Alonso Cueto

La intimidad puede ser considerada una de las bajas de nuestra época. Su verdugo es el escándalo, alimentado por el morbo. Nuestra cultura guarda una pulsión destructiva que busca la muerte de los demás a través de la exhibición de sus vergüenzas. Nos interesa conocer la vida privada, sobre todo de los famosos y ricos. Es un modo de vengarnos de ellos.

El es una rutina, una costumbre, una necesidad de los adictos. Pasa de un caso a otro. Infidelidades, trampas, traiciones, declaraciones. Enterarnos de la vida íntima de los otros es un modo de establecer una superioridad sobre ellos. Algunos periodistas son nuestros sicarios.

Y todo es consecuencia de la destrucción de la intimidad. Hoy se ofertan y venden bodas, divorcios y partos. En el 2008, la actriz Jessica Alba le vendió a una revista estadounidense la foto exclusiva de su hijo recién nacido. Recibió un millón y medio de dólares. Pero se quedó corta. Ese mismo año, Jennifer Lopez vendió las fotos de sus futuros bebes por seis millones. Los niños no habían nacido y sus imágenes ya habían sido subastadas después de una oferta entre diversas revistas.

Hoy en día los escándalos son involuntarios. La separación de Gerard Piqué y Shakira se debe a las aventuras del futbolista con una azafata de 20 años (otros dicen que la intrusa es la madre de un jugador del FC Barcelona). El juicio de hace unas semanas entre Johnny Depp y Amber Heard está salpicado de las historias de su convivencia. En el ámbito local, desfilan actores y actrices en la cadena de escándalos. De todos, parece ser que el escándalo del sexo es el más solicitado, pues es la expresión del lado oculto. Es el más castigado. Kevin Spacey, por ejemplo, va a volver a hacer una película después de años de ostracismo.

Los escándalos políticos no van a la zaga. Este Gobierno es pródigo en escándalos provocados por sus miembros y esperamos con ansias que aparezcan nuevos colaboradores. Pero ya parece haberlos normalizado. Hay otros escándalos políticos como el del primer ministro británico, Boris Johnson, y sus fiestas en Downing Street, donde aparece brindando en plena pandemia. Más radical fue el ex primer ministro italiano Silvio Berlusconi, cuya amiga marroquí Ruby fue parte del escándalo con una agravante: Berlusconi, acusado de celebrar orgías en su casa en Milán, por lo visto se había enamorado de ella. Qué tal tipo.

En el Perú, las cadenas de escándalos a lo largo de los años han ocupado diferentes nombres: el crimen de Segisfredo Luza, la muerte de Luis Banchero, por mencionar solo algunos.

La palabra ‘escándalo’ viene del griego, y originalmente servía para nombrar una trampa para cazar animales. Luego, su significado se convirtió en sinónimo de aquellas fuerzas que nos alejan de Dios. En el Viejo Testamento estaba ligada al desenfreno. Hoy, los medios de comunicación de todo el mundo se alimentan del desenfreno privado vuelto público, sobre todo en aquellos que mostraban una apariencia de personas honorables. Cada escándalo, sin embargo, tiene una vida corta. Solo debe esperar a ser sustituido por otro para ser relegado. Pero hay algunos que liquidan vidas y proyectos para siempre.

No siempre fue así. Aún en los años 60, los periodistas se inhibían ante algunas informaciones privadas. En Estados Unidos, por ejemplo, las infidelidades del presidente John Kennedy o la relación entre el presidente Franklin Roosevelt y su secretaria –por no hablar de la relación de la primera dama Eleanor Roosevelt con otra mujer– no se tocaban. Solo se supo de esos escándalos un tiempo después. Pero esos tiempos de la vida privada no volverán. Cada escándalo solo alimentará nuestra sed por uno nuevo. ¿Algún día nos cansaremos?

Alonso Cueto es escritor

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