El poeta estadounidense Frank Standford.
El poeta estadounidense Frank Standford.
Jéronimo Pimentel

Hace mucho, Frank Stanford quiere decir algo. Para saberlo desde el Perú, lo normal hubiera sido traducir uno de sus poemas. Por ejemplo, “Cuando la lluvia golpea a la serpiente en la cabeza,/ ella cierra los ojos y desea estar/ dormida en un neumático a un lado del camino,/ para que así los chicos puedan rodarla una y otra vez, para siempre”.

Luego, el traductor tendría que haber apuntado algo sobre la cruda simpleza de sus imágenes y, quizá, tratar de anclarlo en una tradición de la metáfora y la claridad, más cerca de Whitman que de Strand.

También podría haberlo intentado con “La luz que ven los muertos”. Sobre todo, cuando escribe: “Ellos mueren pero viven… Y entre mi gente/ son considerados sabios y honestos.// Mucha gente regresa/ después de que el doctor haya acomodado la sábana/ alrededor del cuerpo/ y haya abandonado el cuarto para hacer la llamada.// Ellos flotan sobre sus cuerpos/ y buscan la luz del techo como polillas,// observando los esfuerzos de todos alrededor”. Es una idea que conforta: saber que esas polillas que atestan las casas en verano son la mirada de aquellos que nos quieren y ya no están, pero están.

O podría haber comentado que, con su indiscutible belleza y romántica marginalidad, y esa manera tan norteamericana de relacionarse con la tierra y encontrar en ese lazo un fondo espiritual, puede haber sido el penúltimo gran talento echado a perder con el único consuelo de la nostalgia ajena (como Jeff Buckley o River Phoenix).

Alguien podría sostener que es un postrero caso de poeta maldito. Durante mucho tiempo, fue apenas una anécdota sentimental en la biografía de dos mujeres brillantes, probablemente más geniales que él: C. D. Wright y Lucinda Williams, quienes lo compartieron y padecieron durante la misma temporada. La cantante tiene algunos temas dedicados a él, de los cuales el más testimonial es “Pineola”, lo que nos lleva a otro abordaje posible: su suicidio. A punto de cumplir 30 años, Stanford es la ironía perfecta del poeta vitalista que muere por propia mano: se disparó tres veces al pecho con una pistola calibre 22 cuando su esposa lo confrontó por su continua infidelidad. Pero ¿está la poesía de Stanford al nivel de su leyenda?

La respuesta quizá esté en El campo de batalla donde la luna dice te amo, su inmenso poema narrativo compuesto de 20.000 versos (si se pudiera usar esa palabra, la verdad podrían ser simplemente “líneas”). No lo he leído aún.

Hace mucho quiero escribir sobre Frank Stanford, pero de él solo puedo ofrecer un poema: “Cuando somos jóvenes la luna es un estanque en el que todos nos ahogamos”: “cuando sueño un viento sopla/ sobre los extraños pastos/ de una pradera que no conozco/ y yo me siento como una lámpara/ que alguien está cargando/ en busca de un camino/ a través de un oscuro campo/ del que voy a salir”.



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