemento. Logramos una publicación inteligente, entretenida y visualmente atractiva apelando a la estética de las nuevas generaciones, sumergidas en la virtualidad. Fue un reto renovar ese suplemento gris, frío, arrogante y distante, tras haber brillado largamente bajo la batuta del arquitecto Luis Miró Quesada Garland y, luego, del filósofo Francisco Miró Quesada Cantuarias.

Conté con colaboradores como la historiadora Rosa Garibaldi, cuyos escritos sobre hechos poco conocidos de nuestro pasado parecían cuentos. También nos acompañó la prosa impecable de la estudiosa de la cultura afroperuana Maruja Muñoz Ochoa, con sus escritos semanales sobre los aportes independentistas, culturales, musicales y gastronómicos de la negritud. El estudioso del folklore Antonio “Toño” Muñoz Monge, pintaba con palabras estampas del Huancayo de su infancia, las costumbres y coloridas fiestas patronales de Perú, entre otros.

El arte urbano, la Virgen de Guadalupe, El Principito, el anime, el medio ambiente, la novela gráfica…todo lo importante e interesante se transformaba en un especial.

Los lectores enviaban colaboraciones sobre sus especialidades y cuentos, todo se publicó. Por esa interacción supimos que El Dominical era ya leído por hombres, mujeres, por jóvenes y mayores, por profesionales y gente humilde. Llegaron los anunciantes y los maestros pedían excedentes como material didáctico. Lo logramos: El Dominical había vuelto.

Fernando Ampuero (2008)

Mi opinión respecto a El Dominical responde a mi doble condición de lector y escritor. Aparte de ser un constante espacio de difusión cultural para los peruanos, este suplemento ha sido, y es, una puerta abierta a la reflexión y al debate intelectual, así como a las tan necesarias críticas literarias, los textos creativos y los ensayos filosóficos y científicos. Como lector, recuerdo con aprecio la época en la que, junto a otras plumas reputadas, José Miguel Oviedo y Abelardo Oquendo escribían asiduamente; y como escritor, no podría estar más agradecido. Mi primer libro de cuentos, publicado hace exactamente cincuenta años, mereció una reseña a página completa firmada por Wolfgang Luchting, crítico alemán especializado en la literatura peruana. Hoy, al cumplirse los setenta años de la existencia de El Dominical, podemos ver la larga estela de importantes autores nacionales e internacionales, convocados puntualmente por sus fundadores, el filósofo Francisco Miró Quesada Cantuarias y el arquitecto Luis Miró Quesada Garland; entre ellos se cuentan Jorge Basadre, Aurelio Miró Quesada, Raúl Porras Barrenechea, José María Arguedas, Blanca Varela, Julio Ramón Ribeyro y Mario Vargas Llosa; y los extranjeros, Bertrand Russell, Albert Camus y José Ortega y Gasset.

Alonso Rabí (2006 – 2008)

Como periodista dedicado a asuntos culturales, editar El Dominical significó para mí un enorme logro humano y profesional. El Dominical fue mi casa durante dos años y en ellos logramos nuclear a un excelente equipo de colaboradores con el invalorable apoyo de Diego Otero y Jorge Paredes en la sala de redacción. Mi gratitud es doble: por un lado, la oportunidad de dirigir el suplemento cultural más importante del país; por otro, la confianza que depositó el diario en mí, confianza que se tradujo en una autonomía y libertad totales para asumir la edición y decidir los contenidos de cada número. Pocas veces he vuelto a sentir esa intensa sensación de aprecio, respeto y valoración que sentí entre los años 2006 y 2008. Inevitable recordar que especialmente durante mi etapa universitaria, uno de los días más esperados era el domingo, día en que se producía siempre la ansiedad por ver el suplemento, pasar lentamente sus páginas y enterarse de la actualidad cultural. Ni siquiera me había permitido entonces soñar con dirigirlo algún día. Y ese día llegó. Y puedo decir que esos dos años, en términos de experiencia, tranquilamente podrían constituir una década. Este año se conmemoran setenta de existencia ininterrumpida de El Dominical. Lo único que me inspira este asombro calendario es desearle, una y otra vez, larga vida. Así sea.

