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"El genio de la locura", por Jaime Bedoya

Perfil de William M. Gaines, el excéntrico editor de la satírica “Mad”, la revista de la eterna y burlona adolescencia

"El genio de la locura", por Jaime Bedoya

"El genio de la locura", por Jaime Bedoya

Trump, otro de sus inevitables puntos, aquí en trance de una polémica prueba de paternidad pendiente.

No creas nada de lo que leas en estas páginas. No creas en lo que dicen tus profesores, no creas en las baratijas que te dan por juguetes, no creas en la publicidad y nunca jamás creas en los políticos, que son lo falso entre lo falso. En lo único que vale tener fe es en una buena carcajada. Y para eso estaba, sigue estando, “Mad”.

El poder corrosivo de su humor, fuerza amable y justiciera, cumplía la promesa esperada por legiones de afligidos: la venganza de los nerds era posible.

La revista llegaba regularmente a Lima hasta la década de los años 70. Se encontraba en los quioscos de Lima y en la librería ABC del Centro Comercial Todos, al lado del zanjón. Sus páginas eran un deleite para la secreta comunidad de gansos que encontrábamos refugio en la sátira ante un mundo adolescente del cual empezábamos a desconfiar. Todos los pavos confesos tenemos a “Mad” alojada en el corazón con gratitud. En su tinta conocimos las primeras claves del universo.

—Historia de una locura—
Se le reconoce a “Mad” el haber puesto los cimientos de la contracultura no solo gráfica, sino mediática. Era 1952 y por entonces un joven William M. Gaines era el despreocupado heredero de EC Comics, editorial que publicaba historietas plenas de sangre e historias de horror que hacían las delicias de la juventud norteamericana. La más exitosa de ella marcó una estirpe que aún sigue viva: “Cuentos de la cripta”.

El conservadurismo político de la época, una misma sombra proclive al dogma y a la desinformación que ahora se deja notar en el mundo, sentenció entonces que tales cómics eran parte de un andamiaje comunista, cuando no satánico, para corromper las mentes de los jóvenes. Comités del Congreso (oh, fauna atemporal) emprendieron entonces un sesudo análisis del tema, estableciendo un código regulatorio que estrangulaba los cómics. El joven Gaines tuvo una idea para sortear esta censura legal: hagamos una publicación para burlarnos de todas las publicaciones. Así nació “Mad”.

La publicidad, sustento natural de toda publicación, quedó abolida. Gaines decía que no podía recibir dinero de la Pepsi y al mismo tiempo burlarse de la Coca-Cola. Así que mejor se mofaba ad honórem de ambas. El único requisito para trabajar en “Mad” era simple: no madurar.

El segundo número de “Mad” salió el 9 de diciembre de 1952. El 11 de ese mes llegó una carta (hecha por ellos) en la que un lector reclamaba que “el humor de ‘Mad’ ya no tenía el filo de antes”. Recién un año después el retrato de un joven pelirrojo y desdentado empezó a adornar periódicamente la portada. Se trataba de una imagen que tenía más de 100 años. Se le llamaba Romaine y era usado por los dentistas para espantar el miedo a su profesión. “Mad” lo adoptó y lo rebautizó como Alfred E. Neuman. Encarnación del pavo feliz y premio consuelo que decía siempre existe alguien más estúpido que tú.

Si bien en los 60 la publicación ya era reconocida como trinchera cultural irreductible, no tuvieron reparos para burlarse –también– del movimiento hippie, su supuesto aliado. Fue en los 70 que “Mad” tuvo su pico de ventas: la portada en que se burlaban de la película “Poseidón” vendió 2 millones de ejemplares. Y tal como ha declarado Al Jaffee, histórico ilustrador de la revista, son los alumnos graduados de “Mad” quienes ahora escriben los guiones de Colbert, Los Simpsons, Jamie Oliver o “Saturday Night Live”. La respetada y recorrida rockera Patti Smith lo dijo de otra manera:
–Al lado de “Mad”, las drogas estaban en nada.

