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El populismo se avecina, por Fernando Rospigliosi

“En realidad [Martín Vizcarra] es, en mi opinión, un político sin convicciones que ha aprovechado las circunstancias para elevar su popularidad y fortalecer su precaria situación”.

Fernando Rospigliosi Analista político

Martín Vizcarra

Vizcarra no ha hecho realmente nada importante en la lucha contra la corrupción”. (Foto: Presidencia).

Presidencia de la República

Después del excelente resultado que le dio su demagógica propuesta de realizar un referéndum para prohibir la reelección de los congresistas –subió entre 10 y 15 puntos en las encuestas–, el presidente Martín Vizcarra ha continuado en esa línea.

La enorme legión de admiradores que ha ganado en el último tiempo, básicamente los antifujimoristas transformados en antikeikistas, lo consideran ahora un destacado líder que quiere transformar al país reformando las instituciones y luchando contra la corrupción. En realidad es, en mi opinión, un político sin convicciones que ha aprovechado las circunstancias para elevar su popularidad y fortalecer su precaria situación a costa de vapulear a la desacreditada clase política y a las ruinosas instituciones.

Algo parecido a lo que hizo Alberto Fujimori a principios de la década de 1990, cuando arremetió contra el Congreso, los políticos tradicionales y los partidos y, en general, contra las instituciones. También llamó “chacales” a los jueces, como ha recordado Javier de Belaunde. (El Comercio, “La no reelección me parece un desafío innecesario al Congreso”, 30/7/18). Cuando clausuró el Parlamento tuvo un 80% o más de respaldo, según las encuestas de la época.
El resultado fue, como se sabe, instituciones más débiles y más corruptas, manipuladas desde el poder.

En su momento Fujimori fue apoyado irresponsablemente por aquellos que se guiaban por el odio a Mario Vargas Llosa y los partidos que lo acompañaron. No les importó que fuera claramente un antiinstitucionalista que aprovechó oportunistamente el rechazo de la población a los políticos y las instituciones para afianzar su poder.

Hoy día la mayoría de los que respaldan a Vizcarra lo hacen movidos por su animadversión al keikismo. Y, como ocurrió hace casi tres décadas con Alberto Fujimori, les importa muy poco las consecuencias de las decisiones del presidente, con tal de que ayuden a aplastar al languideciente keikismo.

Es impresionante cómo el apasionamiento ciega a los antikeikistas. Por ejemplo, el propio Vizcarra ha admitido que mintió sobre las reuniones con Keiko Fujimori. Y es muy probable que también miente cuando niega que se juntó con dirigentes fujimoristas cuando todavía era vicepresidente. Y, como ha anotado Fernando Vivas, deja muy serias interrogantes sobre su relación con Antonio Camayo: “¡Ay, Vizcarra, cuántas dudas nos abre! […] En primer lugar, le hago una pregunta que se cae de madura: ¿Tiene algún grado de amistad, ha visitado su casa o conoce a Antonio Camayo?”. (El Comercio, 29/8/18). Sin embargo, el coro antikeikista no solo no se hace esas preguntas sino que las niega u oculta deliberadamente.

Y exaltan las frases huecas de Vizcarra como si fueran profundos pensamientos de un prócer: “No me doblegarán”.

En realidad, Vizcarra no ha hecho realmente nada importante en la lucha contra la corrupción –que el Caso Lava Jato había puesto como prioridad cuando asumió la presidencia–, no ha fortalecido la procuraduría del Ministerio de Justicia, ni tomado ninguna medida importante para limpiar el Estado plagado de corrupción. Fue una buena decisión nombrar a la comisión presidida por Allan Wagner, pero el mismo presidente se ha encargado de desviar la atención de lo más urgente, la reforma del sistema de justicia, con su mamarrachenta propuesta de reforma política.

Es verdad que el keikismo se ha ganado a pulso su descrédito y el mayoritario rechazo que suscita hoy en la población, al igual que las instituciones del podrido sistema judicial, el Congreso, el Poder Ejecutivo –pésimamente calificado, salvo Vizcarra ahora último–, la policía, la clase política plagada de corruptos y aprovechadores, etc. Todo eso configura una peligrosísima situación que hoy está siendo utilizada por el presidente, pero que dentro de poco puede ser el escenario adecuado para un auténtico caudillo populista que cautive a las masas y arrase con lo que queda de la precaria democracia.

No hay que olvidar tampoco que estamos en un mundo donde el populismo avanza arrolladoramente. El profesor de Harvard Yascha Mounk, autor del libro “El pueblo contra la democracia”, advierte: “Los ciudadanos llevan mucho tiempo desilusionados con la política; ahora, se han vuelto impacientes, enojados, incluso desdeñosos. Los sistemas de partidos parecen haberse congelado durante mucho tiempo; ahora, los populistas autoritarios están en aumento en todo el mundo, desde América hasta Europa y desde Asia hasta Australia. A los votantes siempre les han desagradado partidos particulares, políticos o gobiernos; ahora, muchos de ellos se han hartado de la democracia liberal”. (“The Guardian”, 4/3/18).

El premio Nobel de Economía Paul Krugman dice que la democracia más antigua y sólida del mundo, la de EE.UU., está muy cerca de derrumbarse ante los embates del populismo. (“Democracia en riesgo”, “Gestión”, 29/8/18).

En este contexto, el suicida enfrentamiento entre el Gobierno y el Congreso, alentado entusiastamente por las barras bravas, abona el terreno para el surgimiento de un caudillo populista.

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