Cuando Lima enmudecía y hasta cabalgar parecía profano: cómo vivían los limeños la Semana Santa antes de que los viajes y campamentos cambiaran todo

¿Ha cambiado mucho la forma en la que los limeños viven la Semana Santa? Nos sumergimos en los archivos del diario “El Comercio” para descubrir las tradiciones hoy olvidadas de la Semana Santa y su evolución entre los siglos XVII y XX.
Grabado de fines del siglo XIX que ilustra la celebración del Domingo de Ramos en Grasse, localidad francesa famosa por ser la capital mundial del perfume.

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La bulliciosa capital ponía en transitorio suspenso su natural regocijo. Cesaba el tráfico de coches, carretas y tranvías; enmudecían las campanas y pitos; había clausura completa y absoluta de los espectáculos. Los limeños medían comentarios y recataban sus bromas; todo un esfuerzo en una ciudad habituada a la sorna y la “cachita”. Tan absoluta era la inactividad que Lima parecía una ciudad muerta. Se cuenta que los lecheros entraban a la ciudad jalando de la brida a sus bestias, pues se hubiera considerado una profanación verlos cabalgando. Todo aquello hacía sentir, hasta al más indiferente, la grandeza de aquellos días santos. Y a cualquier transgresor se le llamaba “Judas”.

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Ese era el comportamiento de nuestra capital en la segunda mitad del siglo XIX, y que recordaban con nostalgia los cronistas de inicios del siglo siguiente. Ya para la de 1919, un cronista de El Comercio comentaba que, si bien entonces aún quedaba algo de aquel conjunto de tradiciones sobrevivientes de la Colonia, indudablemente la modernidad había erosionado su color y espectacularidad.

El archivo histórico de El Comercio permite imaginar el Centro de la ciudad en el Domingo de Ramos: a las seis de la mañana, la población, ya despierta, salía a buscar la bendición de palmas en los templos. En los mercados, su precio dependía de las flores que las adornaban. Ese día se abre el servicio religioso de un modo celebratorio, anticipándose a las sombras del luto que vendrá. Con alegría, nuestros bisabuelos representaban con sus palmas la entrada triunfal de Jesús, a lomo de burro, en Jerusalén.

Para las ceremonias de 1845, El Comercio ya daba cuenta del programa: bendición de palmas, procesión y misa de Pasión en la Casa de Ejercicios de San Francisco; mientras que en la iglesia de los Descalzos comenzaban los ejercicios de Cuaresma en cuatro horarios diferentes. En la Catedral, a las cuatro de la tarde, la misa de Dominica in palmis se oficiaba después de las vísperas cantadas. El canto de la Pasión era interpretado por sacerdotes competentes en el arte vocal, habiendo iglesias donde el renombre del cantor atraía mayor cantidad de público. Los fieles, vestidos de riguroso negro —tanto damas como caballeros—, mostraban especial recogimiento antes de pugnar por recibir la bendición del sacerdote para sus palmas o ramos de olivo. Los templos resultaban pequeños para contener tan apretada concurrencia.

Horas más tarde, de la iglesia del Baratillo —establecida en el siglo XVII en el Rímac para evangelizar el barrio de Malambo—, salía hacia la Plaza Mayor la procesión del Señor del Borriquito, que representaba la entrada de Jesús en Jerusalén. Personas de toda condición invadían entonces la plaza, la calle de Palacio, el Puente de Piedra y demás cuadras que conducen hasta donde se encontraba esta modesta capilla jesuita que sería derruida en 1908. Ya para los tiempos en que Manuel Atanasio Fuentes escribía su libro Lima: apuntes históricos, denoscriptivos, estadísticos y de costumbres (1867), esta procesión llevaba una imagen del Señor en una borriquita de madera. En medio del entusiasmo místico, la procesión llegaba a la Plaza de Armas alrededor de las siete de la noche. De los balcones de la Casa de Gobierno, el presidente de turno contemplaba el desfile de la comitiva religiosa encabezada por el arzobispo.

Una semana de tradiciones

Durante los tres días siguientes, los oficios religiosos tenían un carácter de tristeza uniforme. Era un tiempo de ayuno y humillación. Era un inicio de semana despojado de todo aparataje religioso, que recién se activaba el jueves antes del mediodía, cuando los limeños se dirigían a la Catedral para asistir a las ceremonias de la absolución de penitentes, la misa con bendición del crisma y el “plato fuerte”: ver al arzobispo lavando los pies de los pobres en presencia de todos. Frente al altar, los feligreses se arrodillaban, rezaban estaciones y meditaban los pasos de la Pasión de Jesús. Era tradición que el sacerdote entregara la llave del sagrario, hasta el día siguiente, a una personalidad distinguida. En la Catedral, la llave era entregada por el arzobispo al presidente de la República. Nadie hablaba entonces de la posibilidad de un Estado laico.

Pero entre ceremonia y ceremonia también había espacio para el cortejo. En El Perú Ilustrado, un cronista denunciaba en 1890 cómo, entre la misa y el lavatorio de pies, “emprendedores mancebos” aprovechaban para cortejar a “melindrosas damas y beatitas mansas”.

