Javier Díaz-Albertini

Hace dos semanas, mi columna trató sobre las denuncias falsas, especialmente aquellas que se originan y transmiten en las redes sociales. Me gustaría compartir con ustedes algunas reflexiones más sobre la propagación de información imprecisa e inventada.

En la mayoría de nuestros intercambios sociales actuamos sin verificar la veracidad de la información proveída por otros. No cuestionamos la cantidad de gasolina vertida en un grifo, el peso de la carne molida empaquetada en el supermercado o el medicamento recetado por el médico. Verificar cada detalle y cuestionar la veracidad de nuestras múltiples fuentes de información sería un ejercicio agobiante. Solo entramos en duda en tiempos de gran incertidumbre, desconfianza o ambigüedades (guerras, desastres naturales, crisis políticas o personales).

Justo en situaciones ambiguas es que el , la noticia falsa y las teorías conspirativas cobran especial importancia. Como bien señalaba Tamotsu Shibutani (1966), en su estudio clásico, el rumor no es una forma “inferior” de comunicación, ya que –como señalábamos– todos los días actuamos sobre la base de información no verificada. Es más bien un tipo especial caracterizado por contener información imprecisa, exagerada o falsa, pero que florece en entornos inciertos o encrespados.

Tomemos como ejemplo lo sucedido durante la primera ola de la pandemia. Entre autoridades que ocultaban datos, una ciencia sin respuestas precisas, la ausencia de vacunas y una espiral creciente de fallecimientos, el rumor y las ‘fake news’ se convirtieron en fuentes importantes de información porque llenaban un vacío. Y ahí otra característica esencial de este tipo de comunicación: su forma principal de propagación son las redes informales. Es decir, se nutre de las fallas y ausencias de los medios institucionalizados, justo aquellos que están sujetos a ciertos parámetros legales y éticos.

Los tiempos ambiguos en crispadas (irritadas, exasperadas) generan ansiedades que son el caldo de cultivo para el surgimiento y propagación de información falsa o exagerada (Zhonggen Sun et al, 2020). Abren la puerta, además, a rumores creados deliberadamente para dañar a otros. Diversos estudios indican que, detrás de las falsas denuncias, hay cuatro motivaciones: la venganza como represalia; la coartada, acusando al otro para así ocultar una falta propia; la victimización para generar simpatía y apoyo; y el remordimiento por una acción antes consensuada, pero ahora reconsiderada como reprochable.

¿Por qué resulta tan difícil combatir estas mentiras? Bueno, no hay una sola respuesta, pero sí podemos plantear, por ahora, una primera hipótesis.

Los seres humanos generamos nuestra visión del mundo sobre la base de una “racionalidad localizada”. Es decir, depende de nuestro entorno (clase, género, educación, ideología) y de las redes comunicativas en las que participamos. Si el rumor encaja bien dentro de este sistema, es legitimado sin mayor cuestionamiento. Aplicando lo que indicaba Raymond Boudon en el caso de las ideologías, el problema principal no es que existan rumores, sino el hecho de que las personas crean tanto en ellos. Una vez que es aceptado, resulta muy difícil desterrarlo de las creencias del grupo que lo acoge. Y justo este hecho es aprovechado por personas inescrupulosas para respaldar sus intereses o agendas.

¿Cómo romper este cerco y lograr que impere lo veraz? Primero, al respecto, todos tenemos una gran responsabilidad personal. La pandemia nos enseñó que la forma más efectiva de evitar la propagación del virus era la acción individual (mascarilla, distanciamiento, higiene). De igual manera ocurre con rumores falsos. Si queremos que no sean virales, dejemos de propagarlos. El estudio de Sun antes citado señala que las personas que menos difunden rumores son las más conscientes del daño que producen. Tenemos, entonces, una tarea pendiente de concientización ciudadana.

Segundo, los colectivos también tienen una enorme responsabilidad. Llama la atención que muchos que han sufrido las “cacerías de brujas” sean los primeros –conscientes o no– en también realizarlas. Cuando cumplen su indispensable labor de apoyo a los/las que tradicionalmente son víctimas de la indefensión, deben hacerlo utilizando la mente y el corazón, pero no el hígado. La convicción por una causa justa debe ser una mezcla de pasión con responsabilidad, evitando a toda costa “efectos colaterales” que normalmente se traducen en enormes perjuicios para los inocentes.

Javier Díaz-Albertini es sociólogo y profesor de la Universidad de Lima

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