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Hay algo mágico en escuchar los primeros acordes de Africa de Toto mientras el mar queda a pocos metros del escenario. O ver a The Jacksons, Rubén Blades y J Balvin compartir cartel en una isla conocida, hasta hace poco, principalmente por sus playas de aguas turquesas. En Curazao, la música tiene ese efecto: aparece donde uno esperaría encontrar solamente sol, arena y mar.
Hay algo mágico en escuchar los primeros acordes de Africa de Toto mientras el mar queda a pocos metros del escenario. O ver a The Jacksons, Rubén Blades y J Balvin compartir cartel en una isla conocida, hasta hace poco, principalmente por sus playas de aguas turquesas. En Curazao, la música tiene ese efecto: aparece donde uno esperaría encontrar solamente sol, arena y mar.
Cada septiembre, Willemstad cambia por unos días su ritmo habitual. Turistas llegan de distintos países y los escenarios se alistan para recibir a artistas que difícilmente podrían asociarse, a primera vista, con una pequeña isla caribeña. Se trata del Curazao North Sea Jazz Festival, una cita que este año reunió a Gente de Zona, Rubén Blades, The Jacksons, Toto, J Balvin, Sean Paul, Jon Batiste y Stephen Marley, entre otros; y que Somos pudo disfrutar en exclusiva.

Aunque el nombre pueda hacer pensar en un festival exclusivamente dedicado al jazz, su historia cuenta otra cosa. Este encuentro nació de una tradición musical mucho más antigua, al otro lado del Atlántico, y terminó encontrando en Curazao una segunda casa.
La historia comienza en 1976, en La Haya, Países Bajos. Ese año, el empresario Paul Acket creó el North Sea Jazz Festival, un encuentro que reunió a grandes figuras del jazz como Sarah Vaughan, Count Basie, Dizzy Gillespie y Stan Getz. Con el paso de los años, el festival amplió sus fronteras musicales y en 2006 se trasladó a Rotterdam, convirtiéndose en una de las grandes citas musicales de Europa.
Curazao entró en escena en 2010. Ese año nació su propia versión del festival, fruto de una alianza entre la organización neerlandesa Mojo Concerts y la fundación curazoleña Fundashon Bon Intenshon. La idea era llevar grandes artistas a la isla y, al mismo tiempo, atraer visitantes internacionales que tuvieran un motivo adicional para viajar hasta este rincón del Caribe.
La primera edición dejó claro desde el comienzo que no se trataría de una celebración exclusivamente jazzística. John Legend, Lionel Richie, George Benson y Sergio Mendes estuvieron entre los artistas que inauguraron esta nueva etapa. Curazao tomó así el nombre y parte del espíritu de su hermano europeo, pero lo llevó a un escenario completamente diferente: uno rodeado de palmeras, playas y arquitectura colorida.

Desde entonces, el festival ha construido una identidad propia, y por sus escenarios han pasado artistas como Stevie Wonder, Prince, Sting, Alicia Keys, Bruno Mars, Diana Ross, Juan Luis Guerra y Rod Stewart. En 2025, el cartel incluyó a Ricky Martin, Snoop Dogg, Kool & The Gang y NE-YO. El jazz sigue siendo parte de su ADN, pero el público mundial también llega atraído por el pop, el soul, el funk, el hip hop, el reggae y la música latina.
Una isla convertida en escenario
La edición de 2026 volvió a demostrar esa amplitud, y Somos asistió para comprobar el espíritu que ya lo empieza a posicionar en el mapa de los festivales de música a nivel mundial. Rubén Blades llevó la salsa y la música latinoamericana; Toto puso en escena el rock que atraviesa generaciones; J Balvin representó al género urbano latino; mientras The Jacksons recuperaron parte de la historia del pop con los éxitos que los llevaron a la gloria de pequeños. También estuvieron Jon Batiste y Stephen Marley, entre otros artistas.
Para el público peruano hubo, además, una conexión especial: The Jacksons tienen anunciada una próxima presentación en Lima (el 15 de diciembre). Verlos en Curazao permitió tener un guiño a su presentación: una puesta en escena repleta de nostalgia al ritmo de éxitos como “I Want You Back” y “Blame it on the boogie”, además de espacios de diálogo con el público y la proyección de un pequeño video que recorre su historia, incluido el impacto del hijo pródigo, Michael Jackson.

Pero quizá lo más interesante del North Sea Jazz está fuera de los escenarios. El festival funciona como una puerta de entrada a Curazao. Quien llega por un concierto puede terminar descubriendo Willemstad, caminar por las fachadas coloridas de Punda, hacer snorkel en Kenepa Grandi, explorar las Cuevas de Hato o simplemente pasar la tarde frente a un mar transparente.

Es una fórmula que otros destinos han utilizado para construir una identidad turística alrededor de grandes eventos. Coachella convirtió el desierto de California en una cita anual para los amantes de la música y la cultura pop; Rock in Rio hizo de Río de Janeiro parte de su propia marca. Curazao juega en una escala menor, pero con una ventaja difícil de replicar: aquí, después de un concierto, el mar caribeño aguarda a pocos metros.//
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