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"CIA Perú, 1985. El espía sentimental", de Alejandro Neyra

Un adelanto de la nueva novela de Alejandro Neyra

CIA Perú, 1985. El espía sentimental, de Alejandro Neyra

CIA Perú, 1985. El espía sentimental, de Alejandro Neyra

Malko Linge sonrió y me dijo que no era mala idea salir pese al apagón. La última vez se había quedado sin conocer uno de esos famosos salsódromos de los que le había hablado. Así fue que enrumbamos en mi escarabajo del 71’ hacia la Costa Verde, al mayor emporio de la música tropical de la Lima de aquellos años: La Máquina del Sabor. 

     En el camino recobramos la confianza y lo puse al día de lo que hacía en el trabajo. Linge, por su lado, me empezó a contar algo de lo que tendría que hacer esta vez en el Perú. Los americanos no querían que el nuevo presidente se desbocara —lo cual concordaba perfectamente con el apodo de “Caballo Loco” que le habían endosado— y estaban preocupados por las medidas tomadas en torno a la deuda externa y el terrorismo. En eso quizá trataría de involucrarme y quién sabe incluso sería de alguna ayuda.

     Cuando llegamos, Su Alteza se quedó impresionada de la forma en que toda la playa de La Herradura estaba convertida en un verdadero centro de diversión iluminado solo por las luces de los faros de los autos y con la música de sus radios a todo volumen. Pese al frío y la humedad, casi todos estrenaban camisas coloridas y pantalones blancos o blusas escotadas y minifaldas. A Linge no le resultaba del todo extraña aquella representación de juvenil felicidad. Aun en los lugares más podridos y en las peores guerras se necesitaban los momentos de diversión (o de negación). Lo que le llamaba la atención era que en Lima, con apagones y bombazos incluidos, la negación fuera tan evidente, o mejor, que la negación ni siquiera se sintiera como tal. 

     Luego de una vuelta de reconocimiento decidimos entrar al salsódromo. Previsoramente, Malko había llevado su propia botella de whisky, que pasó tranquilamente dejando un par de billetes verdes que los controladores de la entrada recibieron más que gustosos mientras que yo esta vez sí le pedí permiso para ir por una cerveza, algo más apropiado a mi innoble condición. En aquellos minutos, vi a lo lejos cómo un grupo de minifalderas rodeaban a mi compañero y lo incitaban a bailar. No pasó mucho para que Linge fuera al centro de la pista y demostrara que sus clases de salsa en la lejana Austria lo habían hecho un más que pasable bailarín tropical (de salón). Sobre todo si se consideraba que, vistas de cerca, las exuberantes mujeres que improvisaban sus coreografías eran las vedettes del momento que tendrían que estar coincidentemente allí por alguna fiebre de viernes por la noche: Gisela Valcárcel, Analí Cabrera y Amparo Brambilla. Me quedaba claro que esta vez Su Alteza Serenísima no tenía mayor interés en pasar inadvertido. 

     Por mi parte no me quedaba nada más que jugar mi rol de siempre, el del aguado de la fiesta: mirar, beber mostrando el vaso arriba, sonreír y hacer la finta de divertirse. Hasta que en un momento el príncipe europeo me hizo una seña para acomodarnos junto con las famosas bataclanas en una mesa en la cual apareció, como por arte de magia, una cubeta de hielo y vasos en los que se sirvió whisky. Linge empezó entonces una divertida imitación de sí mismo, diciendo en un español masticadísimo que era un espía norteamericano y que yo era su traductor. 

     No pasó mucho rato para que Malko se enterase de qué era "Risas y salsa" y para que las chicas fueran a pedir “Qué cosa tan linda” de Oscar D’León para bailarle al recién llegado. No sé cuánto tiempo pasó tampoco hasta que llegó a nuestra mesa un hombre elegante, de unos cincuentaitantos años, sonrisa congelada y que hubiera pasado también por un espía de no haber tenido voz de mafioso italiano; al verlo allí, las muchachas lo rodearon colmándolo de besos, arrumacos y diciéndole al unísono “Papaúpa, Papaúpa”. Solo entonces Linge se acercó al magnate televisivo Genaro Delgado Parker y le dijo algo que lo hizo reír a carcajadas.

     Al cabo de un instante —yo me reía de todo sin entender una palabra, la música tan alta imposibilitaba sostener una conversación— Su Alteza Serenísima, haciendo una señal, nos sacó del local junto a dos de aquellas bombas para ir hacia mi bólido. Salimos de La Herradura y nos dirigimos a Barranco, exactamente a una casona neoclásica en pleno malecón, con la promesa de continuar la fiesta aunque en una reunión más íntima. Aquel viaje fue peligroso, no solo porque había tomado y mi auto sentía toda la exigencia del trayecto de subida hacia Barranco, sino porque además debí luchar contra mí mismo para concentrarme en la ruta en lugar de distraerme con la imponente pernamenta de mi copilota, que apenas si cabía en aquel humilde asiento (me había tocado compartir la delantera con la Brambilla). 

     Aquellos riesgos bien valieron la pena. En la casa se multiplicaron los brindis igual que varias piezas bailadas cada vez más cerca de aquellas imponentes modelos, divertidas con los pasos cada vez más ostentosos de Linge. Y de pronto, casi sin que me diera cuenta, poco a poco, en una bulliciosa y casi sicalíptica procesión, fue entrando un grupo de hombres y mujeres entre los que sobresalían un par de argentinos pelucones, unos rockeros de moda, muchas otras guapas cabareteras y gente de la farándula que llegaba cantando y que hacía presumir que aquella fiesta recién empezaba.

     De pronto todo se detuvo. Se escuchó el bullicio de un potentísimo motor y el sonido inequívoco de llantas quemadas en el pavimento. Todas las chicas se acercaron corriendo al gran ventanal de la casa. Una moto negra era la culpable del escándalo; traía consigo a un tipo cubierto con casco, casaca de cuero y jeans del mismo color. Pronto bajó de la imponente máquina y subió las escaleras de mármol de la casona: un hombre misterioso sobre el fondo del mar Pacífico. Solo cuando pasó por la puerta y entró al salón, en el que todos esperábamos ansiosos su ingreso, hizo un gesto histriónico y se fue sacando el casco también negro aunque con lenguas de fuego rojianaranjadas a los lados. Apareció entonces, como en cámara lenta, una melena negra y el rostro de un joven que reconocí como el hombre que hacía pocos días había jurado por Dios y por la patria como presidente del Perú (y que había visto en directo haciendo gala de toda su capacidad de encantamiento de masas en un cóctel en la embajada norteamericana meses atrás). Con una de sus manos agitó el pelo y sonrió como una estrella. Las vedettes dieron grititos histéricos y se lanzaron inmediatamente sobre el enorme y joven mandatario, quien sonrió como solo saben hacerlo los elegidos por el destino. 

     Su Alteza, quien luego de varios bailes y pese a la insistencia de casi todas las mujeres de la fiesta que se (es/dis)forzaban por conquistarlo, se había quedado en un aparte conversando con Delgado Parker primero, y con uno de los argentinos después, se me acercó de pronto, sacándome del ensimismamiento de borracho sentimental en que había caído y me dijo: “Esta puede ser mi gran noche”.

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