Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.
Ante la falta de un sistema de abastecimiento, los vecinos de Punchana, Iquitos, recurren a tanques para almacenar el agua de lluvia y cubrir sus necesidades. Beber el agua del río no es una opción por la contaminación.
Una paradoja difícil de entender persiste en Iquitos, en el corazón de la Amazonía peruana. Muchas comunidades, a pesar de vivir rodeadas de agua, no cuentan con acceso seguro a este recurso para su consumo diario. Nosotros mismos lo comprobamos durante un recorrido por el distrito de Punchana, donde decenas de familias deben comprar agua en condiciones precarias o recogerla de tanques que se abastecen con la lluvia.
Una paradoja difícil de entender persiste en Iquitos, en el corazón de la Amazonía peruana. Muchas comunidades, a pesar de vivir rodeadas de agua, no cuentan con acceso seguro a este recurso para su consumo diario. Nosotros mismos lo comprobamos durante un recorrido por el distrito de Punchana, donde decenas de familias deben comprar agua en condiciones precarias o recogerla de tanques que se abastecen con la lluvia.
Esta realidad, sin embargo, está a punto de cambiar gracias a un proyecto impulsado por la ONG World Vision. La iniciativa permitió construir una planta de tratamiento, levantada sobre un terreno donado por los propios vecinos. El abastecimiento proviene de un pozo subterráneo que extrae agua del río Nanay y la conduce a un sistema de filtrado para hacerla apta para el consumo humano. Una obra que empieza a transformar para bien el día a día de cientos de niños y sus familias.
Cuando una planta de tratamiento cambia vidas
Durante la temporada seca, las aguas del río se retraen y es posible caminar por la zona. Pero cuando llegan las lluvias, el nivel puede subir más de cuatro metros y las personas deben trasladarse en pequeñas balsas o cruzar por puentes improvisados con tablas. A pesar de tener el río a pocos metros, no contaban con una fuente que les permitiera realizar actividades tan simples como cocinar, bañarse o lavar la ropa sin exponerse a enfermedades.
Para Ruth Acevedo, la nueva planta de tratamiento significa mucho más que tener agua cerca de casa. Hace casi cinco años que vive en esta comunidad y, como muchas otras familias, debía comprar agua a vendedores ambulantes sin saber con certeza de dónde provenía. Ahora será ella quien administre la planta y lleve las cuentas de la venta diaria a sus vecinos. Un reto para el que ha sido capacitada.
“Para mí, es una bendición de Dios”, comenta Ruth, quien se muestra entusiasmada con la responsabilidad que asumirá. La planta también representa un importante alivio para el bolsillo de las familias: el bidón, que puede llegar a costar S/4 o S/5 en el mercado informal, se venderá a S/2,50. “Vamos a ahorrar bastante”, se entusiasma.
Milagros Zaboya, en tanto, lleva ocho años viviendo en esta comunidad y conoce de cerca las dificultades que enfrentan sus vecinos. Tiene tres hijos, dos de 10 y 8 años. Una de sus principales preocupaciones ha sido siempre la calidad del agua que consumen. “Los niños se enferman mucho, los ves con la barriga hinchada”, cuenta.
Milagros Zaboya junto a sus dos hijos, quienes serán beneficiados con la nueva planta de tratamiento de agua construida en el distrito de Punchana, en Iquitos.
/ César Campos
Durante mucho tiempo, además, esta problemática afectó las actividades con las que las familias generaban ingresos. Milagros lo experimentó mientras vendía refrescos de maíz morado. Después de que un cliente le dijera que la bebida le había causado malestar estomacal, decidió dejar de prepararla. Con el nuevo suministro, espera volver a vender sus refrescos, esta vez con la tranquilidad de conocer la calidad del agua que utiliza. “Para mí es muy beneficioso”, dice.
Como ella, sus vecinos celebran que la planta sea una realidad después de dos años de trabajo conjunto. Para quienes viven en Punchana, se trata de un primer paso para mejorar las condiciones del barrio y permitir que todos crezcan en un entorno más saludable.
No solo acceso al agua: también salud
Esta iniciativa articulada por World Vision para llevar agua a las zonas más necesitadas de Iquitos también ha llegado a colegios y establecimientos de salud, como la IPRESS Primero de Enero. En ambos casos, se han instalado pozos y se ha capacitado al personal para tratar el recurso y garantizar que estudiantes, pacientes y trabajadores puedan acceder a agua limpia.
Pero las zonas más alejadas de Punchana requieren, además, otro tipo de atención. Existe un peligro latente entre las comunidades que desarrollan su vida cotidiana en la Amazonía rural: la malaria. Por esta razón, se ha implementado una serie de proyectos orientados a prevenir esta enfermedad, cuyo riesgo se incrementa ante la presencia del fenómeno de El Niño. Las variaciones en las lluvias, las condiciones de humedad y las aguas estancadas pueden favorecer la proliferación de mosquitos transmisores.
Niños de un colegio estatal se lavan las manos como parte de las prácticas de higiene promovidas con la implementación del nuevo sistema de abastecimiento de agua.
/ César Campos
La primera acción ha sido darle continuidad al proyecto de clínicas móviles, mediante el cual médicos, obstetras, enfermeras, odontólogos y personal técnico llegan periódicamente a las comunidades más alejadas. El doctor Tony Vela Torres trabaja en esta zona desde 2022 y fue testigo de una realidad que durante años se repitió: comunidades donde la malaria era endémica y el acceso a servicios de salud resultaba limitado.
Por estos días, las brigadas llegan aproximadamente una vez al mes y realizan labores de prevención, diagnóstico y atención. El objetivo es detectar los casos tempranamente y evitar que la enfermedad se siga propagando. Cuando se identifica a una persona infectada, la atención se extiende a toda su familia, una estrategia que busca cortar la transmisión de la enfermedad.
Las clínicas móviles llegan periódicamente a las comunidades más alejadas para brindar atención médica y reforzar la prevención de enfermedades como la malaria.
/ César Campos
Además, las viviendas han sido acondicionadas con mosquiteros para reducir la exposición a los insectos. Rosalba es una de las beneficiarias y nos recibe en su casa para mostrarnos cómo ahora sus habitaciones están protegidas. Ella y dos de sus hijos padecieron malaria el año pasado y tuvieron que trasladarse hasta la IPRESS Padre Cocha para realizarse las pruebas y recibir tratamiento.
Por eso, valora especialmente la llegada de las brigadas médicas y las medidas de prevención. “Estamos muy alegres”, cuenta. Hoy, su hijo menor puede jugar tranquilo con su lorito y bañarse en la quebrada cercana, mientras ella espera que las condiciones sigan mejorando en su comunidad Yagua. Son pequeños cambios que, para Rosalba, representan la posibilidad de que sus niños crezcan con mayores oportunidades y permanezcan protegidos frente a enfermedades que durante años afectaron su vida cotidiana. //