La toma de Dina

El verdadero campo de batalla se encuentra en algún punto de la oscilante mente de la señora Boluarte.

    Mario Ghibellini
    Por

    Periodista

    Con la llamada “toma de Lima”, los titiriteros de las jornadas violentas han hecho la más ambiciosa de sus apuestas. El nombre es grandilocuente y se gasta. Y el despliegue de recursos, difícil de reeditar. Si, como todo parece sugerir, Lima no llega a ser tomada en esta ocasión, la próxima vez que echen mano de terminología tan apocalíptica, los auspiciadores de la turbulencia se toparán con una cierta incredulidad ciudadana. Por otro lado, traer a toda esa gente hasta la capital no es un esfuerzo que pueda repetirse todos los fines de semana. Sobre todo, si, aparte de asegurarle alojamiento y comida, hay que persuadirla de cometer actos ilícitos a riesgo de su salud y su libertad. No por gusto los empeñados en la caída del gobierno constitucional sincronizaron la asonada limeña con el intento de tomar tres aeropuertos en el interior del país y con una escalada en los bloqueos de carreteras por todo el territorio nacional. Doblegar a las fuerzas del orden estaba ciertamente fuera de sus expectativas, pero atarantar a quien sostiene las riendas del Estado para forzar una capitulación, aparentemente no. Y es con respecto a ese objetivo que debemos medir el éxito o fracaso de su arremetida.

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