Asesores sí, amigotes no, por Pedro Tenorio
Asesores sí, amigotes no, por Pedro Tenorio
Pedro Tenorio

Analista político

Nadie cree que hablarle a la oreja a un presidente de la República sea una tarea sencilla. Pero ¿de verdad sirven los asesores? Una opinión que es resultado del conocimiento a fondo de cierta materia y una visión estratégica que le dé contexto resultan claves para cualquier tomador de decisiones. Más si se trata de un jefe de Estado. 

La historia, sin embargo, nos ha enseñado que hay asesores y ‘asesores’: le sucedió a Alejandro Toledo cuando designó como un consejero clave de su gobierno a su abogado personal, César Almeyda, quien carecía de una experiencia profesional significativa y cuyo mayor activo consistía en conocer al dedillo los intríngulis legales del mandatario. Almeyda, como se recuerda, terminó preso. Y pese al tiempo transcurrido hoy otro consejero presidencial podría correr esa misma suerte: el médico Carlos Moreno. Y todo porque Pedro Pablo Kuczynski creyó que era una magnífica idea ubicar en una posición importante a uno de sus médicos de cabecera, sin detenerse en los inquietantes antecedentes que ya cargaba consigo el padre del “negociazo”. 

¿Si tenemos ministros, para qué necesitamos asesores? ¿Acaso no habría una cierta duplicidad de funciones?, se preguntan algunos. La respuesta es simple: la existencia de los primeros no anula la efectividad de los segundos. Si los ministros están en el ámbito de la gestión, los asesores presidenciales deberían ubicarse en el plano de la propuesta, del diseño y planteamiento de ciertas políticas que el mandatario desea impulsar personalmente, de ahí que requiera de una oficina de colaboradores dedicada a estas tareas. Son funciones que nunca deben cruzarse y este gobierno ya lo venía sintiendo así cuando Moreno comenzó a inmiscuirse en terrenos de la ministra de Salud, Patricia García, tal como reportó este Diario días antes de que estallara la crisis. Parecida era la situación –aunque sin asidero real– cuando el primer ministro Roberto Dañino, en tiempos de Toledo, sentía que consejeros políticos como Juan de la Puente o Juan Sheput se asomaban más de la cuenta en materias que él sentía exclusivas de la PCM.

Mucha agua ha corrido desde que se inició la transición post-Alberto Fujimori –donde un asesor presidencial, Vladimiro Montesinos, superó todas las barreras y terminó cogobernando con la aquiescencia del mandatario y de su mayoría parlamentaria de entonces, que lo blindaba de todo cuestionamiento–, pero aún nos cuesta determinar los atributos que un consejero de esta envergadura debe reunir, como tener la inteligencia emocional suficiente para influir sin desnaturalizar el carácter ni el perfil político del presidente. Tampoco intrigar ni avasallar a otras autoridades (menos aún, afectar la dignidad de ministros y congresistas). Ser leal sin traicionar la legalidad, pues esta última falta se volvería contra su jefe, afectándolo irremediablemente, tal como hoy le sucede a Kuczynski. Nadie duda de que ese será el papel de Felipe Ortiz de Zevallos y Máximo San Román, dos consejeros de Kuczynski que premunidos de una valiosa hoja de vida tienen cuerda para rato.

Eso sí, lo sucedido impone un mayor celo al gobierno. Incluso, más allá de lo anunciado por el mandatario en su mensaje a la Nación. Por ejemplo, me pregunto qué será de aquellos operadores de prensa que acompañaban a Kuczynski durante la campaña y hoy, oficialmente, brillan por su ausencia. ¿Ya no asesoran más al presidente o a Fernando Zavala? ¿Volvieron a sus consultorías con algunas de las empresas privadas más importantes del país? Sería bueno saberlo y evitar nuevas sorpresas. El presidente tiene la palabra