Mijail Santos Martell

El kilómetro 132 de la panamericana sur es el hito que marca la ubicación de Cerro Azul, uno de los distritos y balnearios de la provincia de Cañete, donde la belleza de los atardeceres nos recuerda historias legendarias de batallas y hombres milenarios.
     La ruta es dócil cuando sentimos en la piel el aroma del mar. Cerro Azul pueblo, Cerro Azul playa. Mientras nos empolvamos los pies por sus angostas callejuelas de aliento rural y atmósfera sencilla, tenemos la sensación de encontrarnos en una época detenida, barnizada por el ligero y casi corporal viento marino. Dos ancianos  gesticulan, sentados en el pórtico de una casa de un solo piso. Nos ven y sonríen, como dándonos la bienvenida. 
     La pequeña plaza de Cerro Azul exhibe una particular glorieta de madera, coronada por una pequeña torre con reloj, sobre una pérgola novecentista. Alrededor del perímetro se levantan diversos negocios: farmacias, licorerías, bodegas, fondas, restaurantes. Vemos también algunos ranchos de inicios del siglo XX, casonas de techos altos y solares que hoy se han convertido en lugares para encontrar una buena comida o en hospedajes para todo bolsillo. 
     En el muelle el oleaje nos refresca con tan solo oírlo bramar. En medio de este oasis pueblerino, irrumpe de pronto en la memoria aquel hit de 1962, “Surfin’ Safari” de los Beach Boys, que inmortalizara y pusiera a Cerro Azul en los oídos del mundo. La letra rinde homenaje a las olas de este balneario: They’re anglin’ in Laguna and in Cerro Azul/ They’re kicking out in Doheny too/ I tell you surfing’s mighty wild/ It’s getting bigger every day/ From Hawaii to the shores of Peru. 

Cerro Azul arqueológico
Pocos visitantes tienen idea del significado de Cerro Azul para la historia del Perú. En tiempos prehispánicos estas tierras fueron pobladas por los huarco, un señorío que ocupó la parte baja del valle hace aproximadamente 800 años, y cuyo jefe máximo era el curaca Chuquimanco. Así lo aseguran los especialistas del programa de investigación el Huarco-Cerro Azul, del Proyecto Qhapaq Ñan del Ministerio de Cultura. Luego, entre los siglos XII hasta el XVI, este espacio fue ocupado por diversos asentamientos de pescadores y  agricultores que se dedicaron a trabajar las fructíferas tierras del valle. En el 2014 se hallaron antiguos restos de cultivos de hoja de coca, algodón, frijoles, ajíes, maníes y pallares.
     Las edificaciones de orden sagrado que encontramos en el cerro El Fraile indican también una ocupación inca. Se cree que este espacio estaba ligado al culto marino y su acceso estaba restringido solo a un grupo selecto de personas. Según los arqueólogos que estudian esta zona, los huarco opusieron gran resistencia a los hombres encabezados por Túpac Yupanqui. Hubo, por así decirlo, una convivencia hostil entre los huarco y los pobladores incas que llegaron de distintas partes del imperio. 
     Por los hallazgos en el sitio arqueológico Cerro Azul, se deduce también que hubo un intercambio sostenido de productos costeños y andinos. Se han encontrado espacios reservados al secado del pescado y canchones que alguna vez albergaron auquénidos traídos de las partes más altas de los Andes. Lo más extraño, sin embargo, es que hasta el momento no se han recuperado restos de embarcaciones, por lo que se cree que la pesca se realizó en las orillas, y quizá por inmersión, para obtener mariscos y otros productos del mar. Otra de las actividades reportadas por el material arqueológico es la textilería. Tres mujeres con ajuar de textileras fueron descubiertas por la arqueóloga norteamericana Joyce Marcus, además de instrumentos para la elaboración de telas, como piruros y husos. 

