"Diego no solo era un rostro emblemático de su generación, sino un artista que irradiaba energía en un país que aún atravesaba su época más difícil".
"Diego no solo era un rostro emblemático de su generación, sino un artista que irradiaba energía en un país que aún atravesaba su época más difícil".
Renato Cisneros

1 A inicios de los 90, en esos tiempos sin cable ni Internet, era imposible no ver Natacha en canal 5, de lunes a viernes, a las nueve de la noche, en el televisor a colores de la casa. Era la última actividad familiar antes de irnos a dormir. La telenovela hacía 40 puntos de raiting, en promedio.

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Yo no había visto la versión original de 1970 y desconocía las evoluciones de la trama, así que –sin ningún sentido del conflicto obligatorio en toda narración dramática, y quizá extrapolando a la pantalla algún frustrado romance escolar– deseaba vivamente que la rubia Maricarmen Regueiro se quedara con Diego Bertie, que hacía de noble repartidor de víveres, antes que con el espeso bigotón de Paul Martin, que encarnaba al caprichoso Raulito Pereyra. Al día siguiente, en el patio de secundaria, todos comentaban las incidencias del capítulo de la noche anterior. Durante 200 noches y 200 días, Natacha nos mantuvo unidos de una manera que estaba a punto de desaparecer.

2 Qué mala idea, pensé, al ver la cara boquiabierta de mi enamorada cuando Diego Bertie apareció semidesnudo en el escenario del Centro Cultural PUCP, en 1994. La había invitado a ver La vida es sueño para dármelas de intelectual, y ahora la tenía embelesada admirando los pectorales del actor.

Tosí varias veces, pero ella no captó mis indirectas. Allí donde todos los demás veíamos a Segismundo, el príncipe heredero del trono de Polonia, encerrado en una torre, ella veía al galán de las novelas.

Cerca del final, sin embargo, la vi de reojo llorando, verdaderamente persuadida por la ficción. En las semanas siguientes nos divertimos aprendiendo de memoria el monólogo de Segismundo (¡ay, mísero de mí, ay infelice!), y volvimos al teatro a ver a Diego en Bodas de sangre y lo aplaudimos de pie en Edipo rey. Un buen día ella llamó por teléfono para romper conmigo y se acabó el amor y se acabó el teatro. El monólogo de Segismundo nunca me salió mejor.

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3 A mediados de los 80, Diego Bertie ingresó al grupo Imágenes a cantar en lugar de Gastón Acurio (quien cambió el micrófono por la cuchara: ya era un visionario). La banda, formada en los patios de la Universidad del Pacífico, grabó entonces dos sencillos, Los buenos tiempos y Caras nuevas, que acabaron incluidos en el que a la larga sería el único álbum de la banda, Nuestra visión (1988). Un año antes, debido a lo bien que les había ido en las radios locales, los chicos de Imágenes fueron elegidos para telonear a Hombres G en un concierto en el colegio San Agustín. El grupo se disolvería al poco tiempo y Bertie tentaría una carrera de solista con una serie de canciones de las cuales Qué difícil es amar es sin duda la más recordada. Pero esos primeros dos temas de Imágenes sobrevivieron a los demás y pasaron a convertirse en un clásico de ciertos popurrís de fin de fiesta de los 90 y los 2000: temas melódicos, con estribillos pegajosos, perfectos para bailar antes de volver a casa o para ensayar la penúltima incursión de la madrugada.

4 La apertura de Sin compasión, brillante adaptación que en 1994 hizo Francisco Lombardi de Crimen y castigo, siempre me ha parecido magnífica. Me refiero a esa transición de escenas que va de la iglesia al salón de clases universitario. Antes de cumplirse los primeros ocho minutos de la película ya hemos visto a Diego Bertie (Ramón Romano) en dos brillantes intervenciones, primero como joven agnóstico que busca confesarse frente a un sacerdote que lo mira con incredulidad (Carlos Onetto), y luego como alumno respondón, capaz de discutir de tú a tú sobre los imperativos kantianos con un profesor cuadriculado (Chema Salcedo). El resto del filme solo confirma lo que se insinúa en ese primer momento: la notable actuación de un Bertie que no había cumplido 30 años.

5 Diego no solo era un rostro emblemático de su generación, sino un artista que irradiaba energía en un país que aún atravesaba su época más difícil.

A largo de tres décadas, desde el teatro, la televisión, el cine y la música, ejerció con éxito distintos niveles de influencia. Muchas de las cosas que hizo se pusieron de moda o fueron importantes cuando nos tocó enamorarnos, crecer, reinventarnos, cambiar, comenzar de nuevo. Creo que por eso hay tanta gente que lamenta con sinceridad lo súbito de su desaparición: porque él siempre había estado ahí, de lejos, de alguna manera, persiguiendo una libertad a la que la mayoría ya había renunciado. //

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