Unas personas pasean con mascarillas por la ciudad israelí de Bnei Brak, cerca de Tel Aviv, el pasado mes de abril. (Foto: Menahem Kahana/AFP).
Unas personas pasean con mascarillas por la ciudad israelí de Bnei Brak, cerca de Tel Aviv, el pasado mes de abril. (Foto: Menahem Kahana/AFP).
Ruth Margalit

Escritora, columna especial de "The New York Times"

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Cuando impuso una cuarentena por el en marzo, caminaba a casa después de ir al supermercado. Al día siguiente, hablé con mi padre. Nos dimos cuenta de que probablemente pasaría mucho antes de vernos.

El movimiento estaba restringido a 100 metros de la casa. Pegué en nuestro refrigerador un “horario” para mis hijos. Cinco días después lo eliminé, porque cada tarea sin completar se sentía como un fracaso personal.

El 26 de mayo, el primer ministro , ansioso por una victoria luego de sobrevivir , declaró que habíamos aplanado la curva. El gobierno reabrió las escuelas y dejó de imponer el distanciamiento social en los centros comerciales. Estas decisiones imprudentes revirtieron los beneficios del primer cierre.

Los casos comenzaron a aumentar a más de 8.000 por día y las camas de los hospitales se acercaron peligrosamente a su capacidad. Quedó claro que otro cierre era inevitable. El 18 de setiembre, el gobierno impuso una segunda cuarentena.

La confianza que los israelíes tenían en su gobierno se ha evaporado. El sentido de solidaridad nacional ha sido reemplazado por algo que solo puede describirse como una lucha entre todos.

Poco después de que se anunciaran las nuevas restricciones, comencé a escuchar sobre atajos. Unos amigos de la familia reservaron un vuelo a Grecia al día siguiente. La oficina de trabajo compartido en la que alquilo un escritorio permanecerá abierta.

Pronto, se hizo evidente que el virus no se estaba propagando de manera uniforme. Se dividió al país en zonas rojas, amarillas o verdes, dependiendo de sus tasas de contagio.

Pero el plan se convirtió en dinamita política: se descubrió que las ciudades rojas eran abrumadoramente ultraortodoxas o árabes. Netanyahu, para el que los partidos ultraortodoxos son un socio político crucial, se opuso.

El segundo bloqueo estaba programado para coincidir con las fiestas judías. Netanyahu utilizó la decisión final de limitar la oración pública para restringir también las protestas semanales en su contra. Ahora estamos a dos semanas del segundo cierre de Israel, que se ha prorrogado hasta al menos mediados de octubre.

El hecho de que las restricciones sean más dispersas esta vez no las hace más fáciles. A pesar de lo impactante que fue ese primer encierro, el conocimiento de que estábamos todos juntos al menos lo hizo soportable. Ahora, el estado de ánimo es mucho más sombrío.

Israel puede ser el primer país en pasar por dos cuarentenas nacionales, pero, lamentablemente, no será el último. A las personas que viven en otros lugares y que están a punto de experimentar una experiencia similar, les ofrezco un solo pensamiento: si lo van a hacer, háganlo bien.


–Glosado y editado–

© The New York Times