"El genio de la locura", por Jaime Bedoya

"El genio de la locura", por Jaime Bedoya

Gaines murió en 1992. Aquí una irónica portada de Barack Obama.

—Gaines, genio y figura—
Gaines era físicamente descrito como el Dios de Miguel Ángel y, más terrenalmente, un Papá Noel desempleado. Para el personal de “Mad” era una mezcla de ambos.

Su inteligencia y sentido del humor, tributarios de la cultura judía inmigrante, eran como una locomotora sin frenos.

El insulto cómico era una de sus formas de gratificación. Forjó una amistad sólida con el escritor satírico Dick DeBartolo, un ser completamente chiflado, responsable de las mejores sátiras de películas hechas en “Mad”. Si alguien visitaba las oficinas de DeBartolo, intempestivamente abría la puerta de Gaines y decía al visitante: “Aquí hace frío pues el roñoso despreciable de William Gaines murió hace meses pero lo conservamos como curiosidad”.
Es célebre el siguiente y representativo diálogo entre ambos referido por DeBartolo en su libro “Good Days and Mad”: Gaines entra en la oficina de DeBartolo y le dice:
–¿Estás molesto conmigo? Hace días que no me dices nada malo.
–Te dije una barbaridad esta mañana. Lo que pasa es que estás tan senil y viejo que no te acuerdas.
Gaines se retira entre carcajadas.

—Un bon vivant roñoso—
Gaines siempre gozó de una mala salud de hierro. Obeso, sedentario y flojo, su hedonismo oscilaba entre la enología (en la que sí gastaba dinero) y la comida grasosa (en la que no lo gastaba). Su sueño era comer en todos los restaurantes de tres estrellas en el mundo. Viajar era otro de sus placeres, pero solo toleraba hacerlo de la manera más barata posible. Estaba inscrito en todo programa existente de viajero frecuente. Enviaba a otras personas a hacer millas por él con pasajes comprados a su nombre. Eso suponía un riesgo que nunca se dio: ¿Qué pasaría el día en que hubiera un accidente entre dos aviones y él muriera en ambas naves?

Una vez que un solitario suscriptor de “Mad” en Haití, el único que existía en la isla, decidió no renovar su suscripción, Gaines tuvo una idea: embarcó a toda la redacción en un avión y fueron desde Nueva York hasta Puerto Príncipe a convencer a dicho sujeto de seguir con ellos. Lo hizo. Un vecino sorprendido por la visita decidió suscribirse también, lo que le dio pie a Gaines para decir que la presencia de “Mad” en Haití había aumentado en un 100%.

Para entonces la revista satírica ya había sido absorbida por el conglomerado Time /Warner, aunque Gaines se había dado el gusto de incluir inadvertidamente en el contrato una cláusula que decía: “Yo, William M. Gaines, conservo el derecho a ser irrazonable”.

"El genio de la locura", por Jaime Bedoya

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Último ejemplar de “Mad”, en el que los niños paranormales de “Stranger Things” son víctimas de su humor. Alfred E. Neuman como Eleven.

—“Mad” sigue loca—
Su muerte fue más apacible, en casa, en 1992. El último año ya solo se movía en silla de ruedas, adminículo que lamentaba no haber utilizado desde 30 años atrás.

Al morir, la revista publicó un aviso a página en el “New York Times” con la imagen de Alfred E. Neuman derramando una lágrima. Bajo este se leía la siguiente leyenda:
Continuaremos con las risas, la irreverencia, la travesura y
–claro– también la revista.

En el año 1952 en que salió “Mad”, la revista “Time” la describió como “un pasquín satírico de corta vida”. Casi 50 años después, en el 2001, por presión de Times/Warner, “Mad” tuvo que empezar a aceptar publicidad.

Qué desastre, dijeron algunos. William M. Gaines debe estar dando vueltas en su tumba. Dick DeBartolo, puntal histórico de “Mad”, se encargó de responder:
–Eso es imposible. Gaines fue cremado.

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