Fuente: Capitán Swing/ Hiperión/ Alfaguara.
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José Carlos Yrigoyen

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No poco de lo que conocemos sobre las enfermedades mentales se lo debemos a la literatura. Uno de los primeros escritores que trató a la depresión con la seriedad que se merece fue el narrador norteamericano William Styron, autor de obras maestras como “Las confesiones de Nat Turner” o “Esta casa en llamas”. En 1985 una serie de factores -su renuncia al alcohol y a los medicamentos contra el insomnio, recuerdos familiares irresueltos- desembocaron en un trastorno emocional que lo inhabilitó progresivamente para actividades cotidianas sencillas -trabar conversaciones, conducir su auto-, hasta postrarlo y arrastrarlo a las orillas del suicidio. Durante un año se mantuvo en esa condición que -según él- “tiene una cualidad sofocante, la sensación de estar atrapado en una habitación sobrecalentada”.

Cuando salió de aquel infierno privado, luego de un largo internamiento, publicó un libro de no ficción, “Esa visible oscuridad: memoria de la locura” que congrega su prosa encantatoria y una admirable concisión para describir la tortura del padecimiento inhabilitante. Styron no se limita a relatar su experiencia, sino que sabe asociarla a lo universal y a su completo bagaje del planeta literario: así, repasa la circunstancia de autores notables como Randall Jarrell, Albert Camus o Primo Levi, quien colmado por la desesperanza prefirió arrojarse por las escaleras de su casa a seguir encarando un monstruo presuntamente indoblegable. El volumen también ofrece reflexiones acerca de la medicación y sus bien definidos límites, sobre la frialdad de los especialistas en cuyas manos se puso y la convicción de que todo depresivo es un mundo aparte que no puede curarse por medio de manuales ni rutinarias prácticas despersonalizadas.

Es imposible hablar de las relaciones entre enfermedad mental y la literatura sin recalar en Leopoldo María Panero, quizá el poeta de nuestra lengua que, junto al colombiano Raúl Gómez Jattín, más perseveró en cristalizar una obra cimentada en las visiones generadas por el conflicto psíquico con la realidad. Hijo intermedio de una familia disfuncional y decadente (muy bien retratada en “El desencanto”, la película de Jaime Chávarri), Panero transcurrió gran parte de su existencia recluido por propia voluntad en instituciones psiquiátricas, a la manera de Martín Adán, y fue en ellas donde desarrolló una voz gestora de múltiples composiciones en que el absurdo, lo macabro y lo animalesco se refocilan en una orgía de autodestructiva liberación.

Aunque el conjunto de esta poesía es irregular, sobresalen en sus índices algunos libros insoslayables, como “Poemas del manicomio de Mondragón”, reunión de epigramas donde la deshumanizadora rutina del encierro da pie a una imaginería turbia y desasosegante (“El loquero sabe el sabor de mi orina / y yo el gusto de sus manos surcando mis mejillas / ello prueba que el destino de las ratas / es semejante al destino de los hombres”) en la que el yo poético traza dramáticamente la línea entre la cordura y una insania dibujada como un submundo avecindado con la muerte: “Hombre normal que por un momento / cruzas tu vida con la del esperpento / has de saber que no fue por matar al pelícano /sino por nada por lo que yazgo aquí entre otros sepulcros”.

Testimonio asimismo imprescindible es “Lo que no tiene nombre”, maravilloso libro de Piedad Bonnett en el que intenta comprender las causas del suicidio de su hijo Daniel, quien sufría de una severa esquizofrenia. Desde una perspectiva regida por la contención, Bonnett emprende el escrutinio de todo aquello que rodeaba a su vástago, partiendo del estigma social hasta el lamentable sistema de salud al que se sometió, procurando sobrellevar “lo absurdo de perder a un hijo, ya que es lo que nunca esperas y a lo que más temes”. La autora también es poeta, y ello es notorio en la cuidadosa artesanía verbal que jamás cae en la pirotecnia sensiblera -algo a lo que esta clase de textos son tan proclives- y despliega, a través de imágenes y meditaciones, una proposición existencial que oscila entre el sentido trágico de la vida y una adhesión a persistir pese a las trampas que la salud mental puede ponernos en el trayecto. Unas trampas a las que nadie es inexpugnable.

Esa visible oscuridad. William Styron. Capitán Swing, 2018.

Poemas del manicomio de Mondragón. Leopoldo María Panero. Hiperión, 1987.

Lo que no tiene nombre. Piedad Bonnett. Alfaguara, 2013.

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