Mario Ghibellini

La intervención de la policía en la casa del ex ministro de Transportes y Comunicaciones, Juan Silva, y las operaciones desplegadas en Puente Piedra, Carabayllo y Ancón para dar con él, trajeron este jueves recuerdos de una época remota. Concretamente, de los días en que Fujimori hacía el teatro de estar buscando a Montesinos tras la divulgación del video en el que se lo veía sobornando al entonces congresista de Perú Posible Alberto Kouri para que se pasara al oficialismo.

El ingeniero, en efecto, abandonó en aquella oportunidad sus tareas en Palacio para encabezar él mismo una presunta cacería del pérfido asesor por cielo y tierra. Como se sabe, sin embargo, el ‘Doc’ escapó por mar…

El show, en realidad, fue un esfuerzo bastante torpe del expresidente por dar la imagen de que los enjuagues de Montesinos nada tenían que ver con él y hasta lo habían sorprendido. Pero nadie se tragó el cuento y al final, con el pretexto de asistir a una cumbre de la APEC en Brunei, Fujimori terminó organizando su propia huida.

El ministro , no obstante, parece creer que esta vez una adaptación apurada de aquella mojiganga podría dar resultado.


–Sabueso constipado–

Al titular del , como se sabe, Silva se le escurrió a principios de esta semana, a pesar de que el Ministerio Público había solicitado el 27 de mayo que fuera sometido a videovigilancia por parte de la policía y el Poder Judicial había dictado contra él una orden de detención preliminar el 4 de junio. Cuestionado unánimemente por la forma –por demás sospechosa– en que el sector a su cargo había dejado de cumplir con sus deberes, Senmache trató este martes de zafar el bulto afirmando: “no soy el que va a permanecer en la puerta de un domicilio esperando si sale o no sale una persona”. Y por supuesto, ante semejante exhibición de desvergüenza, le cayó la quincha.

Todos los dedos, efectivamente, apuntaron de inmediato hacia él como el responsable político de clamorosa omisión de funciones de los uniformados y la comisión de Fiscalización del Congreso lo citó para el viernes, a manera de antesala de lo que con toda probabilidad será una interpelación de final previsible.

Es en ese contexto que el ministro hizo la finta de convertirse repentinamente en un sabueso que estaba tras las huellas del evadido y también de las del culpable de la negligencia policial. Las acciones relámpago ejecutadas tres días después de la fuga son muestra de lo primero. Y su afirmación de que el jefe de la Policía ha dispuesto una investigación para averiguar si hubo alguna desidia que favoreció el desvanecimiento de Silva, de lo segundo.

Las fintas, sin embargo, duran poco por definición. Por congestionado que esté su sentido del olfato, tarde o temprano nuestro sabueso tendrá que enfrentar el hecho de que las huellas que simula seguir dibujan un bonito círculo que acaba debajo de sus propios zapatos y asumir las consecuencias de su hallazgo.

Si bien su respuesta a la pregunta por la posibilidad de que renuncie al cargo ha sido hasta ahora “no lo he pensado”, el titular del Interior sabe que la impresión generalizada sobre su actuación en este asunto tendrá pronto efectos devastadores sobre él. El razonamiento es simple: por motivos obvios, el principal interesado en que el exministro de Transportes no aparezca es el presidente Castillo y las persistentes visitas a Palacio de Senmache y diversos mandos policiales en los días en los que el requisitoriado se hizo humo sugieren una denodada voluntad por tratar, digamos, al maestro con cariño.

El que menos, pues, imagina al constipado sabueso que nos ocupa cubriéndose los ojos y contando hasta cien mil –número de mágicas resonancias–, mientras Silva corría a esconderse a fin de poder salvarse… y salvar también a todos sus compañeros. Aunque quizás en este caso correspondería hablar más bien de cómplices.

El destino de Senmache, insistimos, nos parece inexorable, ya sea porque el Congreso termine censurándolo o porque el jefe de Estado, en un desesperado afán por alejar de sí todo este turbio episodio, decida agradecerle por los servicios prestados antes de lo previsto. Pero antes de que le toque despedirse del fajín sin mucha ceremonia, queremos rescatar aquí dos de sus intervenciones ante la comisión de Fiscalización que, sin duda, merecen desde ya figurar en cualquier antología del morro que este gobierno se ha gastado desde su instalación.


–La venia del tercero–

“Si el Ministerio Público ya tenía todas las evidencias antes del 26, en lugar de solicitar videovigilancia, por qué no solicitó allanamiento y captura”, aseveró primero el todavía titular del Interior, redondeando una perfecta negación de esa máxima que sostiene que “el que no puede lo menos no puede lo más”. Porque, vamos, si no fueron capaces de vigilar a Silva, ¿cómo podrían haberlo capturado?

Y luego, ya en pleno éxtasis, sostuvo también que no es fácil impedir que una persona se escape de la justicia, sobre todo cuando puede recibir “ayuda de terceros”. Una observación que, en señal de modestia, tendría que haber rematado con una venia antes de retirarse.

Mario Ghibellini Periodista

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