La primera vez que corrí una maratón, tenía la ilusión de que ese sería mi momento de mejor condición física. ¿Cómo no? Estaba corriendo más kilómetros que nunca y mi cuerpo reaccionó rápido. Cada semana corría más y recuperaba mejor. Hasta que dejó de hacerlo.
La sorpresa llegó después de la carrera. Entre el cansancio, la inflamación y el carboloading, intenté ponerme un short que había usado todo el verano. No me subía. ¿Qué? ¿No acababa de correr 42 kilómetros? Sí, pero había entendido mal qué significaba estar fit. Mi cuerpo se había adaptado. Correr muchos kilómetros ya no era extraordinario; era su nueva normalidad.
Semanas después, cinco kilómetros me parecieron eternos. Otra adaptación, esta vez al descanso. Ahí entendí que la condición física no es algo que alcanzas y guardas en un cajón. Está en movimiento y es específica para algo.
Al comienzo, mejorar es fácil. Presentarte funciona. Corres y corres mejor, levantas peso y te vuelves más fuerte. Pero cuanto más avanzas, más difícil es encontrar el siguiente 1%. Ahí empieza el detalle: qué sesiones te hacen mejorar, cuánto descansar, qué comer, cuándo apretar o bajar la carga. Aparecen el reloj, la zapatilla, los datos, los libros. Vas armando tu traje de superhéroe. Para alguien geek como yo, ahí empieza la parte divertida.
También empiezas a conocerte mejor: reconocer fortalezas, debilidades y dónde vale la pena poner energía. Tengo clarísimo que no voy a llegar a unos Juegos Olímpicos —y menos corriendo—, pero sí puedo seguir estudiando para ayudar a otros a mejorar. Mi fortaleza está en el detalle, la ciencia y en entender no solo cómo se mueve mejor un cuerpo, sino qué pasa en la cabeza de un atleta.
Cuando trabajo con alguien, vuelvo a algunas capacidades: fuerza, resistencia, velocidad, potencia, coordinación y flexibilidad. No todos necesitamos más de todo. Alguien puede tener una resistencia enorme, pero poca fuerza; otro puede ser muy fuerte, pero no saber producir esa fuerza rápido. El trabajo está en descubrir qué capacidad limita aquello que queremos conseguir.
Y quizá ahí esté la lección fuera del deporte. Los objetivos o los sueños cuando hablamos de la vida, nos obligan a decidir qué queremos desarrollar y nos regalan sentido de urgencia.
Pero hay una capacidad más importante: que esa búsqueda de mejora no se convierta en nuestro enemigo. Que el detalle no mate el disfrute y que nunca optimicemos tanto el camino que olvidemos por qué empezamos.
Quizá estar fit también sea eso: estar en forma para seguir queriendo. Estar en forma para seguir disfrutando.
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