Pedro Cateriano Delgado en su natal Arequipa. Foto: Archivo familiar.
Pedro Cateriano Delgado en su natal Arequipa. Foto: Archivo familiar.
Pedro Ortiz Bisso

¿Y usted, qué libro está leyendo? 1991. Eran mis primeros días en El Comercio, y en medio de esas intensas jornadas de aprendizaje y descubrimiento, que se prolongaban hasta casi la medianoche, nadie le había preguntado a ese aprendiz de periodista -curioso, gordito y medio hablador- qué estaba leyendo.

El primero fue don Pedro.

Don Pedro Cateriano Delgado tenía una figura quijotesca, algo encorsetada y elegante, que inspiraba respeto. Desde su pequeña oficina ubicada en el tercer piso del edificio de Lampa y Miró Quesada, manejaba el departamento de Extensión Comunitaria, un área mirada por encima del hombro por el resto de la redacción, pese a que manejaba una de las iniciativas más importantes en la historia del decano: los semilleros.

Miles de niños y adolescentes de todos los distritos de Lima se enfrascaban en ardorosos encuentros de vóleibol y fútbol gracias a los torneos que organizaba El Comercio. En cada fin de semana era posible ver a equipos pertenecientes a clubes exclusivos, bien entrenados,  enfrentando a chicos que habían comprado sus camisetas después de varias colectas o vendiendo caramelos en las esquinas. Sobre una losa de cemento o corriendo en un campo con más tierra que césped, el deporte desaparecía las diferencias. Inspiraba. Entusiasmaba. Y detrás de ese andamiaje estaba el poeta de la generación del 50, el artífice del Premio Copé, el hombre siempre caballeroso y amable a quien, ahogado en el nerviosismo, no supe decirle en ese momento qué estaba leyendo.

Descanse en paz, don Pedro.

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