Los adultos solían decirte: sé buena. Nutrida por sus fábulas y moralejas, creíste que todas las personas mayores defendían, sin fisuras, la protección al frágil, las palabras amables, la buena voluntad. Tardarías años en percibir las ambigüedades prácticas del ideal bondadoso. Durante tu adolescencia, contemplaste cómo tu madre y tu tía suavizaban el naufragio de tus abuelos en la vejez y la enfermedad. En sus ojos cansados adivinaste que por esa lealtad se paga un alto precio: descalabros salariales, sueños aplazados, aislamiento, vivir tensas y ojerosas. Más tarde, en el umbral de la vida adulta, te inculcaron la competición a ultranza, que exige triunfar. La bondad era propia de ingenuos, blandos y débiles en una sociedad que valora ante todo el poder, la dureza, la fuerza arrolladora. La delicadeza nos convierte en víctimas fáciles del abuso, blanco de aprovechados. O, peor aún, nos delata como perdedores que ocultan su falta de ambición bajo un disfraz de sentimientos fraternos. Y así empezaste a dudar si no será malo ser bueno.

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