Tráiler de "El rey león". (Fuente: Disney)

Uno de los mayores éxitos de los estudios Disney fue, qué duda cabe, la película animada de 1994 titulada "". Escrita con mucha eficacia por un equipo de guionistas que se inspiraba en el Antiguo Testamento y en el "Hamlet", de Shakespeare, se trató de una cinta con altas cuotas dramáticas que hacían la que, para muchos, es la última obra maestra de la animación clásica de Disney.


Una buena parte de la crítica ha acusado a la nueva "El rey león" –la historia de Simba, el cachorro que se enfrenta a la muerte de su padre Mufasa, y a la destrucción del reino por parte de su tío, el envidioso Scar– de ser un mero refrito de la película original de 1994, con casi nula inspiración y cualidades artísticas. También se esgrime el argumento del calco, de que se ha hecho, cuadro por cuadro, una copia carente de valor.

No obstante, nosotros creemos que esas acusaciones yerran en el blanco. Es verdad que la historia y la pauta visual del clásico de 1994 sirven de modelo para el filme y que Jon Favreau, el director, trata de no traicionarlo. Pero no se ha reparado en que todo el lenguaje cinematográfico está transformado. Nunca antes se había conseguido ver una película de animación digital con un detallismo y naturalismo fotográfico tan logrado.

La película de dibujos animados tradicionales era marcadamente expresionista. Las imágenes adquirían una configuración plástica que lograban visiones subjetivas de paroxismos psicodélicos y pinturas surreales pletóricas de colores fuertes. En cambio, la versión de Favreau nos lleva a una iluminación documental, y a unos animales de factura digital, pero de movimientos y texturas de un realismo asombroso.

Esta versión, desde su innovadora técnica digital, consigue mostrar animales que lucen tan espontáneos como en un documental de National Geographic, solo que "actuando" en una historia ficticia. Y al usar un lenguaje no expresionista, el filme gana en naturalidad lo que pierde en poderío emotivo. Se cambia el melodrama por la fábula de aprendizaje, y la tragedia por una visión más contemplativa y cíclica de la naturaleza.

Otro punto interesante, más allá del nivel formal, donde juega un papel clave el uso de la luz del maestro Caleb Deschanel –fotógrafo elegido precisamente para eliminar cualquier textura digital o artificial de las imágenes–, es la interiorización de la reflexión que este joven león hamletiano debe hacer en torno a su existencia y destino. Lejos de "hacer lo que le dicen", el inexperto protagonista debe vencer una duda personal.

Este último es un aspecto más acentuado en este filme, donde la meditación sobre la identidad de este príncipe extraviado se hace en el reflejo de su imagen en el agua. Es allí que escucha el llamado espectral del padre, en una identificación de roles sustentada en los ciclos periódicos que el filme remarca con la sucesión del día y la noche, o la transformación orgánica de los elementos que se reencarnan en una sucesión eterna.

Otro tema de contraste entre este filme y su modelo de 1994 es que el lado musical y coreográfico es menos potente, tanto como el melodramático. En cambio, funcionan mejor las secuencias cómicas, donde destacan la muy lograda pareja que forman la mangosta Timón y el jabalí Pumba, además del papel más protagónico de Nala, leona amiga de Simba.

En general, es cierto que la versión primigenia de "El rey león" es más contundente y poética, pero considero que es totalmente equívoca una crítica que le quite a esta nueva versión todo mérito en función de verla como simple copia. El filme de Jon Favreau es innovador a su manera, irreverente, sentido, y tiene más virtudes que defectos.

LA FICHA
Título original: "The Lion King".
Género: animación, aventura, drama.
País: Estados Unidos, 2019.
Director: Jon Favreau.
Reparto (voces): Donald Glover, Beyoncé, Seth Rogen, Chiwetel Ejiofor, James Earl Jones.

Puntuación: 3/5.