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Caminos cruzados, por Alfredo Torres

“Ahora que Vargas Llosa vuelve al Perú y encuentra a Alberto Fujimori y Keiko Fujimori en prisión debe pensar que no se equivocó”.

Alfredo Torres Analista político

Caminos Cruzados

"Vargas Llosa ha ido trascendiendo sus éxitos en la literatura para convertirse, según una encuesta de Ipsos-El Comercio, en el pensador más importante en la historia del Perú". (Ilustración: Giovanni Tazza)

Esta semana llega al Perú Mario Vargas Llosa. Será el invitado estelar del Hay Festival, el encuentro de arte y literatura que se desarrollará en Arequipa, su ciudad natal. Vale la pena aprovechar su visita para hacer un ejercicio de ucronía, ese género literario que algunos llaman novela histórica alternativa: ¿qué habría pasado si en 1990 Vargas Llosa hubiese sido elegido presidente de la República?

Como se sabe, Vargas Llosa, que había ingresado en política para hacer frente a la estatización de la banca del entonces joven presidente Alan García, fue derrotado en 1990 por el ‘outsider’ Alberto Fujimori. Factor clave para el triunfo fue la campaña que organizó el líder del partido aprista en contra del shock económico que proponía Vargas Llosa. Lo cierto es que Fujimori liquidó la hiperinflación de García con un shock a lo Vargas Llosa; y, luego, capturó al líder terrorista Abimael Guzmán, lo que le generó el reconocimiento ciudadano.

En la versión ucrónica, Vargas Llosa hubiese obtenido los mismos resultados que Fujimori en liquidar la hiperinflación y reactivar la economía –Fujimori no hizo sino aplicar el programa que proponía Vargas Llosa–, así como en capturar al líder de Sendero Luminoso, ya que esto no fue mérito del presidente Fujimori sino un logro del GEIN, el grupo especial de inteligencia de la Policía Nacional creado por Alan García. Si Fujimori no hubiese ganado las elecciones, no hubiese existido el grupo Colina ni habría podido ser condenado por sus crímenes, ni tampoco habría surgido Keiko como heredera política. Hoy la familia Fujimori debe pensar que esa historia alternativa habría sido más grata.

La vida de García, Vargas Llosa y los Fujimori se ha entrecruzado muchas veces en las últimas décadas. En el 2001, luego de que Fujimori se refugiase en Tokio, García regresa de París para ser candidato y Vargas Llosa de Madrid para apoyar a Alejandro Toledo, quien finalmente derrota a García. En el 2005, Fujimori regresa de Tokio con miras a ser candidato el 2006 y es detenido en Santiago de Chile. Finalmente, García vuelve a la presidencia, con apoyo de Vargas Llosa, al vencer a Ollanta Humala, Fujimori es condenado a 25 años de cárcel y Vargas Llosa recibe el premio Nobel de Literatura en el 2010.

En el 2011, Keiko Fujimori toma la posta que le deja el padre y es derrotada por Humala, quien gana las elecciones luego de jurar ante Vargas Llosa respetar la democracia y luchar contra la corrupción. Tal como ocurrió con Toledo, Vargas Llosa influye en la selección de algunos de los más destacados ministros de Humala. En el 2016, Keiko vuelve a ser derrotada, esta vez por Pedro Pablo Kuczynski. Vargas Llosa apoya a PPK, pero se aleja de él en cuanto este indulta a Alberto Fujimori. García, en cambio, se inclina por Keiko en la segunda vuelta y su apoyo se transforma en alianza parlamentaria.

Ahora que Vargas Llosa vuelve al Perú y encuentra a Alberto y Keiko Fujimori en prisión debe pensar que no se equivocó al combatir al padre en los noventa y a la hija en la última década, pero haría mal en no reconocer que Toledo, Humala y Kuczynski fueron también una tremenda decepción. Odebrecht ha informado que Keiko, Humala y PPK –como también García– recibieron dinero indebido para sus campañas electorales, directamente o a través de sus allegados. Y lo que es mucho más grave, que, ya siendo presidentes, Toledo habría recibido una coima millonaria de Odebrecht y otra de Camargo Correa por la carretera Interoceánica y Humala una de OAS por obras en el Cusco y otra de Odebrecht, posiblemente por el gasoducto del Sur. Si Vargas Llosa cae en la tentación de comentar sobre política interna, debería evaluar seriamente con quiénes ser magnánimo y con quiénes ser más duro.

De lo que no debe dudar Vargas Llosa es que su gran contendor sigue siendo, como hace tres décadas, Alan García. No solo por su potencia intelectual sino porque, desafortunadamente, no ha dejado las malas artes de las que siempre fue un eximio ejecutor. Esta semana, por ejemplo, orquestó desde su exilio en Madrid un alevoso psicosocial, según el cual el presidente Martín Vizcarra sería el responsable del encarcelamiento de Keiko y estaría a punto de hacer un golpe de Estado (¡!).

Algunos creen que García lanza esos ataques para ocupar el espacio que deja la debacle de Keiko. Otros piensan que lo motiva el temor al proceso judicial que se le avecina. Lo que sí es una certeza es que, a pesar de los logros de su segundo gobierno, la gran mayoría tiene hoy una opinión negativa de él.

En cambio, la imagen de Vargas Llosa ha ido trascendiendo sus éxitos en la literatura para convertirse, según una encuesta de Ipsos-El Comercio, en el pensador más importante en la historia del Perú, por encima de José Carlos Mariátegui y Víctor Raúl Haya de la Torre. Ojalá su próxima visita sea una oportunidad para que los peruanos escuchen las ideas de nuestro gran intelectual liberal en un mundo acosado por el populismo y no solo sus siempre controvertidos juicios políticos.

*El autor es presidente ejecutivo de Ipsos Perú

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