Jaime Bedoya

Ante la inmundicia de azuzar a la violencia para camuflar la inmoralidad, la música es siempre un refugio sólido. Se muere mientras el país arde y brota la inútil necesidad de agradecerle algo impreciso, aunque cierto.

Mi primer amor platónico fue un ave de corral. Llegó a mis manos en un cumpleaños infantil, cuando como sorpresa se regalaba un pollito vivo. La insidiosa corrección social de hoy en día condenaría esa costumbre, y al pollo tal vez habría que llamarle polle. Pero en esos días regresar a casa con una blandura amarilla con sentimientos oscilantes entre la confianza y el pavor era trascendente. No era un juguete. Era vida.

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El pollo resultó siendo gallina. Jugaba y dormía contigo. Comía quinua de mi mano cuando este grano aún no era exquisitez gourmet. Le dije en secreto que me casaría con ella.

Pasábamos tardes románticas, castas y puras. La música de fondo era un disco de mis hermanas que sonaba oportunamente sentimental. Era el larga duración . La portada del disco era el retrato ensoñador de la joven australiana Olivia Newton John. Imaginaba que si la gallina tuviera cara sería esa.

La canción homónima que daba nombre al disco era un reclamo desesperadamente amable por solicitar dulzura. ¿Alguna vez has intentado serlo?, preguntaba Olivia suavemente. El pollo escuchaba con los ojos desorbitados, que es como miran lo que no entienden.

Un día el ave desapareció. Dado el tamaño que había adquirido, propio de un recetario, nada se dijo cuando un suculento pollo al horno se presentó majestuoso sobre la mesa familiar.

Olivia y su música salieron del radar hasta pocos años después, 1978, llamado con verdad tautológica Año de la Austeridad Nacional. En el mismo mes en que Argentina nos clavaba el en el mundial, se estrenaba Grease en los cines. Decenas de pollos a la brasa ingeridos habían dejado atrás el recuerdo de la mascota. Era la edad en que se empezaban a apreciar las formas, sonidos y olores de las niñas. El abismo que había que atravesar para llegar a ellas era sacarlas a bailar. Y ahí volvía a cantar Olivia Newton John.

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La cúspide de esa aventura era bailar pegado, al son de ese bolero anglosajón que era . Algún degenerado había inventado un fluorescente que hacía translúcidos los sostenes bajo la ropa blanca, con lo que se veían las tiritas que uno tímidamente rozaba en esa espalda ajena e inmaculada. No era malicia. Era vida.

La indeleble huella musical de Olivia Newton John ya estaba escrita. Tuvo otros chispazos interceptados por la adultez y sus pesares, como ese temón sugerente que es . Un himno sobre el destino que es lo único salvable de un desastre cinematográfico que se llamó Xanadú. John Lennon dijo que esa canción le agradaba.

Un filósofo pesimista decretó que la vida sin música sería un error. La simultánea pesadumbre y gratitud que han generado las partidas de Olivia Newton John -y de Diego Bertie- confirman el dicho. A Bertie, un actor notable y versátil, le bastó una canción y media para crear un que se atesora y que acompaña.

Pero no cualquiera puede hacer música, tal como lo demuestran Aníbal Torres o María del Carmen Alva cada vez que abren la boca. Requiere una disposición especial del espíritu. En su canción, Olivia reclamaba en la palabra mellow ser sosegado y apacible. Atributos blandos que suelen ser vistos como debilidades hasta que desaparecen quienes los ostentan, y entonces, cuando la miseria nos rodea -tarde- provoca agradecerles el haber existido. Es lo que sucede con Olivia y Diego.

Para otros, vacancia, cárcel u olvido, según corresponda.


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