Editorial: Los cazaprecios
Editorial: Los cazaprecios

En Argentina el Poder Ejecutivo ha enviado al Senado un paquete de medidas para ampliar los poderes que el gobierno tiene para hacer efectivos los controles de precios que está imponiendo en cada vez más sectores de su economía. El Estado podrá incluso intervenir en los procesos económicos de cualquier empresa para fijar márgenes de utilidad y volúmenes de producción. Y podrá incautar, consignar y vender los bienes y servicios que esta tenga sin necesidad de juicio de expropiación. 

Mientras tanto, ante la cada vez más extrema escasez que hay en los supermercados de Venezuela – donde también rige un severo control de precios estatal– el gobierno ha anunciado la imposición de sistemas de captahuellas en los centros de venta de alimentos para asegurarse de que nadie pueda comprar más de lo que permite la cuota establecida para cada individuo. Al mismo tiempo, ha hecho saber que confiscará el boyante contrabando y hará nuevos ajustes en el sistema nacional de precios.

La lucha de ambos gobiernos por volverse los dueños del sistema de precios – y, a través de él, de la economía– tiene mucho de caricatura.  Lo que están haciendo es el equivalente a impedir que pase el tiempo, amarrando las agujas del reloj en un punto fijo para que no se muevan más.  Después de todo, exactamente igual que las manijas de reloj, los precios sirven solo para marcar algo que sucede con independencia de ellos: en el caso del reloj, el paso del tiempo; y en el de los precios, las variaciones en la relación entre la cantidad que se ofrece y la cantidad que se demanda del mismo (cuando hay más demanda que oferta de un bien, los precios suben; cuando sucede lo contrario, bajan). Tanto en uno como en otro caso, la rotura del mecanismo de medición no impedirá que se siga moviendo eso que sirve para marcar. 

Sin embargo, lo que sí puede suceder cuando dejan de funcionar estos mecanismos de medición es que –ahora que no tienen medidores acertados sobre la realidad– las personas tomen decisiones equivocadas. Si uno cree que siguen siendo las tres de la tarde porque el reloj que el gobierno ha amarrado así lo dice, pues lo más probable es que no llegue a la cita que tenía a las cuatro. De la misma forma, si los productores de plátanos no ven que los precios de estos suben, no tienen forma de saber que hay más demanda y, por lo tanto, espacio para que puedan producir más plátanos y seguir ganando dinero. Así es como los controles de precios – que, en tanto que medidas populistas, siempre buscan colocar los precios más abajo de lo que de otra forma estarían– invariablemente acaban en la escasez.

Ahora bien, como no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo, más temprano que tarde las personas descubren la verdad atrás de los medidores falseados y, simplemente, dejan de hacer caso al reloj de las agujas amarradas. De esta manera es como los controles de precios generan también, al lado de la escasez en los mercados controlados por el Estado, enormes mercados negros y grandes negocios de contrabando, donde los precios sí se forman según el juego de la oferta y la demanda (si se quiere, donde la gente calcula sus citas mirando dónde está el sol y no las manecillas del reloj amarrado). Aunque, por supuesto, el precio que la oferta y la demanda da al mercado negro recibe un aumento que es el costo de su ilegalidad.

Desde luego, el gobierno puede intentar también combatir estos mercados – de eso tratan en gran parte las nuevas medidas argentinas y venezolanas– y obligar a la gente a actuar solo según sus precios oficiales. Pero esto tiene el inconveniente, por un lado, de lo difícil que resulta de hacer en la práctica y, por el otro, de que cuánto más éxito se tenga en el esfuerzo, más escasez se tendrá en el país y más necesaria, por tanto, será esa versión electrónica de la cartilla de racionamiento cubana que, bajo la forma de captahuellas, está por instalarse en los supermercados de Venezuela.