Por Oscar García

Hubo un momento, en el invierno estadounidense de 1982, en que Bruce Springsteen —ya convertido en una fuerza imparable del rock— sintió que el mundo empezaba a consumirlo. El músico, entonces de 31 años, venía de la gira triunfal del disco “The River”, de los estadios repletos y de las portadas que lo proclamaban “la voz de América”. Mientras esto pasaba, en su interior algo se quebraba. La fama le era tan incómoda como algunos fantasmas familiares del pasado. En ese contexto, Springsteen se encerró en una casa de Nueva Jersey con vista a un lago y escribió un puñado de canciones raras sobre delincuentes, asesinos y almas extraviadas al costado de la carretera. Así nació Nebraska, el disco más humano y silencioso de su carrera.

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