La necesidad de migrar hacia otros países para encontrar una mejor vida fue, hasta el año pasado, una realidad para el 3,6% de la población mundial: según la , el mundo pasó de tener 84 millones de migrantes internacionales en 1970 a 281 millones. “Somos testigos de una paradoja”, sostiene António Vitorino, director de la OIM, en referencia a cómo la pandemia del confinó a algunos y obligó a otros a dejar sus hogares.

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Esos 281 millones de desplazados tienen rostros: son aquellos que quieren cruzar desde Francia hacia el Reino Unido a través del canal de La Mancha y mueren en el intento; son los miles que huyen del Medio Oriente y África en dirección hacia Polonia, y ponen en jaque a las guardias fronterizas de Bielorrusia que despliegan alambres con púas para repelerlos; o los refugiados que viajan a la isla de Lesbos para tratar de pisar Europa a toda costa. En todos los casos, se encuentran frente al desamparo.

Pero este tipo de migración irregular –término que alude al movimiento de personas que se desplazan al margen de las normas de los países de donde parten, transitan y son acogidos– no solo se desborda en esas latitudes. Para 59 y 14.8 millones de personas, América del Norte y América Latina y el Caribe, respectivamente, representan la esperanza de una mejor vida. Bien lo dice Unicef: “Las violencias extremas, la pobreza y la falta de oportunidades” son algunas de las causas –a las que se suman la violencia común y paramilitar, el narcotráfico y la pandemia del coronavirus– que obligan a que se formen caravanas que desconocen fronteras y que entienden que cualquier lugar es mejor a la propia nación.

Un grupo de migrantes hondureños que hacía parte de la caravana rumbo a EE.UU. llega en un avión de la policía mexicana el miércoles ultimo al aeropuerto Ramón Villeda Morales, cerca de San Pedro Sula (Honduras). (Foto: EFE)
Un grupo de migrantes hondureños que hacía parte de la caravana rumbo a EE.UU. llega en un avión de la policía mexicana el miércoles ultimo al aeropuerto Ramón Villeda Morales, cerca de San Pedro Sula (Honduras). (Foto: EFE) / José Valle

La gran parte de quienes se desplazan en esta parte del mundo ve a Estados Unidos como la salvación –-. La idea no es una novedad, solo que la cantidad de personas que trataron de ingresar al gigante del norte aumentó dramáticamente. En el libro “El espejo negro de Estados Unidos: la migración latinoamericana”, de Alfredo Jalife-Rahme, se esbozan las razones. O, mejor dicho, una única razón. El analista político mexicano a las promesas del presidente estadounidense, Joe Biden, como un posible origen del asunto. “Él prometió cancelar todas las medidas de Donald Trump [terminar con el polémico ‘Quédate en México’, por ejemplo] y se armó un verdadero caos porque muchos centroamericanos lo entendieron como una señal de que EE. UU. estaba abierto a los migrantes”.

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Además del problema comunicacional de Biden y de la misma pandemia, también hay que tener en cuenta las crisis internas que viven los países. Teófilo Altamirano, doctor en antropología y experto en procesos migratorios, recuerda que “hay factores convencionales que se conocen, como la corrupción”. “Pero también tenemos que tener en consideración el impacto del cambio climático en la migración forzada. Los efectos se ven, por citar un caso, en el Corredor Seco centroamericano [que va desde México, pasando por El Salvador, Honduras y Nicaragua, hasta Costa Rica]. Los años de sequía afectan su producción de maíz y café”. La ecuación da como resultado pobreza y la necesidad de huir.

Así se puede explicar las caravanas que parten del triángulo norte centroamericano en dirección hacia Estados Unidos. Según la agencia EFE, durante los primeros diez meses de este año, México contuvo la presión migratoria deteniendo a 228.115 personas y deportando a 82.627, “cifras que no se registraban desde hace quince años”. A ello se le suma que, de un promedio de 40 mil peticiones de refugio, en lo que va del año se presentaron 123 mil.

Y en medio de todo esto, el narcotráfico funciona como un sablazo. EFE anota que Los Zetas y el Cártel del Golfo están presentes para beneficiarse de la desprotección a los migrantes, un negocio que les generaría entre 3 y 5 millones de dólares al año. Hacia el 2012, explica la agencia, se pagaba 3 mil dólares para que los coyotes ayudaran a cruzar la frontera de México a EE.UU.; ahora, al precio se le agregó una suerte de derecho de tránsito que eleva la matrícula a 15 mil dólares.

El riesgo es muy alto porque no basta con pagar, sino que hay que tener suerte. Valdría recordar que, en enero de este año, en México 19 cuerpos calcinados de migrantes que terminaron en medio de las disputas entre el Cártel del Golfo y el Cártel del Noreste.

Cifras sobre los desplazados.
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El camino de los desplazados.
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Las crisis en Venezuela y Haití

Beatriz Padilla, directora del Institute for the Study of Latin American and the Caribbean y miembro del Departamento de Sociología de la University of South Florida, pone la lupa sobre las crisis que viven los venezolanos –producida por el régimen dictatorial de Nicolás Maduro– y los haitianos –cuyo origen se puede rastrear desde el terremoto del 2010 hasta el asesinato, en julio, de su presidente Jovenel Moïse. Se trata, cuenta la especialista, de procesos migratorios muy distintos en lo que respecta a sus resultados.

