

Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

Durante un paseo, un sábado por la noche, Patricia Suárez miró hacia la vereda de enfrente y encontró una paloma inmóvil. Era el 13 de abril de 2024 y, aunque no sabía nada sobre estas aves, decidió que no podía dejarla allí, expuesta a los gatos que rondaban la cuadra. Buscó una caja, se acercó con temor de hacerle daño y la llevó a casa.
Durante un paseo, un sábado por la noche, Patricia Suárez miró hacia la vereda de enfrente y encontró una paloma inmóvil. Era el 13 de abril de 2024 y, aunque no sabía nada sobre estas aves, decidió que no podía dejarla allí, expuesta a los gatos que rondaban la cuadra. Buscó una caja, se acercó con temor de hacerle daño y la llevó a casa.
Patricia creyó que sus plumones amarillos eran canas y que acababa de rescatar a una paloma anciana. Dos días después, al encontrar atención veterinaria para animales exóticos, supo que se trataba de un pichón de aproximadamente 20 días. Estaba extremadamente desnutrido, tenía una infección intestinal y su pronóstico era reservado. Sin embargo, al día siguiente comenzó a piar, pedir alimento y mover las alas. “Yo no sabía que las palomas eran tan guerreras”, recuerda. Por eso le puso de nombre Paolo Guerrero.
La idea inicial era cuidarlo hasta que aprendiera a comer y volar por sí solo. Pero Paolo nunca logró alimentarse sin ayuda y, durante su recuperación, quedó improntado: desarrolló un fuerte vínculo con Patricia y con los seres humanos, lo que hacía imposible devolverlo a la calle. Así, lo que debía ser un refugio temporal se convirtió en un hogar compartido.

Aprender a convivir con él también exigió desarmar ideas propias. Patricia descubrió, por ejemplo, cuánto disfrutan las palomas del agua cuando Paolo intentó chapotear sobre un plástico azul que cubría su cama. Desde entonces tiene una bañera, repisas para posarse y objetos con los cuales jugar. Mientras ella trabaja, él suele permanecer cerca. “Al final, no es muy diferente de tener un gatito o un perrito”, explica.
Una historia compartida
La llegada de Paolo no solo modificó la rutina de Patricia. También cambió su manera de mirar a las palomas que sobreviven en Lima. Comenzó a notar las patas lastimadas por hilos y cabellos, la alimentación basada en restos humanos y la indiferencia con la que suelen ser tratadas.

Esa sensibilidad dio origen a @paoloelpalomo en Instagram y TikTok, cuentas donde muestra la vida cotidiana del ave y cuestiona prejuicios que relacionan automáticamente a las palomas con la suciedad, las enfermedades o las plagas. Su intención es recordar que no aparecieron por voluntad propia en las ciudades: descienden de aves domesticadas durante miles de años y utilizadas por los seres humanos como alimento, compañía y mensajeras. Cuando dejaron de cumplir esas funciones, muchas quedaron abandonadas, pero consiguieron adaptarse al entorno urbano.
A través de videos breves, Patricia muestra sus baños, juegos y rutinas, pero también explica qué hacer ante una paloma herida. La ternura de Paolo funciona como una puerta de entrada hacia una conversación sobre la empatía y la responsabilidad.
Patricia suele contar la historia de Cher Ami, la paloma mensajera que, pese a haber sido herida durante la Primera Guerra Mundial, completó una misión que permitió salvar a 194 soldados. Para ella, aquel episodio expone una contradicción: estas aves sirvieron a las personas durante siglos y hoy son rechazadas como una molestia.
Ahora planea crear videos que enseñen a reconocer y asistir a palomas heridas, alimentar correctamente a pichones y retirar con cuidado los hilos que se enredan en sus patas. A largo plazo, sueña con que Lima impulse una gestión ética que incluya rescate, rehabilitación y control poblacional sin crueldad.
Paolo, aquel pichón que parecía no poder sobrevivir, abrió el camino. Todo empezó con una decisión sencilla: no seguir de largo aquella noche. Su historia demuestra que mirar de cerca también puede transformar aquello que creíamos saber.

Según explica Patricia, gracias a su investigación supo que las palomas que habitan hoy las ciudades descienden de aves domesticadas por los seres humanos durante miles de años. Fueron criadas como alimento y compañía, y también utilizadas para transportar mensajes (palomas mensajeras). Con el desarrollo de nuevas tecnologías, esa función perdió importancia y muchas fueron abandonadas en las ciudades. Su presencia urbana es, por ello, parte de una larga historia compartida.
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