Una fortaleza en el mar
Frente al mar de Cañete, mientras decenas de bañistas remojan sus penas, se pueden observar unos imponentes tapiales superpuestos, que se erigen alrededor de una antigua plaza, donde —se cree— una élite administró los recursos provenientes de la pesca. En la periferia se pueden ver edificaciones más pequeñas orientadas hacia el mar. El complejo tenía también una serie de terrazas en las que se acumulaba la basura y donde, en algún momento, se realizaron entierros fúnebres. 
     Así relata Pedro Cieza de León la presencia inca en los cerros El Fraile y Centinela, en 1553: “Construida sobre una alta montaña del valle más bello, es la ciudadela más ornamentada que se encuentra en todo el reino del Perú, colocada sobre grandes bloques de piedra cuadrada, y con portales y entradas muy finas, y grandes patios. Desde lo alto de su edificio real, desciende una escalera de piedra al mar. Las olas golpean contra la estructura con tal fuerza y furia que uno se pregunta cómo pudo ser construida tan fuerte y hermosa… En toda esta poderosa construcción, que es tan grande como he mencionado, con piedras de gran tamaño, no hay morteros ni ninguna señal de cómo fueron colocadas las piedras ahí, y están tan juntas que es difícil ver la juntura”. 
     Durante el gobierno del virrey Toledo este sitio fue seriamente dañado. Las piedras fueron retiradas poco a poco para ser usadas en construcciones de tipo diverso. El esplendor inca y los remanentes huarco habían sido vulnerados. 

Playa histórica
De acuerdo con el historiador Juan Luis Orrego, existen dos posibles orígenes para el nombre de Cerro Azul. Por un lado, cita al cronista Cieza de León, quien aseguraba que existía una fortaleza pintada de verde, que vista desde el océano tomaba un matiz azulino. Pero también, según Orrego, el antropólogo norteamericano Alfred L. Kroeber y el médico viajero alemán Middendorf consideraban que a distancia los cerros frente al mar se aprecian azulados debido a las tillandsias (o plantas del aire), que crecían en estos relieves.
     Durante los años 1600, las costas de Cerro Azul también fueron testigos de combates navales encarnizados, fechorías de piratas y terroríficos corsarios, como el mítico holandés Joris van Spilbergen. Este, enviado por su país, tenía la misión de encontrar una ruta hacia el Asia. En 1615 avanzó hasta el Callao y causó zozobra en Lima. De este momento estelar del terror capitalino proviene la escena en la que santa Rosa de Lima se despojó de sus vestiduras e interpuso su cuerpo para proteger al Cristo en el Sagrario de Nuestra Señora del Rosario. Según el historiador y marino Jorge Ortiz Sotelo, como consecuencia de esas luchas, quedaron sumergidas en el mar de Cerro Azul “dos naves de la Armada del Sur, el galeón Santa Ana o Visitación y un patache”. 
     En 1830 se expidió un decreto —cuenta Orrego— que habilitó el puerto para llevar desde ahí los productos del valle de Cañete y el guano de las islas aledañas. Los dueños de las haciendas próximas construyeron entonces hermosos inmuebles que sirvieron de alojamiento temporal para quienes realizaban las labores de embarque. Estas casonas, de patios y jardines interiores, le dieron a Cerro Azul una atmósfera republicana. En palabras del escritor y periodista Mirko Lauer, bullía en Cerro Azul “una pobreza amable, bucólica y tradicional”. 
     En 1881 el puerto también padeció la ocupación chilena. Sus muros de defensa fueron demolidos. En 1903 desembarcaron en el lugar inmigrantes japoneses —son conocidas las familias Maeda, Watanabe, Hirakawa, Takase, que pusieron negocios en el balneario—. En 1920 se masificó la producción de caña de azúcar y en 1925 se construyó el actual y emblemático muelle de concreto, y surgieron las empresas de aduanas. Mucho después, en 1972, durante el gobierno del general Juan Velasco, se declaró Cerro Azul como puerto menor. Entonces decayó su movimiento comercial y marcó el fin de una época dorada. 

Coda
El mar nos regala un atardecer meditativo, a pesar de la multitud que colma las arenas húmedas bajo la espuma. Desde el muelle observamos, como jueces candorosos, el deslizamiento de surfistas avezados ante la escultura orgánica de la ola cañetana. Atrás nos vigilan una feria de artesanía bulliciosa, los últimos devaneos de la pesca, la risa y la embriaguez de los nobles hombres de mar que destejen sus redes imbricadas. El naranja y el fucsia del cielo opacan el azul. Es hora de irse con un poema bajo el brazo. Un respiro inmortal después de tanta vida.