

Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

Durante años entrenamos para escapar del lactato, esa molécula que nuestro cuerpo produce cuando el esfuerzo se vuelve intenso y que durante décadas fue considerada la gran responsable de que el cuerpo dejara de responder.
Durante años entrenamos para escapar del lactato, esa molécula que nuestro cuerpo produce cuando el esfuerzo se vuelve intenso y que durante décadas fue considerada la gran responsable de que el cuerpo dejara de responder.
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Hoy sabemos que los mejores atletas no entrenan para mantenerse lejos de ella. Entrenan para convivir con ella y para desplazar el umbral a partir del cual el esfuerzo deja de ser sostenible.
Mientras leía sobre este tema entendí que, como suele ocurrir con las mejores ideas de la ciencia, esta historia ya no hablaba solo de fisiología. También hablaba de nosotros.
Todos tenemos un umbral. Ese punto en el que sentimos que ya no podremos sostener el ritmo, donde el cuerpo —o la vida— nos pide volver a un lugar seguro. La pregunta no es quién eres cuando todo está bajo control. La pregunta es quién eres cuando el lactato empieza a subir. Para mí, entrenar en altas pulsaciones siempre ha sido un reto mental. El desafío nunca fue terminar el entrenamiento. Era atravesar el bache y quedarme ahí unos minutos más. Ganarle a ese instinto que me pedía bajar el ritmo. Fue justamente ahí donde descubrí algo inesperado: cada vez que elegía permanecer en la incomodidad, mi mundo se hacía un poco más grande.
Curiosamente, el aprendizaje no fue del deporte hacia la vida. Fue al revés. La vida me enseñó primero que era capaz de hacer cosas difíciles. Entonces me pregunté: si puedo sostener conversaciones incómodas, atravesar momentos inciertos y reconstruirme después de caer, ¿por qué no podría hacer lo mismo con mi cuerpo?
Hace poco, mi amiga Erika Tejada me dijo algo que terminó de conectar las piezas: “Yo sufro en los entrenamientos. Ahí me equivoco, ahí me exijo. ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Fallar? Prefiero que pase ahí. Porque el día de la competencia... la competencia es una fiesta.” Entonces entendí que el entrenamiento no existe para demostrar de lo que somos capaces. Existe para ampliar el umbral de lo que creemos que somos capaces.
Quizás llevamos años culpando al estrés del mismo modo en que culpamos al lactato. El problema nunca fue su existencia, sino nuestra falta de entrenamiento para responder cuando aparecía.
No dejes que la incomodidad decida por ti. Nadie mueve su umbral sin acercarse a él y nadie llega a un lugar donde todavía no sabe si puede ganar sin aceptar antes la posibilidad de perder.
El objetivo nunca fue vivir sin lactato.
El objetivo era dejar de tenerle miedo.
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OpiniónBasada en la interpretación y juicio de hechos y datos hechos por el autor.