Alonso Cueto (1998 – 2003)

El dominical pues siempre un espacio reflexión de estímulo de compromiso. Ir a la sección del periódico destinada a estar de lado de los lectores no para ver lo que pasa día a día si no para pensar lo que puede pasar más adelante tengo un gran recuerdo de esos años Y de la gente que estuvo conmigo. Me alegro que siga conservando esa misma identidad

Francisco Miró Quesada Rada (1980 – 1997)

De los 47 años que trabajé en El Comercio, 20 estuve en El Dominical. Fue mi escuela de periodismo. Tuve a los maestros en casa. Si bien había tenido una experiencia previa entre 1970 y 1974, para mí las décadas de los años 80 y 90 son fundamentales. Esos maestros fueron, además de mi padre, intelectuales y periodistas de la talla de César Miró, Héctor López Martinez y Manuel Jesús Obegozo. También compartía con otros periodistas-intelectuales, que destacaban por su especialidad y análisis crítico, como Jorge Chiarella (teatro), José Miguel Oviedo (literatura), a quien luego lo reemplazaría Ricardo Gonzalez Vigil, otro destacado crítico literario y escritor. Alfonso La Torre, el famoso ALAT, Carlos Germán Belli y Hugo Bravo. Pero el periodismo es también arte y en este caso no podemos dejar de mencionar a dos destacados diagramadores como Leoncio Rojas y Jesús Ruíz Duran. Por aquella época se desempeñaba como editor, Orlando Vásquez.

En este Dominical de los 80, escribieron Manuel Cisneros, que luego reemplazaría como Jefe de Redacción a Orbegozo. Otro aspecto es que en el septuagenario suplemento se hizo análisis político nacional e internacional a través de los artículos de Juan Paredes Castro, Hugo Guerra y Raúl Vargas. Yo tuve una columna que escribía con el pseudónimo de Kratólogo. Manteniendo su esencia cultural esta apertura hacia lo político fue iniciativa de Luis Miró Quesada Garland, quien se turnaba con mi padre la dirección

Orbegozo siempre fue un descubridor y en 1981 incorporó a dos jóvenes periodistas destacados alumnos en San Marcos: Claudio Cano y Julio Carracedo. Empezó a trabajar una nueva generación de mujeres periodistas como Carla Mavila y Maria Eugenia Talavera.

En 1997 fui nombrado por el Directorio Subdirector de El Comercio, pero siempre estuve atento a lo que se hacía en El Dominical. Por aquella época, era Jefe de Redacción Juan Velit y editor Hugo Garavito. Ingresó a la redacción Jorge Paredes. Luego en el 2008, siendo Director y por acuerdo del Directorio se nombró Directora de El Dominical a Marta Meier, la única mujer en ocupar dicho cargo, quien, como sus antecesores, mantuvo su esencia y la enriqueció aportando temas ecológicos.

En El Dominical siempre se trabajó en equipo. Se organizaban campañas y se preparaban efemérides. Fue y es un medio de comunicación para que académicos e intelectuales se expresen ante la opinión pública. Cumple con una frase de mi abuelo Oscar Miró Quesada de la Guerra “si el pueblo no puede ir a la Universidad, la Universidad debe ir al pueblo”. Pero para que funcione un periódico, que es una empresa, se necesitan otros trabajadores, por eso destacamos la valiosa labor de Enriqueta Rojas, asistente de la dirección, Elder Morales, mi asistente y César Baldeón, encargado de la logística.

Entre las plumas de intelectuales y periodistas de este suplemento, que hoy recordamos sus 70 años de fundación, surgió una figura emblemática e integradora: El Super Cholo como símbolo de la autoafirmación del Perú Andino. Esta historieta marcó época y encandiló a niños, jóvenes y adultos. Así se cumplió lo que decía, Francisco Miró Quesada Cantuarias, en el artículo de presentación escrito el 29 de marzo de 1953, “una síntesis armoniosa de lo occidental y de lo autóctono”. Y años después, este ideal se confirmó a través de la columna bilingüe, escrita por Mario Mejía Huamán.

El Dominical fue creado para ser una obra colectiva entre periodistas e intelectuales de las distintas ramas del saber que contribuye con la cultura y el conocimiento al servicio de todos los peruanos y en eso tiene mucha historia.


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