Czar Gutiérrez

La ficción nunca es pura. Julio Verne despega un globo hinchado con hidrógeno rumbo al Sahara en busca de afluentes del Nilo, montes auríferos y piedras preciosas desde la misma isla extraviada en el África central donde, 83 años después, un alarido corta el aire: es el jueves 5 de setiembre de 1946 en Zanzíbar, Tanzania, y la señora Jen Bulsara no sabe que el niño que acaba de salir gritando de su vientre es un diamante por tallar. Cuando nace un ser humano extraordinario se activan los mecanismos de la ficción. Se anclan a la realidad. Y empieza a funcionar lo verosímil irreal, el mito.

“He creado un monstruo, el monstruo soy yo”, dirá muchos años después, cuando ya no es Farrokh Bulsara, el del grito, sino , el astro que flota mientras modula su voz. Un superdotado capaz de controlar cada célula vibrátil de su laringe (ver nota vinculada). Su magnetismo no es menos monstruoso: somete a 300 mil almas con tan solo levantar el puño. Claro, como telón de fondo tiene la riqueza de un diseño estético alimentado por las otras tres puntas del diamante –Brian May, John Deacon y Roger Taylor–, especialmente virtuoso al ensamblar los dos edificios sonoros –“Sheer Heart Attack” (1974) y “A Night at the Opera” (1975)– con los que Queen revienta las puertas del rock y aparece en escena entre oropeles. Un flujo continuo de sicodelia, progresivo, heavy, hard, folk, blues y pop desembocando en las amables tonalidades del glam.

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Los arreglos de voz para “Bohemian rapsody” son ocho hojas de partitura con mixturas entre seis y ocho ‘voicings’. La sinfónica de Queen, su moderada belleza, fractura los setenta mostrando el puño de la gracia dignificada.

Pero un día como hoy es más propicio hablar del individuo que del colectivo. Del insólito destino de esa criatura que hace 73 años vio la luz en aquella isla africana donde ancló el matrimonio de Bomi y Jer Bulsara, oriundos de Bulsar, comunidad parsi asentada en el sur de la India, seguidora del profeta iraní Zoroastro –Zarathustra– y del dios Ahura Mazda. Los parsi viven orgullosos de su ascendencia persa, han inventado el sánscrito y un extraño rito funerario: llevan a sus muertos a la Torre del Silencio, atalaya edificada en la cúspide de una montaña donde abandonan los cuerpos para que sean devorados por los buitres. No como carroña, es un rito de purificación. Tierra, agua y aire merecen respeto, no contaminación.

Parsi es Farrokh Bulsara AKA Freddie Mercury por Mercurio, mensajero de los dioses. Parsi es probablemente el mejor cantante de rock de todos los tiempos. Nace en una isla rica en esclavos, marfil, canela, pimienta y nuez moscada. Tan aromática como convulsa. Cuando Freddie tiene 18 años la isla se independiza del protectorado británico, pero no de ella misma: en Zanzíbar hasta ahora la homosexualidad es un delito. Seis años de cárcel para lesbianas, 25 para gays.

“Soy tan gay como narciso”, declara en 1974 a NME. Y se come el mundo con Queen. Lo más cerca que estuvo del Perú fue el 8 de marzo del 1981: hace estallar el estadio de Vélez vestido con la 10 de Maradona. Es Queen y su pirotecnia. La banda bate todos los récords Guinness y su frontman también. Es un depredador de cuidado. Posee una sexualidad, digamos, jubilosa. Al final aceptó haber amado a una sola mujer en su vida –Barbara Valentin, su novia entre 1983 y 1985–, pero su voracidad ya se había transformado en una ruleta rusa que lo condujo a Jim Hutton, su última pareja, en cuyos brazos hubo de morir.

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“No puedes retroceder el reloj / no puedes retroceder la marea / ¿No es eso una pena? / El resto de mi vida ha sido simplemente un show”, canta en “These Are the Days of Our Lives”, octavo track de “Innuendo” (1991) con cuyo videoclip Freddie se despide de este mundo. Lo graba en blanco y negro para disimular los estragos del sida. Termina el show y el maquillaje se diluye. Entre el sudor frío y las contorsiones erupciona nuevamente el herpes labial. Ya sin fuerzas ni para pintarse las uñas de negro, lanza un comunicado a la prensa, recibe a Elton John, come un mango helado de madrugada y abraza a su novio. Es el 24 de noviembre de 1991. Su luz se extingue.

“No voy a ser una estrella, voy a ser una leyenda. Quiero ser el Rudolph Nureyev del rock and roll”, decía. A 73 años de su aparición y 25 de su renacimiento, estamos en condiciones de afirmar que los pronósticos acerca de su propia existencia están más que cumplidos: Freddie Mercury es esa fuerza de la naturaleza que canta con la velocidad de un huracán.

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