En su libro titulado The art of music production, Richard James Burgess señala que lo primero que hay que tener es una buena melodía, y eso es válido para cualquier género que se mueva dentro del formato de canción, desde la balada hasta el punk. La segunda condición es tener una gran performance vocal, lo cual, como subraya Burgess, “tiene muy poco que ver con la técnica o con la calidad de la grabación. Una gran performance es un intangible que está conectado con la interpretación del contenido emocional de la canción”. O, para decirlo en palabras de Danny Saber, productor del grupo Black Grape, “una buena interpretación vocal no significa necesariamente cantar bien. Se trata, más bien, de que la letra vaya con la voz que la está verbalizando. Cuando ese clic se produce, entonces, uno está ante algo especial. Y no le puedes enseñar eso a nadie: se tiene o no se tiene”.
Ya lo decía Jerry Wexler, el extraordinario productor de Atlantic Records: “A mí dame un cantante y una canción: los demás elementos están subordinados”. No obstante, hay otros elementos decisivos: los arreglos, la estructura de la canción y, por supuesto, la performance instrumental. Poco es lo que se puede hacer si la interpretación instrumental registrada en la cinta es floja. Está también el trabajo del ingeniero de sonido: si los agudos, los medios y los graves están correctamente balanceados, cada sonido tendrá el peso y la potencia necesarios, y el disco será mucho más efectivo. Por último, se encuentra la mezcla, que es un momento decisivo en el proceso de realización de un disco porque es la etapa en la que todos los elementos sonoros que han sido registrados de manera separada se reúnen para configurar el sonido que tendrá la canción.
De más está decir que, en la historia de la música popular, hay muchos ejemplos de canciones que, sin reunir los ingredientes arriba mencionados, se han convertido en hits a nivel nacional, regional y/o internacional. Y que muchas de las canciones que responden a un esquema “comercial” tienen un carácter efímero cuando no francamente deleznable. Pero es importante ser consciente de que es así como suele funcionar el negocio de la música: repitiendo determinados lugares comunes que, cada cierto tiempo, son demolidos por la irrupción de nuevos (o viejos, pero renovados) paradigmas que más temprano que tarde se institucionalizan, a su vez, como tópicos de la industria musical. De ahí que sea justo reconocer que, como dice Richard James Burgess, “en la mayoría de grandes hits —esos que llamamos “clásicos”—, hay una canción con una melodía memorable, una letra interesante, un cantante con una personalidad distintiva y buenos arreglos instrumentales”.