ECDataAparte de las vacunas, en las últimas semanas se ha escuchado de tres tipos de medicamentos contra el COVID-19, los que describiremos hoy. Uno de ellos, el antiviral molnupiravir –que disminuye en 50% la posibilidad de hospitalización y muerte en pacientes que por sufrir de alguna enfermedad predisponente tengan más probabilidades de complicarse por COVID-19–, fue descrito la semana pasada en esta columna. Hoy veremos los otros dos.
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—Las vacunas—
Ya hemos desarrollado este tema en varios artículos anteriores, y hemos dicho que las vacunas, al igual que los múltiples tipos de vacunas con que cuenta la humanidad desde hace decenas de años, tienen como fundamento estimular al sistema de defensa de la persona vacunada a que produzca anticuerpos neutralizantes específicos contra el SARS-CoV-2.
Las vacunas pertenecen a varias plataformas tecnológicas. Algunas –como la de AstraZeneca, Johnson & Johnson y Sputnik V– usan virus de resfrío humano o de chimpancé como vectores para estimular el sistema de defensa. Otras –como Pfizer/BioNTech y Moderna– usan códigos genéticos de segmentos de las proteínas de la espiga del nuevo coronavirus para introducir moléculas de ARN mensajero que actúan en el citoplasma celular para producir las proteínas de la espiga y engañar al sistema de defensa. Mientras que otras –como Sinopharm y CoronaVac– usan virus completos químicamente inactivados para estimular el sistema de defensa.
Al inicio de las campañas de vacunación, se pensaba que las vacunas iban a dar una protección duradera similar a la que dan las vacunas infantiles contra el sarampión, paperas o la varicela, pero, al parecer, la protección de las vacunas no es completa ni duradera. Al respecto, dos recientes estudios sobre el nivel de protección de la vacuna de Pfizer/BioNTech, publicados en “The New England Journal of Medicine” nos dan luz sobre lo que podemos esperar en el futuro.
El primero, hecho en 4.800 trabajadores de la salud en Israel, midió los niveles de anticuerpos neutralizantes contra el SARS-CoV-2 y encontraron que estos disminuyeron rápidamente después de dos dosis de la vacuna, especialmente entre los hombres, mayores de 65 años y personas con inmunosupresión.
“Se pensaba que las vacunas iban a dar una protección duradera similar a la que dan las vacunas infantiles [...], pero, al parecer, esa protección no es completa”.
A pesar de que puede suponerse que esa disminución de los niveles de los anticuerpos neutralizantes puede indicar una mayor susceptibilidad a la infección, el estudio no estuvo diseñado para demostrar esa eventualidad.
Dicen los autores que, en contraste con estudios de los niveles de anticuerpos formados en respuesta a las vacunas contra sarampión, paperas y rubéola, que disminuyen de un 5% a 10% cada año, los anticuerpos contra el nuevo coronavirus disminuyen rápida y significativamente después de la segunda dosis de la vacuna de Pfizer.
El estudio encontró también que la respuesta inmune de las personas que se vacunaron después de haber sufrido ya la infección natural por COVID-19 duró mucho más tiempo que si se vacunaron sin haber tenido la infección.
El segundo, hecho en Qatar, fue un estudio de efectividad y demostró que la protección otorgada por la vacuna de Pfizer contra la infección sintomática aumenta rápidamente después de la primera dosis, alcanza su punto máximo en el primer mes después de la segunda dosis y luego disminuye gradualmente en los meses siguientes. Según sus datos, la disminución parece acelerarse después del cuarto mes, alcanzando un nivel de solo 20% de efectividad en los meses siguientes. No obstante, y esto es muy importante, la protección contra la hospitalización y la muerte se mantuvo por encima del 90%.
Algunos expertos opinan que estos estudios deberían alertar a las autoridades a que estén preparados para nuevas olas de enfermedad, incluso en personas ya vacunadas.
—Anticuerpos monoclonales—
Dos medicamentos hechos en base a anticuerpos monoclonales han hecho noticia últimamente, uno del laboratorio Regeneron, y el otro de AstraZeneca.
Recordemos que los anticuerpos monoclonales son medicamentos que se obtienen escogiendo los anticuerpos neutralizantes naturales más efectivos contra el SARS-CoV-2, y produciéndolos luego en cantidades industriales con diversas técnicas de biología molecular. El producto final es un anticuerpo monoclonal dirigido contra la espiga del virus, el que, al ser administrado, bloquea la infección.
El laboratorio Regeneron tiene autorización de uso de emergencia de la FDA del medicamento REGEN-COV, que es una combinación de dos anticuerpos monoclonales, el casirivimab (Regn10933) y el imdevimab (Regn10987). Este es el medicamento que recibió el entonces presidente estadounidense, Donald Trump al enfermar de COVID-19 en octubre del 2020 y está indicado en pacientes que –por sufrir de alguna enfermedad predisponente– tengan más probabilidades de complicarse por COVID-19.
El medicamento, que se da por inyección endovenosa en un hospital, ha mostrado ser 81% efectivo en prevenir la infección sintomática después de ser administrado por inyección subcutánea y 36% en prevenir la muerte en personas hospitalizadas.
Por su parte, el laboratorio AstraZeneca solicitó recientemente a la FDA autorización de uso de emergencia de la inyección intramuscular ambulatoria del AZD7442, su combinación de anticuerpos monoclonales de acción prolongada, el tixagevimab (AZD8895) y el cilgavimab (AZD1061), que se ha reportado tiene un 77% de efectividad en prevenir la enfermedad sintomática en pacientes infectados con el SARS-CoV-2.
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La diferencia entre los anticuerpos monoclonales de Regeneron y AstraZeneca es que este último ha modificado su estructura molecular para hacerlos de acción prolongada, estimando el laboratorio que podría durar hasta por un año después de la inyección.
Al igual que el medicamento de Regeneron, el de AstraZeneca debe también ser administrado en pacientes que –por sufrir de alguna enfermedad predisponente– tengan más probabilidades de complicarse por COVID-19.
En resumen, poco a poco se van descubriendo medicamentos que, sin duda, permitirán disminuir la posibilidad de que los pacientes en alto riesgo de complicarse por COVID-19, no se hospitalicen ni fallezcan por la infección.
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