La Iglesia católica tuvo sus propios verdugos que servían a la Santa Inquisición. (Foto: AFP)
La Iglesia católica tuvo sus propios verdugos que servían a la Santa Inquisición. (Foto: AFP)
Por Rubén Quiroz

El 13 de abril de 1578, bajo la atenta y victoriosa mirada del célebre jesuita José de Acosta, el cuerpo del heresiarca más brillante y revolucionario del Perú del siglo XVI ardía en medio de la Plaza Mayor condenado por sus ideas y un conjunto de tesis sediciosas que planteaban modificar la composición social del Virreinato en ciernes.

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