“Taracá” de Jorge Drexler o cómo escuchar un disco entero sin necesidad de ver el celular a cada momento

Jorge Drexler acaba de lanzar, de la mano de Sony Music, su décimo quinto disco. “Somos” fue parte de una experiencia única en los tiempos que hoy corren: oír, en conjunto y sin interrupciones, el material completo.
Jorge Drexler estrenó "Taracá", su nuevo álbum de estudio. (Foto: Difusión/ Sony Music)

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Entrar a las oficinas de Sony Music Perú en Miraflores esa tarde no era ingresar a un edificio corporativo, sino a una especie de antesala del silencio. Afuera, el tránsito y el murmullo habitual de la ciudad; adentro, un acuerdo tácito: dejar el mundo en pausa. Sin teléfonos, sin distracciones, sin la ansiedad de documentar. Solo escuchar. Solo estar. La sala —contenida, casi ritual— reunía a un pequeño grupo de desconocidos que compartían algo inusual: la disposición a entregarse al tiempo de otro, el de . Y entonces comenzó “Taracá”.

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Taracá no es un disco que se deje consumir: es un territorio que exige ser habitado. Desde sus primeros pasajes, Drexler se aleja de cualquier tentación de inmediatez y propone una escucha atenta, casi meditativa, donde cada elemento parece calibrado para insinuar antes que afirmar. No hay aquí grandes estallidos emocionales; lo que hay es una persistente vibración de fondo, una inteligencia sonora que trabaja en lo mínimo.

También es un disco grabado mayormente en Montevideo y, además, una vuelta a las raíces identitarias del propio cantautor, cuya búsqueda de un sonido más orgánico que se entremezcla con el candombe, ese ritmo afrouruguayo lleno de percusiones y voces corales, es efectiva y pone al oyente a pensar tanto como a mover ligeramente los hombros o la cabeza.

Jorge Drexler se inspira en los ritmos afro uruguayos en su nuevo álbum. (Foto: Difusión/ Sony Music)

En términos musicales, el álbum se construye sobre una economía precisa: arreglos contenidos, texturas limpias y ritmos que no buscan imponerse sino sostener la armonía. Así, Drexler vuelve a ese lugar donde la canción es, ante todo, una estructura de pensamiento, pero a diferencia de trabajos anteriores más abiertamente narrativos, en “Taracá” lo conceptual se vuelve atmósfera. Las canciones, once en total, no cuentan tanto como sugieren: son espacios donde el oyente completa el sentido.

En el lugar no hubo introducciones grandilocuentes. La música apareció como lo hacen ciertas ideas: sin pedir permiso. Lo primero que se activó no fue la interpretación, sino el cuerpo. Una respiración que se acomoda. Un pulso que encuentra otro pulso. “Taracá” no se deja aprehender de inmediato; no es un disco que busque impactar, sino infiltrarse. Las capas son sutiles, los arreglos parecen susurrar en lugar de afirmarse, y la voz —esa voz de Drexler que siempre parece estar pensando mientras canta— se desliza entre lo íntimo y lo conceptual.

En ese contexto, la experiencia se vuelve física. La ausencia de pantallas no es solo una restricción: es una condición de posibilidad. Los oídos, deshabituados a sostener toda la carga de la atención, se expanden. Empiezas a notar la arquitectura del sonido: cómo una percusión mínima sostiene una idea, cómo un silencio es tan expresivo como una estrofa. Hay momentos en que uno siente que la música no entra por los oídos, sino por la piel.

El disco, en sí, parece trabajar sobre esa frontera: entre lo humano y lo abstracto, entre lo orgánico y lo casi algorítmico. Hay una búsqueda —coherente con la trayectoria de Drexler— por entender el presente desde una sensibilidad poética, pero también desde una curiosidad casi científica. “Taracá” no ofrece respuestas cerradas; más bien, formula preguntas en forma de canciones. ¿Qué queda de nosotros cuando traducimos la emoción en datos? ¿Qué se pierde, qué se transforma?

Pero lo más interesante no es el contenido del disco aislado, sino lo que ocurre en conjunto, en esa sala. Escuchar así —colectivamente, pero en silencio— genera una especie de comunidad efímera. No se cruzan palabras, pero hay una conciencia compartida: todos estamos atravesando lo mismo, aunque cada uno lo sienta distinto. Es una intimidad sin contacto.

Al terminar, no hay aplausos inmediatos. Hay un pequeño desfase, como si el cuerpo necesitara volver. Alguien se mueve en su asiento, otro respira más hondo. Recién entonces aparece la realidad: las luces, las miradas, quizá una sonrisa cómplice entre desconocidos.

Portada de "Taracá", lo nuevo de Jorge Drexler.

Salir de la sala es, en cierto modo, romper el hechizo. Pero algo queda. Una especie de eco interno, una forma distinta de escuchar incluso el ruido de la calle. Como si por un momento hubiésemos recordado que oír —de verdad oír— es una forma de estar vivos.

Y eso, quizás, es lo más radical de la experiencia. No el disco. No el artista. Sino el acto de escuchar sin escapar.//

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