Por un lado, están los haitianos que, en general, “nunca fueron bienvenidos en ningún lado”. Las condiciones racistas vigentes en Latinoamérica y Estados Unidos, sumadas a sus bajas calificaciones, hicieron que se llevaran la peor parte. Por ejemplo, su destino principal es República Dominicana, pero no se les permite asimilarse a partir de la nacionalidad. Eso no es lo peor: en noviembre, cerca de treinta haitianas embarazadas que se atendían en hospitales de Santo Domingo Este, fueron detenidas y deportadas.

Imagen del 2010 que muestra el desastre que dejó el terremoto en Puerto Príncipe. AFP
Imagen del 2010 que muestra el desastre que dejó el terremoto en Puerto Príncipe. AFP / THONY BELIZAIRE

Primero fueron a Brasil, después a Chile, siendo siempre rechazados. Con el paso del tiempo se empezaron a dirigir más al norte y, ahora, encontramos a muchos de ellos en la frontera norte de México y sur de Estados Unidos. En esos lugares son maltratados y deportados. Es un sinsentido, ¿cómo los van a devolver a Haití si su país no los puede recibir?”.

Mientras tanto, la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos montaba sus caballos para azotar a los haitianos indocumentados que acampaban en la frontera. Hasta la vicepresidenta de EE. UU. Kamala Harris pidió que se les tratara con dignidad cuando las fotografías del abuso se publicaron en setiembre.

El caso venezolano es distinto: los primeros en migrar fueron mano de obra calificada, con estudios universitarios o con profesiones, así que la respuesta latinoamericana no fue uniforme. Además, les ayuda hablar español. “Argentina les da el mismo trato que a los refugiados sirios. Su relación con Brasil no empezó bien, pero ya los están redistribuyendo geográficamente”, dice Padilla.

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Y desde octubre en Colombia, uno de los países que más ha acogido a venezolanos, a 1.2 millones de migrantes se les empezó a permitir la permanencia por diez años, un proceso que ha llevado a que las cifras sobre migración se sinceren (ahora se sabe que hay más de 1.8 millones de personas).

Por supuesto, en algunos lugares se reportó xenofobia. “De repente en el Perú se sintió como una ola migratoria tan fuerte que las personas empezaron a reaccionar mal. Lo mismo pasó en Ecuador o en el Caribe, lugares donde no están acostumbrados a la migración”.

Ejemplos abundan: la semana pasada, el presidente peruano Pedro Castillo intentó y falló al expulsar a 41 venezolanos del país; en setiembre, la marcha xenófoba organizada en Iquique terminó con la quema de carpas y colchones de migrantes venezolanos que dormían en las calles. Este tipo de expresiones dan la razón al Informe sobre las migraciones en el mundo 2020 de la OIM: “La migración es ahora una cuestión política”.

Imagen del 2019 que muestra a una familia bañándose durante un día de descanso de la caravana migrante que se dirige hacia el norte del continente. EFE
Imagen del 2019 que muestra a una familia bañándose durante un día de descanso de la caravana migrante que se dirige hacia el norte del continente. EFE / PIETER TEN HOOPEN / Agencia VU

Otra mirada sobre el asunto

Adriana E. Younes, docente de la U. Nacional de Tucumán y especialista en migración, escribe sobre este asunto:

Son numerosas las causas que llevan al desplazamiento de la población. En el caso venezolano, la crisis responde a la escasez de insumos para el consumo diario, inestabilidad política, violencia social y criminalidad. Ellos migraron hacia Sudamérica (Brasil, Colombia, Perú, Chile y Argentina), así como a Europa y Estados Unidos.

Para el caso centroamericano se pueden identificar las siguientes: la violencia del mercado, violencia patriarcal, reunificación familiar, inestabilidad política, pobreza y desigualdad. Este colectivo de migrantes también es víctima de extorsiones del crimen organizado y de los narcos. Justamente para evitar ser reclutados por estas organizaciones espurias es que abandonan sus lugares de origen.

Resulta pertinente recordar algunos indicadores que dan cuenta de la realidad de la población migrante. Conforme a los datos de la OIM, el 64% de los menores salvadoreños no acompañados deportados en el 2017 pertenecía a hogares rurales; el 51% de los guatemaltecos que recibieron remesas desde el extranjero vivía en zonas rurales; y el 43% de los hondureños que retornaron en el 2015 provenía de localidades rurales.

Resulta interesante observar las caravanas de personas que se dirigen hacia el norte atravesando varios estados. En dicho corredor no solo se integran las poblaciones centroamericanas, sino que se incorporan migrantes haitianos e incluso procedentes de África.

La problemática es compleja y mientras las condiciones sociopolíticas y económicas de los Estados afectados continúen, también perdurarán las condiciones de desigualdad, vulnerabilidad e inestabilidad”.

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