Por Oscar García

En la antigua jerga de la Lima de valses y callejones, una persona “acriollada” era alguien que, viniendo de alguna región del país —o incluso del extranjero—, llegaba a la capital y adoptaba con rapidez sus costumbres, su manera de hablar, de vestir y, sobre todo, de hacer música. Cada ‘input’ sonoro traído por esos “no locales” acriollados se convertía en un aporte más al mix y la fusión que caracterizan nuestra cultura. Así fue desde el comienzo: de las culturas originarias precolombinas se tomaron los ritmos y melodías rituales; de la influencia española, la guitarra, el arpa y las formas del valse y la polca; y de la raíz afroperuana, la percusión para géneros como el festejo y el landó. De ese encuentro —a veces armónico, a veces tenso— nació el vasto universo sonoro del Perú, que es una tradición mestiza que sigue reinventándose.

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