Miguel López  [Foto: Richard Hirano/ Archivo]
Miguel López [Foto: Richard Hirano/ Archivo]
ÓSCAR BERMEO OCAÑA



La semana pasada Miguel López (1983), sentado al lado de la acuciosa teórica Nelly Richard, presentó su último libro en Santiago de Chile. Hablaron de las idas y vueltas del arte latinoamericano. Pocos días después viajó a Buenos Aires para disertar en el lanzamiento de una publicación sobre el colectivo peruano de arquitectura experimental Los Bestias (1984-1987). No estaría mucho tiempo en la capital argentina. Debía retornar a San José (Costa Rica), donde reside desde hace dos años, debido a que entró a trabajar en TEOR/éTica, una plataforma de investigación artística. El 2016 se convirtió en el primer latinoamericano en recibir el Independent Vision Curatorial Award, otorgado por la organización Independent Curators International (ICI) de Nueva York.

López planifica, investiga, gestiona, publica. Todo ello lo resume en una palabra: curaduría. Aquella definición plana, estática, del curador como alguien que ordena y dispone las piezas de una exposición luce incompleta ante la demandante cotidianidad del circuito artístico. Son tiempos de poner el cuerpo. “El rol del curador no es únicamente montar una obra o escribir un texto de pared. Su trabajo consiste en establecer un diálogo crítico con los artistas a fin de que las ideas en juego alcancen su punto máximo de peligrosidad, de riesgo, de fuerza y contundencia”, refiere el curador limeño.

Florencia Portocarrero (1981) refuerza esa perspectiva del oficio. Estudió Psicología Clínica pero su sensibilidad la trabajó mejor en salas y proyectos artísticos. “Creo que toda muestra debe incluir dos elementos que parecen contradictorios, pero deberían ser complementarios: por un lado, contribuir al desarrollo del sistema del arte; y, por otro, funcionar como dispositivo crítico. Es decir, impulsar el circuito, pero sin ser complaciente”, dice Portocarrero desde Berlín, donde reside tras obtener una beca de investigación del DAAD Artists-in-Berlin Program.

Sharon Lerner  [Foto: MALI]
Sharon Lerner [Foto: MALI]

Recientemente Artsy, la celebrada plataforma virtual de arte y coleccionismo, incluyó a Portocarrero y López en su lista de los 20 curadores jóvenes más influyentes de Latinoamérica. Ellos cargan a cuestas con proyectos colectivos e individuales que han contribuido a fortalecer una generación proactiva de artistas nacionales. El 2014, ambos —junto con otros artistas/gestores— crearon Bisagra, un espacio de experimentación artística que operó en una casona de Pueblo Libre. Fue una trinchera donde editaron revistas, compartieron portafolios, organizaron charlas y también algunas fiestas. Cada uno de los integrantes traía consigo experiencias de colectivos previos (La Culpable, Casa Rosa o Charla Parásita). El proyecto continúa vigente.

El espíritu inquieto de los curadores actuales se manifiesta también en su interés por participar en cada una de las fases de la producción. Si los artistas hoy abordan cuestiones museográficas, ¿por qué el curador no podría ser también un generador de contenidos? “Hasta cierto punto un curador también es un productor, un editor, una persona que tiene que ver o velar por todos los procesos involucrados en la realización de una exposición o proyecto. Desde el aspecto económico, temas de difusión, preparación de contenidos, guiones. No es que sea el responsable final de todos estos ámbitos, pero sí funciona como un director de orquesta que tiene que velar por la integridad de un proyecto”, explica Sharon Lerner, curadora de Arte Contemporáneo del Museo de Arte de Lima (MALI).

                            Camino a la formalización
La curaduría nunca pidió diplomas o certificaciones escritas. De hecho, varios de los forjadores de la disciplina en el Perú pertenecían a campos aledaños a las artes visuales (literatura, filosofía, ciencias, etc.). La labor curatorial se fue construyendo en la cancha. O, mejor dicho, en cada uno de los espacios donde se montaban las muestras.

Hablando de figuras referenciales, dentro de la curaduría más ligada a la historia del arte local, aparecen nombres como los de Natalia Majluf o Gustavo Buntinx. Élida Román también resalta por su inagotable gestión. Dentro de los independientes, es fundamental la figura de Jorge Villacorta, compañero de diversas generaciones de artistas. “Su esfuerzo en realizar proyectos autorreflexivos sobre el trabajo, como Cubo blanco flexi-time (Sala Luis Miró Quesada, 2004), fueron fundamentales para que yo pudiera comprender las múltiples posibilidades de la figura del curador”, dice López. Juan Acha, Luis Lama, Augusto del Valle, Max Hernández, Rodrigo Quijano son otros expertos importantes.

Florencia Portocarrero [Foto: Giovanna Fernández / archivo]
Florencia Portocarrero [Foto: Giovanna Fernández / archivo]

En la última década el panorama empieza a mutar y los nuevos nombres asoman con una formación teórica previa. La inclusión de cursos de curaduría en centros de estudios supone una progresiva formalización de la disciplina. “Aunque esto no quiere decir que llevar unos cursos te vuelve curador. Finalmente, es algo que se termina de aprender en la práctica. Además, la diversidad de procedencias disciplinares son válidas, ya que, al hablar de curaduría, estamos hablando de una práctica que es interdisciplinaria”, dice Sharon Lerner.

La creciente aparición de curadores apura una nueva interrogante. ¿Qué falta para dinamizar el circuito? Para Lerner es necesario fortalecer la institucionalidad artística. “Que haya más espacios donde se puedan desarrollar proyectos de forma sostenible”, refiere. López dirige su mirada al cambio de paradigmas temáticos. “Necesitamos más curadores que promuevan nuevas investigaciones, que quiebren el peligroso centralismo limeño al momento de hablar de arte, que introduzcan nuevos puntos de origen para nuestros debates sobre el pasado reciente”, concluye.