Para la Semana Santa de 1970, el escritor Nicomedes Santa Cruz escribía en El Dominical: “La tarde (del Jueves Santo), salía de San Agustín la procesión de mayor número de andas de todas las de Lima; cada una recordaba un paso de la Pasión de Jesucristo. Los judíos eran representados por figurones de madera, del tamaño de un hombre, a quienes el celo religioso pretendía dar el aspecto más repugnante y ridículo que fuera posible. Los arregladores de andas, los imagineros, no podían concebir que un judío fuera pálido ni tuviese una cara de hombre; todos ellos tenían semblante diabólico”.

A las siete de la noche, después de que el jefe del Estado y su comitiva oficial lo hubieran hecho, los limeños salían a recorrer estaciones, distinguiéndose siempre los templos de La Merced, San Agustín, Santo Domingo y San Francisco. Había prisa por recorrer el mayor número de iglesias, pues a las diez se cerraban los templos y la intención de los vecinos era visitar alrededor de una docena de ellos. Terminado el recorrido, se procedía al balance: cuál fue el mejor “monumento” preparado por las monjas, si el de la Concepción o el de la Trinidad; cuál tenía más lujo, si el de La Merced o Santo Domingo. En la representación del Paso de la Cena, admirada en San Francisco, se podía ver al apóstol Judas Iscariote con la cara encendida y con un ají colorado en la boca. Las iglesias sacaban a la luz todo el esplendor de sus mejores joyas: relicarios y cálices de oro y plata enmarcados por flores ricas en color. Y para terminar la noche, había retreta nocturna en la Plaza de Armas.

El viernes, luego de que el presidente de la República devolviese la llave del sagrario de la Catedral, se retomaban las ceremonias de la mañana. El acto más concurrido era el Sermón de las Tres Horas, práctica que, como afirmaba el tradicionalista Leónidas Rivera en su libro Del vivir limeño de antaño (1945), fue creada en el Perú por el padre Alonso Mesía (1655-1732) y replicada en algunas ciudades españolas. Promediando el siglo XIX, la procesión del Santo Sepulcro, fundada en la época de la Colonia, ya estaba venida a menos. precisaba que esta salía del templo de La Merced y que ostentaba un derroche de lujosas casullas de los frailes mercedarios, con capas bordadas en oro. “Era una procesión a la que asistía la flor y nata de una Lima colonialista que hasta en lo religioso reservaba su exclusivismo aristócrata”, afirmaba el popular decimista.

El Sábado de Gloria

Pasados los días santos, llegaba el sábado. Al repique de campanas estallaba el regocijo y se devoraba el pan de dulce que anunciaba el término de la Cuaresma. Se celebraba una suntuosa Misa de Gloria en el atrio de San Francisco, mientras que, a la medianoche, se procedía con la Quema de Judas, una tradición muy popular heredada de la Colonia. Antes del “suplicio”, se leía su “testamento” en verso, colocado previamente en un bolsillo del muñeco, cuyas líneas rimadas satirizaban a los políticos de turno, denunciando la corrupción administrativa. Por supuesto, el autor de los versos permanecía anónimo. Como recuerda Abraham Valdelomar en su cuento Los ojos de Judas, el muñeco de paja o paño que representaba al apóstol traidor era encendido por el vientre, mientras se le paseaba por el barrio en comparsa, junto con demonios ardiendo.

Durante el recorrido, en ensordecedora gritería, el pueblo le lanzaba una andanada de improperios y maldiciones, salpicada de escupitajos. La procesión terminaba en un árbol o farol, donde lo que quedaba del Judas de paja era colgado y reducido a cenizas. Toda una apoteosis medieval.

Siempre en Domingo

Y por fin, el Domingo de Pascua: para Santa Cruz, uno de los más poéticos testimonios sobre cómo se celebraba esta tradición nos lo dejó el poeta José Gálvez, quien escribió: “Recuerdo haber asistido muy niño a la famosa ceremonia de la Resurrección en la plazuela de San Francisco, a la indecisa luz de una aurora. Y pude contemplar la plaza, con un San Juan hierático, pasando primero erguido frente a la Virgen como si no la reconociera, y luego inclinándose sumiso, aunque siempre muy tieso, en zalemas de reconocimiento. El símbolo de la vuelta a la vida del Crucificado se me quedó en el alma con suave vibración de luz albar...”.

Ciertamente, en la actualidad han quedado muy distantes los tiempos del fervor religioso que caracterizó al gobierno del virrey conde de Lemos. La modernidad trajo, desde inicios del siglo pasado, profundas transformaciones y las celebraciones litúrgicas debieron adaptarse a nuevas sensibilidades. Desaparecieron gigantes y cabezudos como los que aún pueden apreciarse en diversas localidades de España. El tiempo se llevó también a las célebres lloronas del Viernes Santo. La práctica del Sermón de las Tres Horas salió hace décadas de su reducto televisivo. La fabricación del pan de dulce se ha extendido más allá del tiempo estrictamente pascual; el popular chancay ha perdido toda connotación sacra. Si antes los limeños asistían a las procesiones, hoy algunos miran por televisión las películas sacras protagonizadas por Charlton Heston. Y el hondo silencio piadoso que caracterizó a la Lima de antaño se reemplaza hoy por el frenesí de los viajes y los campamentos. Lo único que parece mantenerse constante es el calendario lunar, que sigue programando nuestras vidas aunque los ritos se transformen.

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